Introducción
Nuestro arqui‑enemigo de hoy no fue un gran líder militar ni un héroe aclamado; fue un joven guerrero que formó parte de la férrea resistencia que una sola ciudad, Numancia, ofreció a la máquina militar más pulida del mundo antiguo. Este artículo rinde homenaje tanto a Rhetógenes como a los dos mil quinientos habitantes de Numancia que, al estilo de Fuenteovejuna, se negaron a rendirse ante el invasor romano.
Contexto histórico
Numancia, esa pequeña y obstinada ciudad del interior ibérico, provocó una auténtica crisis en el Senado romano. Los hijos de la nobleza, en lugar de alistarse para ganar prestigio en su cursus honorum, evitaban los compromisos militares para no terminar en el próximo ejército que cruzara la frontera hispánica. Durante casi veinte años, las tribus celtíberas y arevacas mantuvieron una hostilidad abierta contra Roma, infligiendo derrotas y humillaciones a los cónsules, como la de G. Hostilio Mancino, que tuvo que presentarse desnudo ante los muros de Numancia.

El asedio de Scipio Emiliano
Harto de la situación, el Senado confió al joven y prestigioso Publius Cornelius Scipio Emiliano, nieto adoptivo de Escipión el Africano, la tarea de acabar con la rebelión. En 134 a.C. Scipio reunió, con su propio dinero, una "cohorte de amigos" de 4 000 voluntarios y, pese a la negativa del Senado a financiar la campaña, afirmó que «basta con él y sus amigos». Al llegar a Numancia, primero reforzó la disciplina de sus legiones, expulsando a prostitutas, adivinos y demás parásitos que convivían con los soldados.

Con cerca de 60 000 hombres contra apenas 2 500 insurgentes, Scipio optó por un asedio total: erigió una alta valla, zanjas, una presa en el Duero y siete campamentos fortificados alrededor de la colina. Estas obras fueron descritas más tarde por el hispanista alemán Adolf Schulten durante sus excavaciones (1905‑1914).
La hazaña de Rhetógenes
Durante el prolongado cerco, aparece la figura del joven arevaco Rhetógenes. Según Appiano, cuando el hambre apretó, Rhetógenes lideró a cinco guerreros que, mediante ingeniosas escaleras, lograron burlar la muralla romana y buscar apoyo en ciudades vecinas. Aunque Appiano menciona que escaparon a caballo, es poco plausible que tan solo cinco jinetes cruzaran la defensa sin haber consumido durante meses una dieta de pan de bellotas y cuero hervido.
Los pueblos de Termes (Montejo de Tiermes) y Uxama (Burgo de Osma) les ofrecieron calabazas, y los jóvenes de Lutia (probablemente Luzaga) los recibieron como héroes, prometiéndoles ayuda. Sin embargo, la idea de una Iberia unida contra Roma es un mito: cada comunidad defendía sus propios intereses, a veces incluso contra sus vecinos.
La trágica represalia en Lutia
El consejo de ancianos de Lutia, temiendo la ira de Scipio, alertó a los romanos sobre la presencia de los guerreros. La respuesta fue implacable: las tropas romanas entraron de sorpresa, capturaron a los jóvenes numantinos y a sus aliados lutiacos, y les cortaron la mano derecha a 400 de ellos, impidiéndoles volver a empuñar una espada. No se sabe con certeza si Rhetógenes fue uno de los mutilados, pero es muy probable.

La caída de Numancia
Numancia cayó en 133 a.C. Tras la fallida embajada del consejero Avaros, Scipio rechazó cualquier trato de rendición. Los habitantes prefirieron el fuego, la madera de enebro o la muerte antes de caer en la esclavitud. Solo unos pocos fueron exhibidos en el triunfo de Scipio Emiliano en Roma; el resto fue vendido como esclavo.
Tras la derrota, Celtiberia permaneció en relativa paz hasta, setenta años después, que el idealista Quinto Sertorio encendiera una nueva rebelión contra la tiranía de Sila.
Dedicatoria a Adrián… nadie nos pregunta cuándo llegamos o cuándo nos vamos.