Historia de Europa

La Belle Époque en Francia (1890‑1914)

La Belle Époque en Francia (1890‑1914) La expresión nostálgica surgida tras el trauma de la Primera Guerra Mundial, la Belle Époque, designa los años de aparente despreocupación que abarcaron la sociedad francesa entre 1890 y 1914, considerados una edad dorada. A pesar de algunas convulsiones, la Tercera República se consolidó y unificó al país bajo un proyecto político común. Si bien la desigualdad social se agudizó con la aparición de un proletariado urbano, el periodo también estuvo marcado por un fuerte crecimiento económico impulsado por numerosas innovaciones tecnológicas y una estabilidad monetaria. Finalmente, la Belle Époque representa un apogeo cultural y artístico sin precedentes en Francia desde la Ilustración.

Una república fuerte

Tras los numerosos convulsos políticos y escándalos que debilitaron al régimen y el inicio de la Tercera República, Francia vivió, a finales del siglo XIX, un periodo de estabilidad institucional y de consolidación de un sistema económico cada vez más eficaz. El caso Dreyfus, y la profunda división que dividió a la sociedad francesa, llevó, incluso antes de la rehabilitación del capitán Dreyfus, al establecimiento de un régimen político más coherente, donde todos los componentes sociales jugaron un papel activo en la emancipación del Estado. Este último se afirmó con la ley de separación de la Iglesia y el Estado en 1905.

La Belle Époque en Francia (1890‑1914)

Así, la euforia se hizo presente, aunque el progreso económico no benefició a toda la población. La legislación social, iniciada bajo la presidencia de Jules Grévy, se reforzó gradualmente. La educación se volvió accesible para todos y el derecho al voto se extendió. En conjunto, el nivel de vida aumentó, la economía funcionaba a plena velocidad y el sistema financiero, basado en el franco como moneda nacional, se afianzó.

No obstante, el sector que más se benefició fue sin duda la burguesía empresarial y los representantes privilegiados del Estado, mayormente en París. Las provincias, principalmente agrícolas, representaban una porción cada vez menor del ingreso nacional, pese a una agricultura más productiva. Atentados anarquistas, huelgas obreras y manifestaciones populares reflejaban un malestar latente incluso entre las clases más desfavorecidas.

Crecimiento económico y estabilidad demográfica

Hay una base de verdad en el mito de la Belle Époque. La economía francesa experimentó un notable progreso desde la derrota de 1871: la producción de carbón, principal fuente de energía, pasó de 17 a 40 millones de toneladas entre 1871 y 1914, mientras que la tasa de crecimiento industrial, estancada alrededor del 1,5 % anual desde 1820, alcanzó estimaciones de entre el 3 % y el 5 % a principios del siglo XX. Los salarios aumentaron aproximadamente un 60 %, con variaciones según sectores y regiones; los ingresos rurales también crecieron.

La Belle Époque en Francia (1890‑1914) Pero el fenómeno más llamativo que alimentó el mito fue la estabilidad monetaria: el valor del franco se mantuvo prácticamente inalterado entre 1815 y 1914, con una inflación casi nula. La emisión de valores negociables se quintuplicó entre 1890 y 1913, y el valor de las anualidades estatales creció un 40 % entre 1871 y 1900.

Este crecimiento económico coincidió con una excepcional estabilidad demográfica: entre 1871 y 1914 la tasa de crecimiento natural nunca superó el 0,2 % anual, y la población francesa sólo aumentó un 9,7 % frente al 51 % de Alemania. El temor malthusiano, aunque presente entre algunos pensadores, subrayó el progreso general (aunque desigual) del nivel de vida.

Innovaciones de la Belle Époque

Francia se comprometió de lleno con la modernidad, con París como capital esencial del progreso y la vida cultural. Los inventos técnicos transformaron la vida cotidiana: la fotografía dio origen a un nuevo género de ilustración y el cine, gracias a los hermanos Lumière, se convirtió en un arte cada vez más atractivo.

La Belle Époque en Francia (1890‑1914) Los medios de transporte florecieron. Además del ferrocarril, el velocípedo, reservado a la élite, dio paso a la bicicleta, más práctica y democrática. La investigación en motores permitió la invención de la motocicleta y la aparición del automóvil. Finalmente, la aviación logró sus primeros éxitos.

El entorno urbano siguió cambiando: bajo la dirección del barón Haussmann, las grandes ciudades completaron la adquisición de complejos inmobiliarios prestigiosos, equipados con ascensores que permitían construir hasta ocho o nueve pisos, y con la electricidad. En París, los muelles del XVI arrondissement estaban ordenados y, en los arrondissements orientales, surgieron viviendas obreras que demostraban que todas las capas sociales podían beneficiarse de la abundancia.

La modernidad también se plasmó en la arquitectura. La Exposición Universal de 1900, que dio origen al Grand y Petit Palais y al puente Alexandre III, convirtió la electricidad en un objeto de asombro. Estos nuevos métodos constructivos permitieron erigir estructuras colosales donde la industrialización encontraba su escenario. El arquitecto, ahora considerado artista, privilegió la estructura y la forma, a veces en detrimento de la decoración.

