El transporte animal y sus consecuencias
Desde la antigüedad hasta la llegada del automóvil a finales del siglo XIX, la combinación de la rueda y los animales de tiro (caballos, burros, mulas…) era el principal medio para mover personas y mercancías. El crecimiento de las ciudades y la población urbana incrementó el número de animales en las calles, generando atascos, ruido, accidentes mortales (entre 1900 y 1902 murieron 200 neoyorquinos) y, sobre todo, un problema de gran magnitud: el estiércol.

El mercado del estiércol colapsa
Un caballo produce entre 14 y 16 kg de estiércol al día. A finales del siglo XIX, Nueva York, con casi 3 millones de habitantes, contaba con más de 200 000 caballos. El mercado de fertilizante no pudo absorber tanta “producción” y el estiércol comenzó a acumularse por toda la ciudad, llegando a formar montículos de hasta 18 metros.
Consecuencias sanitarias y urbanas
Estas enormes cantidades atrajeron moscas y ratas; en verano el hedor era insoportable y, con la lluvia, la ciudad se convertía en un mar de estiércol. El problema llegó a tal extremo que, en 1898, se celebró en Nueva York la primera conferencia internacional de planificación urbana, cuyo tema central era el estiércol. La reunión, prevista para diez días, se disolvió al tercer día al no encontrar solución.
La solución tecnológica: el tranvía
La respuesta llegó con el progreso tecnológico: los caballos fueron sustituidos por los tranvías eléctricos, eliminando la mayor fuente de estiércol.
Una consecuencia urbana de este problema fueron las escaleras que hoy se asocian a los cines de Nueva York, que permiten subir desde la calle hasta la entrada del primer piso, evitando así los “mares de estiércol”.

Fuente: SuperFreakonomics – Levitt y Dubner
Imagen: López Ruiz