Un alquimista en Hamburgo
En 1675, en Hamburgo, vivía el mercader Hennig Brand. Aunque no destacaba en los negocios, la dote de su esposa le permitió dedicarse a la alquimia, el arte de buscar la legendaria piedra filosofal capaz de convertir metales en oro.
El experimento con la orina
Brand quiso ir más allá y tratar de obtener oro a partir de la orina humana. Reunió alrededor de 50 cubas de orina y, durante varios meses, la filtró, mezcló, disolvió y calentó en el sótano de su casa, empleando todas las técnicas alquímicas de la época.
Al final del proceso no apareció oro, sino una sustancia blanca, translúcida y de extraña luminosidad.

La obra “The Alchemist in Search of the Philosopher’s Stone” (1771) de Joseph Wright representa este tipo de búsquedas.
El hallazgo del fósforo
Desilusionado, Brand apagó la vela que iluminaba el sótano. En la penumbra, la sustancia empezó a brillar. Al exponerla a la luz del día, se incendiaba espontáneamente. Había descubierto el fósforo, del griego phosphoros (“portador de luz”).
Aunque intentó mantener el hallazgo en secreto, su orgullo lo llevó a difundirlo. La producción mediante su método resultó tan costosa que incluso usar la orina de los soldados no resultó rentable.
El método de Carl Scheele
No fue sino hasta 1750 cuando el químico sueco Carl Scheele ideó una vía más económica: extraer el fósforo de huesos y dientes, donde se concentra alrededor del 1 % del peso corporal.
Así, lo que comenzó como un intento de fabricar oro a partir de desechos humanos dio origen a uno de los elementos esenciales para la vida y la tecnología.