Una política de no enredos
Desde sus inicios, la política exterior de los Estados Unidos se basó en la idea de evitar alianzas que pudieran enredar al país en conflictos ajenos. El propio presidente George Washington lo proclamó en su discurso de despedida en 1796, advirtiendo que la nación debía centrarse en sus asuntos internos y no involucrarse en las disputas de otras potencias.
Esta postura, conocida como la doctrina de "no alianzas enrevesadas", fue adoptada por varios sucesores de Washington y guió la conducta diplomática estadounidense durante gran parte del siglo XIX.
El objetivo era preservar la independencia y la seguridad nacional, manteniendo a EE. UU. libre de compromisos militares que pudieran comprometer su desarrollo interno.