Introducción
Este artículo se basa en la serie When Yin Triumphed Over Yang in Japanese Literature… y explora la rivalidad entre dos de las escritoras más brillantes del período Heian: Murasaki Shikibu y Sei Shōnagon.
Murasaki Shikibu
Nacida alrededor del año 973 en el seno de la poderosa familia Fujiwara, Murasaki recibió una educación esmerada. Su padre, poeta y erudito, le enseñó los clásicos chinos, una materia reservada normalmente a los varones. Desde pequeña demostró una aptitud extraordinaria para la escritura.
A los dieciséis años comenzó a redactar lo que se convertiría en una de las obras fundamentales de la literatura universal: Genji Monogatari (El cuento de Genji). Considerada la primera novela de la historia, narra las peripecias amorosas del príncipe Hikaru Genji y, al mismo tiempo, ofrece un amplio mosaico de la vida cortesana del Japón clásico. Con 65 capítulos y más de mil páginas en sus versiones completas, el libro fue un auténtico bestseller de su época y abrió las puertas del palacio a su autora.
Se cree que el seudónimo “Murasaki” rinde homenaje a un personaje homónimo del propio relato, que podría ser una alter‑ego de la autora. En torno al año 1005 se incorporó al séquito de la emperatriz Shōshi, donde conoció a su rival literaria, la dama Sei Shōnagon.

Sei Shōnagon
Mucho menos se conoce de la vida de Sei, salvo lo que ella misma narra en su famoso diario The Pillow Book. Este texto, que fascino a Jorge Luis Borges, no es simplemente un cuaderno de notas; es una crónica de la vida cortesana escrita con agudeza, ironía y una precisión casi fotográfica. El título alude a la costumbre Heian de dejar papeles junto a la almohada para anotaciones nocturnas.
Sei describía todo lo divino y lo humano, sin dudar en elogiar a quien le agradaba y en lanzar críticas mordaces a quien no. Sus comentarios sobre amantes, sirvientes y cortesanos revelan una personalidad directa y, a veces, despiadada.

Rivalidad y estilo
Al estilo de los clásicos españoles Góngora y Quevedo, Murasaki y Sei fueron rivales acérrimas. Sus versos y prosa compiten en ingenio, sarcasmo y elegancia. La corte de Kioto se convirtió en un escenario de duelos literarios entre dos mentes brillantes, cuyas obras aún podemos disfrutar en el siglo XXI.
Mientras que Murasaki se mostraba reservada, tímida y prefería la discreción, Sei era extrovertida, amante del protagonismo y de la moda más vanguardista de la época. Ambas dominaban el chino clásico, pero sus actitudes eran opuestas: Murasaki evitaba los excesos sociales y se refugiaba en la lectura y la poesía; Sei, en cambio, era el alma de las fiestas y no temía lanzar comentarios punzantes a cualquiera.
Poemas representativos
Encuentro fugaz en el camino. No sé si era él. La luna de medianoche se oculta entre las nubes.
(Murasaki Shikibu)El canto del gallo en la noche profunda engaña al que lo oye. Pero el guardián de Osaka no se deja engañar tan fácilmente.
(Sei Shōnagon)
Ambas autoras también aparecen en las antologías líricas de la época, como la famosa colección Hyakunin Isshu (Cien poetas, cien poemas). Sus versos, aunque llenos de juegos de palabras difíciles de traducir, siguen estudiándose en las escuelas japonesas.
¿Por qué tanto antagonismo?
Además de sus personalidades contrastantes, la causa principal de la enemistad fue su posición como damas de honor de dos emperatrices rivales: Murasaki servía a la emperatriz Shōshi, mientras que Sei atendía a la emperatriz Teishi. La pugna política entre ambas cortes convirtió a sus portadoras en divas de facciones opuestas, provocando choques constantes en los pasillos del palacio.
Legado
Poco se sabe de sus últimos años, aunque se presume que ambas se retiraron al monacato budista y fallecieron en edad avanzada. Sus tumbas se encuentran en Kyoto, en rincones opuestos de la ciudad.
Aunque sus vidas fueron discretas, sus obras perduran como testimonio de la capacidad de las mujeres del Heian para brillar en un mundo dominado por hombres. Como reza el poema del himno nacional japonés, su legado durará diez mil generaciones, hasta que los guijarros se conviertan en piedras y se cubran de musgo verde.