Historia de Europa

Un día entre prostitutas… en la antigua Roma

Una visita inesperada

Jamás podré decir que nunca he puesto un pie en un lupanar, y esa afirmación se refiere al famoso casa de Arvina. Fue mi primera experiencia a solas con una mujer, ocurrida poco después de la primera y desastrosa campaña militar.

El grupo y la decisión

Una perezosa tarde de verano, mi amigo Labieno, Emilio y yo nos refugiamos bajo los arcos del Foro, acompañados de mi hermano Lucio, dos años mayor, y de su compañero Publio Quintilio Albó, un joven galés de baja estatura y cabello rubio. Lucio y Publio nos persuadieron de visitar, sin mayor presión, el lupanar que se encontraba fuera de la muralla, cerca del puente del molino.

Ese establecimiento tenía mala reputación en los círculos de Valencia: varios magistrados respetables eran clientes habituales, lo que le confería una notoriedad siniestra.

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La fachada y el interior

Se trataba de una domus de varios passus, sin ventanas y con una puerta que mostraba un pequeño ojo de mirilla. Tras tocar el picaporte dos veces, el guardia nos dejó entrar y el crujido de las bisagras anunció nuestro ingreso.

En la sala de entrada dominaba una estatua a tamaño real de Venus, diosa de la belleza y el amor. Un sirviente de aspecto pulcro nos condujo al atrio, la zona más fresca de la casa, donde varios bancos esperaban a los clientes.

El patio estaba adornado con macetas de terracota, setos de murta y relieves geométricos. Las paredes rojas mostraban frescos explícitos que representaban parejas en distintas posturas. Una esclava, muy sugerente, nos ofreció una jarra de vino barato que resultó imposible de rechazar.

En un rincón, tres jóvenes músicos –arpas, címbalos y flautas– cantaban melodías. Evidentemente, habían sido comprados recientemente para aprender el arte del amor.

La dueña y su séquito

Una matrona corpulenta, de edad avanzada, con senos prominentes y una peluca de cobre, nos recibió con una hospitalidad desbordante. Más tarde descubrí que utilizaba un strophium y un mamillare, tiras de cuero que realzaban su busto.

  • «¡Bienvenidos a la casa de Servia Vitruvia Arvina! Por Vesta pura, ¿qué veo? Cinco jóvenes hermosos», exclamó la abundante madama mientras inspeccionaba al grupo.
  • «Muéstranos tu oferta, Arvina», respondió el hermano de mi amigo.
  • «Aquí no se trata de un prostíbulo cualquiera, sino de un establecimiento reservado para clientes selectos», contestó con autoridad.

Los acompañantes

De las cubículos adyacentes surgieron una gran variedad de jóvenes, algunos de apenas edad y otros ya maduros, ataviados con finas túnicas de lino y perfumados con bálsamos exóticos. Sus ropas resaltaban los pezones y los contornos de sus cuerpos, mientras que los ephebos mostraban sus muslos desnudos cubiertos solo por una simple lencera.

En ese mundo complejo, algunos trabajaban por necesidad y otros por elección; varios de ellos pagaban una parte considerable de sus ganancias a la dueña por poder atender a clientes influyentes en la intimidad de una cama mullida.

El encuentro decisivo

Mi hermano negoció con Arvina el precio de los servicios: cincuenta monedas de plata por una hora de compañía. La joven de cabello oscuro que más me atrajo tomó mi mano y me condujo a su cubículo, una pequeña habitación roja en el peristilo con un taburete y una cama sencilla.

Sobre el umbral había una inscripción que mostraba a una amazona montada sobre un hombre reclinado; más tarde comprendí que cada puerta indicaba la especialidad de su habitante.

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Al cerrar la puerta, la luz provenía únicamente de una ventana alta. La joven, con ojos color miel y cabello rizado, se despojó lentamente del vestido, revelando su desnudez con elegancia. Con una voz suave, me susurró elogios, retiró mi túnica y me recostó sobre la cama.

El resto de la escena transcurrió con la pasión y la destreza propia de una profesional experimentada. La experiencia culminó con una sensación de satisfacción comparable al orgullo de un general tras un triunfo romano.

Conclusiones y legado

Al salir, sudoroso y satisfecho, descubrí que Labieno, conocido por su musculatura en los baños, había abandonado la habitación acompañado de uno de los ephebos. Ese descubrimiento marcó una tarde que nunca olvidaré.

Con el tiempo supe que la matrona había ejercido la prostitución en varios lupanares de Arse antes de ser comprada por Sextus Vitruvius Arvino, quien, fascinado por sus pechos, la adquirió. Tras su muerte, Arvina, heredera y hábil administradora, se trasladó a un nuevo barrio donde fundó su propio lujoso establecimiento.

Extracto de VALENTIA, Memorias de Cayo Antonio Naso
Imagen: lupanar