Contexto histórico
En los albores del periodo Edo (principios del siglo XVII), Japón estaba recién unificado bajo el shogunato Tokugawa. Después de décadas de guerra, la paz llegó a ciudades como Kioto y Osaka, donde una burguesía emergente buscaba entretenimiento y diversión. El clima era propicio para el florecimiento de las artes.
Izumo no Okuni y su troupe
En este ambiente surge Izumo no Okuni, sacerdotisa del gran santuario de Izumo y, en su tiempo libre, bailarina itinerante. Lideró un grupo compuesto exclusivamente por mujeres que recorrían el país ofreciendo bailes populares, recitaciones poéticas y “curas” a cambio de una modesta remuneración. En realidad, la mayoría de las actrices eran prostitutas; sus actuaciones servían, en gran medida, como una forma vistosa de anunciar sus servicios a posibles clientes. Aunque Okuni no inventó una forma teatral radicalmente nueva, supo combinar danzas de moda con su propio estilo, creando un espectáculo que capturó la atención del público y sentó las bases del futuro teatro kabuki.

El nacimiento del kabuki
Las primeras representaciones eran sencillas, basadas en la danza y con tramas mínimas. El objetivo principal era exhibir el “producto” y que el público pujara por llevar a su bailarina favorita a la alcoba. Además del componente erótico, el espectáculo destacaba por su estética transgresora: Okuni a menudo se vestía como hombre, luciendo capas coloridas, sombreros de ala ancha adornados con plumas y rosarios con crucifijos, imitaciones de la indumentaria de los misioneros jesuitas. Esta moda excéntrica se convirtió rápidamente en fenómeno social, provocando revueltas y enfrentamientos entre los fervientes admiradores que, al estilo de una película contemporánea, buscaban el favor de la estrella al final del acto.

Prohibiciones y la era de los onnagata
En 1629, las autoridades prohibieron la participación de mujeres en el kabuki, temiendo el desorden que generaban. Para mantener los papeles femeninos, los teatros recurrieron a jóvenes varones de apariencia delicada, los onnagata. Estos “drag queens” de la época provocaron un nuevo escándalo: el público, tanto hombres como mujeres, se desbordaba por los actores que imitaban a las geishas. La prohibición no resolvió el problema; al contrario, los onnagata intensificaron la popularidad del teatro, aunque el gobierno intentó, sin éxito, eliminar también a los jóvenes actores. Finalmente, la censura se suavizó y se aceptó que los hombres interpretaran los roles femeninos, mientras que las mujeres quedaron excluidas como actrices.

Legado y variantes contemporáneas
La fascinación japonesa por el travestismo persiste hasta hoy. En la mitología y la cultura popular aparecen numerosos ejemplos de amores entre jóvenes de belleza andrógina. Además, Japón cuenta con una larga tradición de mujeres que se visten como hombres en novelas, dramas y manga. Un ejemplo moderno es el teatro takarazuka, donde todas las funciones, tanto masculinas como femeninas, son interpretadas por mujeres, ofreciendo una versión “inversada” del kabuki tradicional.