La Guerra Sino-Japonesa y el Tratado de Shimonoseki (1895)
En 1895 Japón venció a la dinastía Qing y firmó el Tratado de Shimonoseki, que incluyó los siguientes puntos:
- Reconocimiento de Corea como país independiente.
- Cesión de la península de Liaodong y de Taiwán y el archipiélago de Penghu a Japón.
- Pago de una indemnización de 200 millones de dólares (aprox. 310 millones de yenes) a Japón.
El tratado también obligó a China a abrir nuevos puertos en Sha‑city, Chongqing, Suzhou y Hangzhou.
Con estos beneficios, Japón obtuvo una base estratégica en Liaodong para avanzar hacia el interior de China y asegurarse el control de Corea, además de recursos financieros para una carrera armamentista y el desarrollo capitalista.
La Triple Intervención y su impacto en Japón
La expansión japonesa alarmó a Rusia, que también buscaba ampliar su influencia en Asia Oriental. Apenas seis días después de la firma del tratado, Rusia solicitó la intervención de Francia y Alemania bajo el pretexto de "paz oriental" y exigió que Japón devolviera la península de Liaodong.
Este episodio es conocido como la Triple Intervención. Japón intentó apoyarse en Gran Bretaña, pero la declaración de neutralidad británica desmanteló esa estrategia y Japón cedió la península.
La devolución provocó en Japón un fuerte sentimiento anti‑ruso, conocido como el "Premio del Bosque de Madera" (una expresión que alude a la sed de venganza). El nacionalismo y el militarismo se intensificaron, impulsando una nueva carrera armamentista que, tras la guerra, encontró mayor apoyo popular.
Aunque la península fue devuelta, Japón centró sus esfuerzos en consolidar el dominio sobre Taiwán. En 1895, Kabayama Sukenori, jefe del Estado Mayor Naval, fue nombrado gobernador general de Taiwán y reprimió con fuerza a la resistencia local.
La división de China entre las grandes potencias
En 1896, bajo el marco del Tratado de Comercio y Navegación Japón‑China, Japón obtuvo derechos de extraterritorialidad, acuerdos aduaneros y la exención de aranceles chinos sobre sus importaciones. Estas ventajas superaban incluso a las que ya disfrutaban las potencias occidentales, que también recibieron el trato de nación más favorecida.
Al observar la debilidad de la dinastía Qing, las potencias occidentales comenzaron a establecer esferas de influencia en China, proceso conocido como la división de China entre las grandes potencias. Cada una construyó ferrocarriles y explotó concesiones territoriales.
Esta agresión provocó un patriotismo extremo y revueltas antiextranjeras en China. En 1900 estalló la Rebelión de los Bóxers, que sitió las embajadas de las potencias en Pekín. El gobierno Qing declaró la guerra a los países involucrados (el llamado "Incidente de los Bóxers"). Las naciones, incluido Japón, enviaron una fuerza internacional que sofocó la revuelta y, tras el conflicto, impuso el Protocolo de Pekín y nuevas indemnizaciones a China.
En ese mismo periodo, Rusia adoptó una política de expansión surista, ocupando Manchuria y estableciendo una esfera de influencia de facto. Este movimiento alarmó a Gran Bretaña y Japón, sentando las bases para la Alianza Anglo‑Japonesa.