Contexto histórico
En 1377, con apenas diez años, Ricardo II ascendió al trono de Inglaterra tras la muerte de su abuelo, Eduardo III. El heredero había sido su padre, el Príncipe Negro, quien había fallecido antes que el monarca. El reinado de un niño generó intensas luchas de poder entre las facciones de la corte, destacando la de su tío, Juan de Gante, y, paralelamente, una creciente insatisfacción popular provocada por una grave crisis económica.
Europa acababa de sufrir la peste negra, que aniquiló casi un tercio de la población y redujo drásticamente la mano de obra agrícola. En Inglaterra, las tierras seguían perteneciendo a la nobleza, que arrendaba a los siervos bajo condiciones cada vez más duras a medida que la escasez de trabajadores aumentaba.
A la escasez se sumaba la pesada carga tributaria destinada a financiar la larga y costosa Guerra de los Cien Años contra Francia. Los impuestos gravaban a la población con la misma intensidad que a los nobles, pese a sus diferentes niveles de poder adquisitivo, y la nobleza ejercía sus privilegios sin apenas control real.
La revuelta campesina de 1381
El descontento estalló en 1380, pero fue en 1381 cuando se desencadenó la revuelta campesina (también conocida como la rebelión de los campesinos). Liderados por John Ball y Wat Tyler, los rebeldes marcharon hacia Londres desde los cuatro puntos cardinales, liberando a presos en su camino. Una vez en la capital, alrededor de 30 000 insurgentes sembraron el pánico, liberaron a los encarcelados de la ciudad y acamparon en Mile End, mientras el joven rey permanecía recluido en la Torre de Londres.
Ante la incertidumbre, Ricardo decidió negociar. Tras dos encuentros –en el segundo Wat Tyler resultó herido, arrestado y ejecutado– el monarca logró que los rebelde se dispersaran, prometiendo atender sus demandas: destituir a los responsables de la política fiscal, revisar los abusivos contratos de arrendamiento y conceder un indulto general.
A pesar de esas promesas, la violencia continuó; numerosos recaudadores de impuestos y autoridades, incluido el arzobispo de York, fueron asesinados antes de que la revuelta se sofocara.
La respuesta de Ricardo II
Con una frialdad poco propia de su edad, Ricardo II puso fin a la rebelión, aunque sus promesas quedaron sin cumplir. Tras calmar la situación, revocó los acuerdos concedidos en Londres y lanzó una campaña de arrestos y ejecuciones contra los líderes, entre ellos John Ball.
Cuando algunos antiguos insurgentes en Essex le recordaron los compromisos asumidos, el rey los despreció, llamándolos "malditos, rústicos e indignos de vivir" y amenazó con endurecer aún más sus condiciones de vida y trabajo.
De este modo, Ricardo II logró neutralizar una de las mayores amenazas de su reinado, aunque no pudo evitar los conflictos familiares que, años después, lo llevarían a su caída.
Bibliografía
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