Los orígenes de la banca
La actividad bancaria surge en la medida en que aparece el dinero. En la antigua Sumeria, cuya economía era mayormente de trueque, los reyes publicaban tablas de equivalencias que permitían convertir bienes (un kilo de lana por dos litros de cerveza, por ejemplo). Estas tablas revelan que el plata era el metal más usado para estabilizar el sistema económico, incluso más que el oro. Los templos ofrecían cambiar granos por plata en forma de anillos de 8 g o espirales, facilitando su transporte y división. Así, los primeros “bancos” estaban ligados a los santuarios.
La banca en la República y el Imperio romano
Roma copió el modelo griego‑sumerio: el Templo de Saturno albergaba el Aerarium y, bajo el Imperio, el Templo de Castor y Pólux guardaba el tesoro estatal. En este contexto surgieron los argentarii (de argentum, plata), primeros banqueros privados. Inicialmente eran cambistas que controlaban la falsificación y retiraban monedas dañadas. Con el tiempo, ofrecían dos servicios principales:
- Depositum: custodia de fondos sin pago de intereses, pero que podían usarse para pagar deudas o comprar en subastas mediante transferencias internas o letras de cambio.
- Creditum: uso de los depósitos para conceder préstamos a terceros a una tasa superior a la que pagaban a los depositantes.
Los argentarii estaban organizados en un cuerpo colegiado que regulaba la admisión de nuevos miembros.
La crisis del siglo I bajo Tiberio
Tras la victoria de Augusto y la expansión territorial, la economía floreció: el grano egipcio llegaba sin interrupciones, la Pax Romana impulsó el comercio y el crédito circulaba con facilidad. Sin embargo, el auge provocó un fuerte aumento de precios. Cuando Tiberio accedió al trono, adoptó medidas drásticas para “reducir” la inflación, que en realidad pretendían llenar el erario imperial. Limitó la distribución de granos, recortó obras públicas y persiguió a la élite que había invertido en tierras y edificios.
En 33 d.C. los argentarii solicitaron una moratoria de 18 meses para reordenar sus cuentas, pues el gobierno había exigido el reembolso de créditos concedidos con garantías mínimas y a tasas superiores a la legal. La suspensión del crédito provocó una avalancha de ventas de propiedades; los precios cayeron y varios bancos (por ejemplo, Balbo y Olio) colapsaron, arrastrando a instituciones más grandes.
El rescate de los bancos
Ante la deflación que paralizó la economía, Tiberio tomó una medida inesperada. En el año 33 d.C. inyectó un millón de piezas de oro a través de los bancos, obligando a los ciudadanos a prestar ese dinero sin intereses durante tres años y prohibiendo su uso para saldar deudas. Este “rescate” reactivó el crédito, desató la actividad comercial y permitió que la economía romana volviera a fluir.
Así, la crisis bancaria del siglo I en Roma se resolvió mediante una combinación de control estatal, moratorias a los banqueros y, finalmente, una inyección masiva de liquidez que restauró la confianza en el sistema financiero.