Los últimos años del siglo XI no fueron propicios para las relaciones entre cristianos y musulmanes. Tras la expansión del Islam —que había conquistado Jerusalén, la Península Ibérica y Anatolia— el llamado del Papa Urbano II en 1095 tomó una dimensión distinta: ayudar al Imperio bizantino y recuperar los lugares santos de los infieles.
Pedro el Ermitaño y un ejército inesperado
Pedro el Ermitaño, un monje francés, había comenzado a difundir horribles relatos sobre los selyúcidas antes incluso de la convocatoria papal. Afirmaba haber sido emboscado por turcos en una peregrinación a Jerusalén y utilizó esas historias para incitar a la población del norte de Francia a unirse a una “cruzada popular”.
Su mensaje, apoyado en la promesa de salvación y en una supuesta orden directa de Jesucristo, atrajo a hasta 40 000 campesinos y pobres sin experiencia militar, ansiosos por escapar de la miseria y el hambre de sus tierras.
El inicio de la Cruzada del Pueblo
A diferencia de la orden papal, la muchedumbre no esperó hasta agosto; partió en abril de 1096. Sin mapas ni provisiones, muchos buscaban simplemente huir de la pobreza. El grupo se fragmentó: bajo el liderazgo de Walter Sans‑Avoir, algunos miles cruzaron el Danubio y llegaron a Belgrado en menos de un mes.
Al no haber aviso previo, el gobernador bizantino los retuvo hasta que el Papa confirmara su llegada. Mientras tanto, la falta de alimentos provocó saqueos alrededor de la ciudad, lo que paradójicamente les valió la autorización para avanzar hacia Constantinopla, donde llegaron al Bósforo en julio, antes que la cruzada oficial.
El desastre de Pedro el Ermitaño
Diez días después, otro contingente de unos 20 000 seguidores de Pedro partió de Colonia. Al llegar a Belgrado, los cruzados saquearon un mercado; los bizantinos intervinieron, pero la turba logró escapar. Sin embargo, el ejército bizantino de Niš los atacó y sólo una cuarta parte llegó a Constantinopla, reuniéndose con el primer grupo.
El episodio de Emicho y la persecución de los judíos
En el Rin, el conde Emicho lideró una facción que, alegando inspiración divina, atacó a comunidades judías en Speyer, Worms y Maguncia, asesinando cientos y extorsionando a otros. Su marcha terminó en Hungría, donde fue derrotado sin haber llegado ni a Constantinopla ni a Jerusalén.
El fin trágico de la cruzada popular
Los sobrevivientes de Constantinopla, impacientes, recibieron barcos del emperador bizantino y cruzaron el Bósforo hacia territorio selyúcida. Sin mando central, los distintos grupos (franceses, alemanes, etc.) se dedicaron al saqueo y a la matanza de civiles, mayormente cristianos.
Al enfrentarse a los selyúcidas, la mayoría fueron aniquilados; sólo unos pocos lograron refugiarse en una fortaleza y fueron rescatados por los bizantinos. De los casi 40 000 iniciadores, apenas 3 000 sobrevivieron.
En resumen, más del 90 % de los participantes murieron en menos de seis meses, sin lograr ninguna victoria contra el enemigo declarado. Sin embargo, la derrota sorprendió a los selyúcidas, que subestimaron la fuerza de la cruzada oficial que, tres años después, conquistaría Jerusalén.
Esta crónica muestra que la Cruzada del Pueblo no fue la única expedición desastrosa; la historia está plagada de campañas que terminaron en fracaso.