Historia de Europa

Aduanas de Roma: un perrito en el aire… el burdel

El origen del término “lupanar”

Como bien se dice, el comercio más antiguo del mundo también floreció en las ciudades y colonias romanas. De allí proviene gran parte de la terminología que usamos hoy para describir la prostitución en la Antigüedad. En latín, lupanar deriva de lupa, ‘loba’, y todavía se emplea de forma coloquial para referirse a quienes ejercen esta actividad.

Aduanas de Roma: un perrito en el aire… el burdel

Lupanar

Los Lupercales y la figura de la “lupa”

En el mes de febrero se celebraban los Lupercales, fiestas en honor al dios Luperco. Las mujeres que participaban en una forma de prostitución sagrada con los sacerdotes luperci fueron llamadas lupae, reforzando la asociación entre la loba y la actividad sexual.

Los locales de ocio en la ciudad romana

Al igual que otros negocios, existían cauponae y thermopolia con áticos o entrepisos donde los clientes podían disfrutar de compañía íntima a cambio de unas cuantas monedas. Estos espacios se describen en el artículo “Comer y dormir fuera de casa”.

Una visión sin prejuicios modernos

Es importante recordar que la modestia y el concepto de “pecado” que sentimos hoy provienen de la educación judeocristiana. En la sociedad grecorromana no existían nociones de pecado sexual ni de homosexualidad; la pederastia y otras formas de placer se consideraban naturales. Por eso, en los burdeles se hallaban niños y niñas de cualquier edad, y lo que importaba era el rol que desempeñaban (activo o pasivo), no con quién se acostaban.

Los burdeles en Hispania

Casi todas las ciudades hispanas que albergaban comerciantes o viajeros contaban con al menos un burdel. Para ilustrar su aspecto, tomaremos como referencia el lupanar de Pompeya, uno de los mejor conservados.

Ubicación y señalización del lupanar pompeyano

El lupanar estaba situado detrás de una de las dos vías principales de la ciudad, visible para los transeúntes pero discreto para los ciudadanos. En los pavimentos del decumano aparecen pequeños falo cuya punta indica la dirección, como señales de tráfico actuales. El edificio tenía dos plantas: la superior atendía a clientela adinerada y contaba con un balcón donde las trabajadoras seducían a los pasantes; la planta baja, más reducida, estaba destinada a esclavos y proletarios (ciudadanos sin propiedad).

Aduanas de Roma: un perrito en el aire… el burdel

Indicador fálico

El interior del lupanar

Un Priapo tallado recibía a los clientes en el estrecho pasillo. En la entrada de cada cubículo se pintaban frescos que describían la especialidad del trabajador. Un quadrantario cobraba sólo un cuadrante (una fracción de sestercio), mientras que una felatora ofrecía servicios que ningún ciudadano respetable aceptaría en público. Las habitaciones, llamadas fornices, tenían suelos de mortero y colchones de paja o plumón; la única decoración eran lámparas y un lavabo. En las paredes aún se observan rasguños con mensajes como “Varinia ama a Marcelo”, “el panadero es un ladrón” o “Cato folla a Lucila”.

Aduanas de Roma: un perrito en el aire… el burdel

Priapo da la bienvenida

Quienes trabajaban allí

La mayoría de los proveedores eran esclavos procedentes de tierras exóticas; el leno (propietario) obtenía mejores ganancias con ellos. En el siglo I d.C. el precio de una sesión oscilaba entre seis y ocho ases (dos sestercios, ya que una copa de vino en una caupona costaba un as). Por ello, el mercado de esclavos ofrecía jóvenes británicos de piel clara, atléticos nubios o rubias galas para atraer clientela y asegurar ingresos.

No todas las prostitutas eran esclavas. Al estilo de las hetairas griegas, existían mujeres libres e influyentes que ofrecían compañía a cambio de un “frote”. Tanto esclavas como libertas debían pagar impuestos, vestir peplos o túnicas rojizas y teñir el cabello para distinguirse de las matronas castas.

Escándalos famosos: Valeria Messalina

El caso más escandaloso pertenece a la esposa del emperador Claudio, Valeria Messalina, descrita por Juvenal como una ninfómana que, bajo el seudónimo Lycisca, ejercía la prostitución en la peligrosa Subura. Aprovechando la ausencia de Claudio en la campaña de Britania, organizó un concurso en el palacio para ver quién podía acostarse con más hombres en un día. La “escuela” de prostitutas aceptó el reto y envió a Scylla, quien realizó veinticinco actos antes de rendirse. Messalina siguió toda la noche, proclamó que aún no estaba satisfecha tras haber estado con setenta hombres y continuó hasta el amanecer; el recuento final llegó a doscientos.

Colaboración de Gabriel Castelló.