Una enemistad que trasciende siglos
El único punto de acuerdo entre Corea del Norte y Corea del Sur es su profunda aversión hacia Japón. La rivalidad entre los tres países de Asia Oriental tiene raíces que van mucho más atrás que la Segunda Guerra Mundial.
Contexto histórico: las invasiones de 1592‑1598
En 1592, tras casi un siglo de guerras civiles, el señor de la guerra Toyotomi Hideyoshi logró unificar Japón. Con el país pacificado y millones de samuráis sin empleo, Hideyoshi decidió embarcarse en una ambiciosa campaña: conquistar China. Para ello, consideró que pasar por Corea era un paso previo indispensable.
Hideyoshi, aunque carecía del linaje para ostentar el título de shogun, se había convertido en el de facto monarca del archipiélago. Sus motivaciones fueron variadas: mantener ocupados a sus guerreros, demostrar su poder o, según algunos historiadores, una posible demencia en sus últimos años.
Los trofeos macabros de la guerra
En la tradición samurái, cortar la cabeza del enemigo y presentarla era señal de valor y medio para ascender. Con la campaña coreana, la logística se volvió un problema: los cuerpos caían a cientos de kilómetros de Osaka, la capital donde Hideyoshi supervisaba los premios.
Para sortear la dificultad, Hideyoshi ordenó que, en lugar de enviar cráneos completos, se enviaran partes pequeñas—narices o orejas—preservadas en salmuera, como si fueran encurtidos. Así, los soldados japoneses comenzaron a cortar narices y orejas no solo a combatientes, sino también a civiles, mujeres y niños, para cumplir con la cuota de “trofeos”.
Los cientos de piezas recogidas se acumularon sin que el comandante supiera qué hacer con ellas. La solución fue enterrarlas cerca de un templo en Kioto, formando una colina de varios metros de altura. Hideyoshi la denominó Mimizuka (literalmente “montículo de orejas”, aunque la mayoría de los restos son narices).
El Mimizuka hoy
Más de cuatro siglos después, el Mimizuka original sigue allí, cubierto de hierba y tierra. El sitio está rodeado por un pequeño parque con una placa conmemorativa que recuerda la barbarie de la guerra y pide reposo eterno a las víctimas.
El monumento es poco conocido: rara vez aparece en guías turísticas y casi nunca se menciona en los libros de texto japoneses. Los visitantes habituales son los residentes del barrio y, sobre todo, turistas coreanos que desean recordar un capítulo doloroso de su historia.
Cuatro siglos han pasado, pero la memoria de aquel horror sigue viva en la península coreana.
Colaboración de R. Ibarzabal