Historia de Europa

Cuando el Yin venció al Yang en la literatura japonesa #NitontasNilocas

Japón no siempre ha sido la tierra de los samuráis. Cuando pensamos en la historia antigua del Sol Naciente, lo primero que viene a la mente son los legendarios guerreros medievales: sus katanas, castillos pintorescos, armaduras de seda trenzada, arcos lacados y siglos de guerras internas. Sí, la casta samurái dominó el imperio insular durante casi un milenio, hasta el siglo XIX, pero esa no fue siempre la realidad.

Antes de que los guerreros entraran en los anales con sangre y fuego, hubo un período en el que la pluma (o mejor dicho, el pincel) era más poderosa que la espada. Nos referimos al apogeo del segundo milenio, alrededor del año 1000 d.C., el momento de máximo esplendor de la era clásica japonesa, justo antes de que las guerras civiles de la Edad Media sumieran al país en la oscuridad. Ese periodo es el Heian, recordado como uno de los puntos más altos de la civilización japonesa, una época de paz y Arcadia que también marcó la edad de oro de la literatura del país. En ese entorno de refinamiento, los mayores genios literarios fueron mujeres.

El esplendor del periodo Heian

Alrededor del año 1000, la corte imperial alcanzaba su cenit en Kioto. Las artes florecían con más elegancia que los cerezos de la cercana montaña Yoshino. Heian, que significa "paz y tranquilidad", era el nombre antiguo de la recién fundada capital. Japón adoptó influencias chinas y las transformó en una cultura propia, donde la elegancia y la belleza lo eran todo. En la fastuosa corte, la capacidad de componer versos determinaba la posición social.

Esta práctica poética no era exclusiva de los hombres. Aunque la mayoría de la población era analfabeta y trabajaba en el campo, una minoría aristocrática –hombres y mujeres– podía dedicarse a escribir bajo los cerezos. La poesía, aunque considerada un pasatiempo, gozaba de gran prestigio. En Heian, el idioma culto era el chino clásico, reservado a los hombres, mientras que la escritura en japonés utilizaba un silabario llamado "hiragana", también llamado "alfabeto femenino" por su asociación con las damas. Este sistema, más sencillo y evocador, fue adoptado por ambos sexos y, con el tiempo, se convirtió en la base de la escritura japonesa moderna, un claro ejemplo del yin (femenino) que triunfa sobre el yang (masculino).

Dos voces que dejaron huella: Murasaki Shikibu y Sei Shōnagon

En ese ambiente de relativa libertad, dos mujeres sobresalieron como compañeras de distintas emperatrices: Murasaki Shikibu y Sei Shōnagon. Sus nombres son en realidad apodos cortesanos, no sus verdaderos nombres; en la tradición palaciega era de buen gusto omitir el nombre propio y referirse a la mujer mediante el cargo de su padre o esposo, a veces añadiendo un color. Así, "Murasaki" alude a "la dama violeta, hija del maestro de ceremonias" y "Sei Shōnagon" a "la hija del oficial menor Kiyohara".

Aunque la igualdad de género estaba lejos de ser perfecta, las damas de la corte disfrutaban de una libertad que siglos después resultaría inimaginable: podían ejercer influencia política, mantener relaciones amorosas extramaritales bajo un elaborado protocolo y dedicarse al arte con total autonomía. Fue precisamente ese contexto el que permitió a Murasaki y a Sei registrar, con una pluma inigualable, la vida cotidiana de la nobleza Heian.

Cuando el Yin venció al Yang en la literatura japonesa #NitontasNilocas

Los escritos de Murasaki, como Genji monogatari, y los ensayos de Sei, como Makura no sōshi, siguen siendo referencias esenciales para comprender esa época dorada. Ningún otro autor ha documentado con tanta claridad y delicadeza el entorno, los amores y las intrigas de la corte de Kioto en los siglos X y XI.

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Legado

Así, mientras los samuráis dominarían la historia de Japón en los siglos posteriores, el verdadero brillo literario del Heian quedó en manos de estas dos mujeres, verdaderas Góngoras y Quevedos de la antigua Japón, pero en versión femenina.

Continuará...