Elio Esparciano, autor de Augusta History (siglo IV), relata una curiosa anécdota sobre el emperador
Orígenes y difusión de las termas
El concepto de bañarse en gran escala no es originario de Roma, sino de Grecia. Aunque los griegos clásicos carecían de termas públicas, sí disponían de espacios dedicados al culto del cuerpo –estadios, gimnasios y santuarios asociados a los efectos terapéuticos del agua. Fue bajo la hegemonía romana que esas ideas se transformaron en complejos termales de carácter público y popular.
Las primeras termas
Los primeros baños eran modestos: una pequeña sala de recibo atendida por esclavos encargados de cobrar y de la limpieza, seguida de un vestuario con nichos y un banco bajo ellos donde los clientes dejaban sus pertenencias. En la época de César, una visita completa costaba entre un par de ases y un sestercio, según la ubicación y el servicio.
Del vestuario se accedía al caldarium, una habitación caliente con una bañera rectangular y una fuente (patena) de agua fresca para beber y refrescarse. El ambiente era sofocante, pues el horno que calentaba el agua estaba al lado.
El auge de las termas republicanas y del Alto Imperio
Con la expansión del Imperio, los baños dejaron de ser simples cuartos de lavado para convertirse en verdaderos centros urbanos. El suelo ya no era de mosaico, sino de ladrillo cocido, sostenido por pilares entre los que circulaba aire caliente proveniente del praefurnium (horno). Este sistema de calefacción, ideado por el ingeniero Cayo Sergio Orata, se conoce como hipocausto y permitió calentar tanto el agua del caldarium como la sala de vapor (laconicum) y los pasillos del edificio.
En las grandes ciudades se añadía una natatio (piscina al aire libre) dentro del frigidarium, el equivalente a una piscina fría donde los bañistas concluían su sesión después de sudar, raspar la piel con el strigilis y masajearse con aceites aromáticos.
Evolución arquitectónica y decadencia
Durante el Imperio, los termas se vistieron de mármol, pórfido y lujosos mosaicos. Ejemplos como las termas de Bath (Britania) utilizaban fuentes termales naturales para alimentar sus piscinas con agua medicinal. Sin embargo, la crisis del siglo III agotó los tesoros imperiales y muchos complejos fueron abandonados o destruidos en las invasiones germánicas (por ejemplo, las termas de Caesaraugusta, Zaragoza).
Los grandes emperadores –Trajano, Caracalla y Diocleciano– erigieron termas monumentales que incluían bibliotecas, tabernas, salas de ejercicio e incluso prostíbulos, convirtiéndose en verdaderos “spas” de la antigüedad.
Una carta reveladora de Séneca
En una misiva a Lucilio, Séneca compara las termas de la época de Escipión el Africano (siglo III a.C.) con las de su propio tiempo (siglo I a.C.). Describe cómo los baños antiguos eran oscuros y estrechos, mientras que los termales imperiales brillaban con mármoles de Alejandría, columnas decorativas y grandes ventanales que permitían el paso de la luz y la vista al paisaje.
«…las termas actuales deben tener amplias ventanas para que el sol entre todo el día; así la gente puede bañarse y broncearse al mismo tiempo…»
Vida social en las termas
Las termas funcionaban de mediodía a la caída del sol, con turnos separados para hombres y mujeres (pocos baños mixtos). Allí se discutían asuntos políticos, se escuchaban rumores y, al salir, los bañistas frecuentaban tabernas donde se celebraban negocios y conspiraciones.