Historia de Europa

Francisco de Quevedo: vida y obra

Francisco de Quevedo: vida y obra

Francisco de Quevedo fue uno de los escritores más brillantes del Siglo de Oro español. Sirvió a Felipe III y Felipe IV en misiones secretas, estuvo protegido por el duque de Osuna y sufrió la persecución del favorito del segundo monarca, el conde‑duque de Olivares. Su trayectoria estuvo estrechamente ligada a la corte absolutista de los Habsburgo y refleja tanto el esplendor como el declive imperial que se acentuó en la segunda mitad del siglo XVII. Contemporáneo de Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Góngora y Gracián, su obra poética constituye el monumento verbal más audaz e innovador de la lengua española.

Infancia

Quevedo nació en 1580, el mismo año en que España anexó Portugal, en la corte de Felipe II, el monarca más poderoso de la época. Su padre, Pedro Gómez de Quevedo, era secretario de la princesa María, hija de Carlos V y hermana del rey, mientras que su madre, María de Santibáñez, trabajaba como dama de honor de la reina. A los seis años quedó huérfano de padre, que entonces servía a Ana de Austria, cuarta esposa del rey.

Educación

Francisco de Quevedo: vida y obra

En 1598, tras la muerte de Felipe II, el joven de dieciocho años estudió con los jesuitas y pasó dos años en la Universidad de Alcalá de Henares. Los registros oficiales son escasos, pero se conoce su relación con el humanista flamenco Justo Lipsio, a quien confió sus primeros problemas de salud: un resfriado persistente y sinusitis crónica, que él describió como «llevo la pálida manada de enfermedades».

Primeras obras

En 1600 comenzó a escribir Los sueños, que dedicó en 1606 al conde de Lemos. Ese mismo año finalizó su contribución al género picaresco con El Buscón, cuya primera edición apareció en Zaragoza en 1626. A los veintiséis años, sus contemporáneos lo describían como un joven miope, de estatura media, cabello negro algo encrespado, frente amplia y ojos vivaces, aunque siempre llevaba gafas. Sus enemigos, Góngora y Ruiz de Alarcón, no tardaron en lanzar calumnias que lo acusaban de embriaguez y libertinaje. A pesar de su miopía y cojera, Quevedo era un espadachín consumado y dominaba el italiano, lo que le sería útil cuando, a los treinta y tres años, iniciara su aventura política en Italia al servicio del imperio.

Vasallo del rey, espía del duque

Quevedo llegó a Sicilia a petición de Pedro Téllez de Girón, duque de Osuna. Ya había escrito numerosos poemas y sus versos circulaban por la corte y la calle al igual que los de Lope y Góngora. En ese momento la poesía castellana alcanzaba su máximo esplendor, pero él no se preocupó por recopilarla; su verdadera pasión era la política. Ofreció al imperio su lealtad y su visión casi medieval del mundo, sin escatimar esfuerzos. Tras servir en embajadas en Niza y Génova (1613‑1616) y regresar a Madrid, el duque de Osuna lo utilizó para acabar con la facción del duque de Lerma y conseguir el virreinato de Nápoles. En 1617 recibió la orden de caballero de la Orden de Santiago, lo que provocó versos hostiles de su rival Luis de Góngora.

Exilio

La caída del duque de Lerma fue seguida por el proceso contra el duque de Osuna, protector de Quevedo. En 1619 el poeta se retiró a la Torre de Juan Abad, cuya posesión estaba en litigio desde 1609 y que no se resolvería definitivamente hasta 1631. Exiliado en la torre y con prohibición de acercarse a Madrid, Quevedo escribió y observó desde la distancia los vaivenes de Felipe III. Con la caída definitiva de Osuna, el conde‑duque de Olivares comenzó su ascenso, convirtiéndose en el enemigo acérrimo del poeta. En 1623, tras criticar públicamente al favorito real, fue indultado, regresó a la corte y acompañó a Felipe IV en un viaje por Andalucía, donde se enteró de la muerte en prisión de su antiguo protector, el duque de Osuna.

Publicaciones políticas

Tras el indulto, Quevedo publicó Cartas del Caballero de la Tenaza y La política de Dios (1626), obras en las que defendía una política que frenara la amenaza francesa y la decadencia cortesana. En 1628 escribió el Memorial por el Patrocinio de Santiago, atacando a los Carmelitas que defendían la tradición teresiana y oponiéndose a que Santa Teresa de Ávila fuera patrona de España. El rey, enfadado, ordenó otro exilio que lo devolvió a la Torre, aunque en diciembre del mismo año recibió otro indulto.

Francisco de Quevedo: vida y obra

Matrimonio efímero

A los cincuenta años, Quevedo seguía produciendo poesía sin descanso. Su obra destaca por la variedad temática, la audacia verbal y la brillantez que la lengua castellana jamás había visto: sonetos metafísicos y de amor, letrillas satíricas y romances de gran perfección. Fue traductor de Anacreonte y de autores latinos como Marcial, y escribió algunas obras teatrales (entremeses y bailes) y prosa satírica, que aunque no alcanzan la maestría de El Buscón, son relevantes por su sarcasmo y juegos de palabras. Sus versos se publicaron póstumamente en 1648 bajo el título El Parnaso español, con una segunda parte en 1670 (Las tres últimas musas castellanas). En 1634 contrajo un matrimonio polémico con la viuda Doña Esperanza de Mendoza, pero la unión duró apenas unos días y pronto volvió a su vida de soltero.

Prisión y muerte

En 1639, tras publicar la segunda parte de La política de Dios, la guardia real lo detuvo en el convento de San Marcos por razones desconocidas. Permaneció encadenado y enfermo hasta la caída del conde‑duque de Olivares en 1643. En 1644 se descubrió una carta de Quevedo al rey Felipe IV que sugiere que fue acusado de ser “infiel, enemigo del gobierno y confidente de Francia”. Liberado, llegó a Cogolludo, luego a Toledo y finalmente volvió a la Torre de Juan Abad en noviembre de 1644, describiéndose a sí mismo como «con más signos de estar muerto que vivo». El 8 de agosto de 1645 se trasladó a Villanueva de los Infantes en busca de un médico y falleció el 8 de septiembre del mismo año. Según la tradición, al escuchar que se preparaban sus funerales, hizo su última broma: «La música, pagadla quien la escuche».