Arte y cultura durante la Belle Époque

La Belle Époque fue, ante todo, una oportunidad para que el arte influido por la industrialización floreciera, reflejándose en la arquitectura. La orfebrería, el mobiliario y las artes decorativas recuperaron su estatus noble. Así, el Art Nouveau se difundió por París y las principales ciudades europeas, privilegiando temas alegóricos, la exuberancia de la naturaleza y las curvas sensuales. La pintura, con el cubismo como su embajador, siguió favoreciendo la estructura y la línea recta.

La Belle Époque en Francia (1890‑1914) La literatura abundante se orientó hacia la aventura, la fuga y la exaltación del individuo, héroe a veces egocéntrico pero generoso, enfrentado a la sociedad industrial triunfante. Surgieron la novela detectivesca y los primeros relatos de ciencia ficción, desplazando en parte a la literatura más tradicional. El auge de los periódicos, cada vez más libres y numerosos, favoreció las novelas por entregas; la democratización del libro, gracias a nuevas técnicas de impresión e ilustración, hizo que la imagen fuera esencial. Los cómics se difundieron en la prensa diaria.

Las capas más adineradas de la sociedad francesa, a veces entregadas a una frivolidad que se convirtió en arte de vivir, disfrutaban del lujo y la desenfado. Cortesanas y prostitutas, cuya presencia era moda en los círculos artísticos de la capital, contribuyeron a la popularidad del circo y el music hall. La búsqueda de lo sensacional dio origen a manifestaciones extravagantes que ocultaban la miseria y la banalidad cotidiana. Los balnearios y resorts costeros se volvieron rápidamente de moda entre los más pudientes.

Francia y Europa

Tras el Segundo Imperio, Francia buscó mantener su posición entre las grandes potencias. La política de Napoleón III, basada en expediciones armadas, terminó en 1870 con la derrota de Sedan y, en 1871, con la cesión de Alsacia y Mosela tras el Tratado de Frankfurt.

Ansiosa de venganza, la Tercera República, lejos de desarmarse, promovió una política de paz y armonía mientras continuaba la colonización. Ante crecientes demandas nacionalistas en Irlanda, Polonia, los Balcanes y el este del Imperio Austrohúngaro, la política de alianzas se impuso en la visión de los líderes franceses. Desde 1873, bajo el impulso del canciller prusiano Bismarck, las grandes potencias europeas buscaron alianzas diplomáticas duraderas: primero surgió una unión entre Alemania, Austria‑Hungría y Rusia.

Tras las cada vez más exageradas pretensiones territoriales rusas, en 1882 nació una nueva alianza, esta vez excluyendo al Imperio ruso en favor del Reino de Italia. Al este de Francia se estableció la Triple Alianza, una amenaza política y militar que se extendía del mar Báltico al Mediterráneo. Sin embargo, las autoridades francesas, ocupadas con sus problemas coloniales, no percibieron de inmediato el peligro. Rusia, por su parte, percibió la amenaza a sus fronteras occidentales.

Consecuencias de la política colonial

La Belle Époque en Francia (1890‑1914) No fue sino hasta 1890 que el Imperio ruso, excluido de la Triple Alianza, buscó a Francia para apoyo político y financiero. En enero de 1894 los dos estados firmaron una alianza diplomática que incluía, principalmente, asistencia militar en caso de conflicto. A partir de entonces Rusia pudo perseguir su política colonial en Asia con mayor serenidad.

La Tercera República, en cambio, enfrentaba una situación mucho más delicada. Las tropas francesas, inmersas en la colonización del África occidental, se vieron obstaculizadas por las ambiciones políticas de la Gran Bretaña victoriana. En 1904, bajo la iniciativa del Ministerio de Relaciones Exteriores francés, se acercó diplomáticamente a Gran Bretaña, preludio de la frágil Entente Cordiale.

Los estados europeos entraban gradualmente en una oposición latente. En 1905, la regulación de los métodos de control de Marruecos enfrentó las pretensiones francesas a las alemanas. La situación se agravó en 1906 con el revés del Imperio alemán en la Conferencia de Algeciras, en España. Gran Bretaña, fiel a la Entente Cordiale, apoyó a Francia. Las cancillerías europeas, en la cuestión colonial, iniciaron una guerra implacable. En 1907 Francia ocupó territorio marroquí, aprovechando el asesinato de ciudadanos europeos para tomar Casablanca.

El fin de la Belle Époque

En la víspera de la Primera Guerra Mundial, la Triple Alianza (Alemania, Austria‑Hungría e Italia) competía diplomática y militarmente. La Entente Cordiale entre Francia y el Reino Unido dividía a Europa en dos bloques. En 1907, tras un nuevo acuerdo entre la Rusia pro‑francesa y Gran Bretaña, las grandes potencias estaban ahora alineadas.

En 1912 nació la Triple Entente militar, reuniendo a Francia, Rusia y Gran Bretaña. Solo faltó un pretexto: el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, que desencadenó la contienda en el viejo continente. La Primera Guerra Mundial puso fin abrupto a la despreocupación de la Belle Époque.

El mito de la Belle Époque, aunque refleja un periodo real de prosperidad, no puede abarcarlo por completo; sin embargo, junto con los “Años Locos” y la década de los treinta, constituye una de las tres edades doradas del siglo XX francés.

Para profundizar

La Belle Époque, de Michel Winock. Tempus, 2003.

France of the Belle Époque, de Jean‑Baptiste Duroselle. Sc Po Press, 1992.

Una breve historia de Francia: de la Belle Époque a la actualidad, de Antoine Prost. Armand Colin, 2013.