En los últimos años del siglo IX y los primeros del X, al‑Andalus estaba sumido en la anarquía: revueltas como la de Umar ibn Hafsun, gobiernos locales casi independientes y constantes luchas internas de carácter étnico, social y político. Cuando Abderramán III accedió al emirato en 912, heredó un territorio fragmentado que, sin embargo, transformaría radicalmente en pocos años.
Abderramán III pacifica al‑Andalus
El nuevo emir logró, en un breve lapso, someter las rebeliones y consolidar el control sobre la península. El poeta de la corte, Ibn Abd Rabbihí, describió sus éxitos militares como "cumbres imposibles". A la vez, Abderramán III lanzó ofensivas contra los reinos cristianos del norte, alcanzando la victoria en Valdejunquera (920) y manteniendo a raya a los fatimíes del Magreb.
El golpe decisivo fue la derrota de la revuelta de los hijos de Umar ibn Hafsun. En 928 el bastión de Bobastro cayó; el emir ordenó su destrucción y exhibió el cuerpo crucificado de su líder como advertencia.
Proclamación del califato (929)
Abderramán III se autoproclamó califa, rompiendo el vínculo religioso con Bagdad. En una carta a sus gobernadores escribió: "A partir de ahora seremos Príncipes de los Creyentes y todos los documentos usarán ese título". Adoptó también el epíteto de "combatiente por la religión de Alá". La medida celebró sus triunfos y sirvió como bandera frente a la amenaza fatimí.
Conquistas de Abderramán III
Durante la década siguiente, el califa expandió su dominio: tomó Toledo (932), obtuvo la capitulación de Zaragoza (937) y venció en la campaña de Osma (934). Sufrió una derrota notable en Simancas‑La Alhandega (939), pero las fronteras se mantuvieron estables. En el norte, algunos reyes cristianos aceptaron su autoridad, como Sancho I de León, que viajó a Córdoba en 938 para curarse. En África, la conquista de Ceuta (931) reforzó su posición, y estableció relaciones diplomáticas con el Imperio Bizantino y el emergente Sacro Imperio Romano Germánico.
Abderramán III también mandó edificar, al oeste de la ciudad, el suntuoso palacio‑ciudad de Medina Zahara, centro del poder califal.
Califato de Al‑Hakam II: época de esplendor cultural
Tras la muerte de Abderramán III, su hijo Al‑Hakam II (961‑976) heredó un reino en paz. Su mandato se destacó por la ausencia de conflictos mayores y por un notable florecimiento cultural. Los vikingos aparecieron brevemente en la costa occidental (966‑972), pero no provocaron enfrentamientos significativos.
Al‑Hakam II impulsó la construcción de la famosa biblioteca de Córdoba, que llegó a albergar unas 400 000 obras. En las artes plásticas, la mezquita principal se embelleció con un mihrab de arcos ribeteados y materiales preciosos, reflejando la riqueza estética de la época.
Califato de Hisham II y gobierno de Ibn Abi Amir (Almanzor)
El sucesor Hisham II (976‑1009) subió al trono siendo un niño; el verdadero poder quedó en manos de su tutor Ibn Abi Amir, quien había comenzado como copista en la corte. Ibn Abi Amir, ambicioso y capaz, se convirtió en el verdadero gobernante, marcando la era de los "amiríes".
En 978 fue nombrado hachib (equivalente a primer ministro) y ordenó la construcción del palacio de Medina Zahira al este de Córdoba, sede de la administración central. Tres años después recibió el sobrenombre "al‑Mansur bi‑Allah" (Almanzor), bajo el cual los cristianos lo conocerían.
Avances y conquistas de Almanzor
Almanzor, apoyado por los bereberes, instauró una dictadura militar de carácter ortodoxo. Destruyó parte de la biblioteca de Al‑Hakam II y lanzó campañas devastadoras contra los reinos cristianos:
- 985: saqueo de Barcelona.
- 988: destrucción de los monasterios leoneses de Sahagún y Esclón.
- 997: entrada triunfal en Santiago de Compostela, respetando la tumba del apóstol.
- 1002: incendio del monasterio de San Millán de la Cogolla.
Almanzor murió poco después de la última campaña, dejando un legado de terror y poder.
Gobierno de Abd al‑Malik
Su hijo Abd al‑Malik (1002‑1008) mantuvo la fuerza militar y realizó incursiones victoriosas contra los cristianos. Sin embargo, tras su muerte en 1009 el régimen amírico colapsó y Hisham II abdicó, dando paso a la gran fitna que culminó con la desaparición definitiva del Califato de Córdoba.
Así, el Califato de Córdoba pasó de ser una potencia militar y cultural a desintegrarse en el caos de la lucha por el poder, marcando el fin de una era única en la historia de al‑Andalus.