Historia de Europa

Peste, viruela y gripe española: una breve historia de las plagas

Peste, viruela y gripe española: una breve historia de las plagas

Cada vez que surge una nueva enfermedad, ya sea una epidemia, una pandemia o una plaga, la sociedad sigue un guion familiar: miedo, pánico, información errónea y, tras la fase de alarma, el olvido o la adaptación. La reacción inmediata suele ser exagerada, y pronto aparecen comparaciones con las peores epidemias de la historia, aunque la mayoría de los brotes actuales (como el SARS, la COVID‑19 o la gripe aviar) no alcanzan esas magnitudes. En este artículo repasamos algunas de las plagas que realmente marcaron un antes y un después.

La peste en la Edad Media y posteriores

Cuando pensamos en pandemias, la imagen que más persiste es la de la peste negra del siglo XIV. Sin embargo, esa no fue la primera aparición del bacilo en Europa. Ya en el siglo VI la ciudad de Constantinopla sufrió la peste de Justiniano, y es probable que Roma hubiera padecido brotes anteriores. Pero la ola de 1347‑1351 fue distinta: en pocos meses la enfermedad se extendió por todo el continente, acabando con cerca de un tercio de la población.

En aquella época nadie conocía el origen ni el tratamiento de la enfermedad. Los síntomas aparecían y la muerte podía llegar en cuestión de días, acompañados de los famosos bubones. Ante la falta de explicaciones médicas, la población la interpretó como un castigo divino, recurriendo a rezos, misas y procesiones que, paradójicamente, facilitaban la transmisión al reunir a multitudes. La peste siguió reapareciendo en brotes más reducidos hasta el siglo XVIII, aunque nunca volvió a alcanzar la devastación del siglo XIV.

Viruela: la plaga de la modernidad

Tras la peste, Europa enfrentó una sucesión de epidemias: sífilis del Nuevo Mundo, tuberculosis, cólera… Pero ninguna fue tan letal y omnipresente como la viruela. Hasta el siglo XIX, aproximadamente un tercio de los infectados moría, y muchos supervivientes quedaron con cicatrices permanentes. La introducción de la primera vacuna moderna, desarrollada a principios del siglo XIX, cambió el panorama y redujo drásticamente los brotes.

El mayor impacto de la viruela se dio fuera de Europa. Los colonizadores europeos, ya inmunizados, introdujeron el virus en América, donde las poblaciones indígenas carecían de defensas. En los cien años posteriores al contacto, la población nativa se redujo en torno al 90 %. La enfermedad fue declarada erradicada en 1980; hoy solo quedan dos laboratorios que conservan el virus, uno en EE. UU. y otro en Rusia.

La gripe española de 1918

En la era de la gripe porcina, la gripe aviar, el SARS y la COVID‑19, a menudo se compara la situación con la gripe española. Este virus se propagó en tres oleadas y cobró entre 40 y 50 millones de vidas, convirtiéndose en la pandemia más mortal desde la peste negra. No era una enfermedad extraordinaria; se trataba de una cepa de influenza H1N1. Su alta letalidad se atribuye, en parte, a las condiciones de la Primera Guerra Mundial: trincheras abarrotadas, escasez de higiene y sistemas de salud colapsados.

El nombre “gripe española” es un error histórico. España, neutral en la guerra, mantuvo la prensa libre y, por eso, fue el primer país en informar abiertamente sobre la enfermedad, mientras que en Alemania y el Reino Unido había censura. El primer caso documentado fue un soldado estadounidense en Kansas, aunque existen teorías que sitúan los orígenes en Asia. De hecho, Asia sufrió la mayor parte de la mortalidad, con India y China como los epicentros.

De la plaga local a la pandemia global

Lo que ha cambiado radicalmente en los últimos siglos es nuestro conocimiento y capacidad de respuesta. A finales del siglo XIX, Louis Pasteur y Robert Koch identificaron bacterias y sentaron las bases de la microbiología, lo que eliminó la idea de que las epidemias eran castigos divinos. La influenza, sin embargo, es viral; su naturaleza solo se comprendió en la década de 1930, demasiado tarde para salvar a millones en 1918.

Hoy, la mayoría de las enfermedades mencionadas son mucho más controlables gracias a vacunas, antibióticos y sistemas de vigilancia. La velocidad de propagación ha aumentado con los viajes aéreos, pero las tasas de mortalidad son considerablemente menores que el 35 % que alcanzó la peste negra. En definitiva, aunque la amenaza persiste, la ciencia nos brinda herramientas que hace un siglo eran inimaginables.