La Guerra Sino‑japonesa (1894‑1895) consolidó la presencia de Japón en el Extremo Oriente, mientras el debilitamiento de la dinastía Qing impulsaba a las potencias europeas a buscar expansión en Asia.
Política japonesa frente a Rusia
Tras la victoria en la Guerra Sino‑japonesa, el Tratado de Shimonoseki (1895) obligó a China a ceder territorio a Japón. Sin embargo, la Triple Intervención de Rusia, Francia y Alemania forzó la devolución de la península de Liaoyang, mostrando la intencionalidad de Rusia de expandirse hacia el sur.
En 1900 (Meiji 33) ocurrió el incidente del norte de Qing. El ejército ruso, enviado bajo el pretexto de proteger a sus ciudadanos, no se retiró tras el conflicto y quedó instalado en parte de Manchuria.
Japón respondió con una combinación de medidas conciliadoras y posturas duras, pero el país estaba dividido sobre la mejor estrategia. Gran Bretaña, que también temía la creciente influencia europea en Asia, empezó a estrechar lazos con Japón, su principal socio comercial en la región.
Justo antes del estallido de la Guerra Sino‑japonesa, se firmó el Tratado Anglo‑japonés de Comercio y Navegación, cuyo objetivo principal era que Japón sirviera como contrapeso a la expansión rusa.
Producto Interno Bruto de las potencias (finales del siglo XIX)
Para entender por qué Gran Bretaña, con una economía mucho mayor, eligió al Japón emergente como aliado, veamos una comparativa del PIB de las principales naciones de la época:
| País | PIB total (millones) | Participación mundial |
|---|---|---|
| Reino Unido (solo metrópolis) | 184,861 | 9.37 % |
| Imperio británico (Canadá, India, etc.) | 389,689 | 19.76 % |
| Japón | 52,020 | 2.64 % |
| Estados Unidos | 312,499 | 15.85 % |
| Rusia | 154,049 | 7.81 % |
| Alemania | 162,335 | 8.23 % |
| Países Bajos | 17,604 | 0.89 % |
| China (Qing) | 218,154 | 11.06 % |
| Brasil | 12,201 | 0.62 % |
| Indonesia | 31,748 | 1.61 % |
El PIB de Rusia y del Reino Unido era comparable, pero el imperio británico, con sus colonias, dominaba económicamente a nivel mundial. Por su parte, la dinastía Qing, aunque extensa, no estaba centralizada, lo que dificultaba cualquier negociación con potencias europeas. Estados Unidos, a pesar de su gran PIB, mantenía una política de no intervención que limitaba su influencia en la región.
Firma de la Alianza Anglo‑japonesa (1902)
En 1902 (Meiji 35) se concluyó la Alianza Anglo‑japonesa. Además del tratado de comercio, la alianza incluía una cláusula militar que establecía:
- Si Japón o Gran Bretaña fueran atacados por un solo país, cada uno actuaría por separado y el otro mantendría la neutralidad.
- Si dos o más potencias atacaran simultáneamente a ambos, los aliados estaban obligados a ayudarse mutuamente.
Durante la Guerra Ruso‑japonesa (1904‑1905), Gran Bretaña se declaró neutral (cumpliendo la primera condición), pero dificultó la llegada de la Flota del Báltico rusa al Pacífico retrasando el reabastecimiento de carbón y creando obstáculos logísticos en puertos estratégicos. También amenazó con desplegar un acorazado propio como presión sobre la flota rusa.
Esta alianza es histórica porque un país emergente como Japón negociaba en igualdad de condiciones con una potencia establecida, demostrando que los intereses comunes podían superar la disparidad de poder.
Intereses estratégicos de Japón y Gran Bretaña
Para Gran Bretaña, controlar una zona donde se encontraban sus colonias en Asia Oriental e India era esencial. Un Japón fuerte y aliado impediría que otras potencias, especialmente Rusia, accedieran libremente al Pacífico.
Geográficamente, el archipiélago japonés actúa como una “tapa” que protege el océano Pacífico; su posición estratégica lo convierte en un punto clave para cualquier conflicto naval en la región.