Entrada tomada del libro The Plantagenets.
El escenario después de 1277
En la publicación anterior, “Eduardo I de Inglaterra contra Llywelyn, príncipe de Gales”, dejamos a Llywelyn arrodillado ante el monarca inglés para rendir homenaje en Westminster el 25 de diciembre de 1277. A partir de ese momento siguieron algunos años de equilibrio inestable entre las reducidas posesiones de Llywelyn y su hermano Dafydd y las conquistas inglesas en territorio galés.
Sin embargo, Eduardo I no tenía intención de aflojar el yugo impuesto a Gales; la prueba de ello es un hecho aparentemente menor pero cargado de enorme simbolismo, ya que al rey le encantaban los gestos simbólicos, como veremos más adelante.
La leyenda artúrica
En 1191 los monjes de la abadía de Glastonbury anunciaron haber descubierto dentro de sus muros los restos mortales del mítico rey Arturo y su esposa, la reina Ginebra. En los siglos XII y XIII las historias sobre Arturo alcanzaron su apogeo. Según Geoffrey de Monmouth, en su Historia Regum Britanniae, Arturo fue un caudillo británico que, entre los siglos V y VI, detuvo temporalmente la invasión sajona de Britania romana. Tras resultar herido en la batalla del Monte Badon, Merlín lo transportó a la isla de Avalon, donde quedó dormido a la espera de volver en un momento de gran necesidad para guiar a los britanos y derrotar a los invasores.
Los britanos fueron finalmente vencidos por los sajones y acorralados al suroeste de la isla, es decir, a Gales. Por lo tanto, los galeses consideraban ser descendientes de esos britanos, mientras que los ingleses eran vistos como descendientes de los invasores sajones. Si la leyenda era cierta, los galeses creían que Arturo regresaría para liberarlos del dominio sajón.
El gesto simbólico de Eduardo
Eduardo I no se aferró a la credibilidad de la leyenda, pero sí comprendió el poder simbólico que podía ejercer. Así, acompañado de su esposa, Leonor de Castilla, se dirigió a Glastonbury, al supuesto sepulcro de Arturo. Allí ordenó exhumar los restos y, junto a Leonor, trasladó los huesos de Arturo y Ginebra a un nuevo lugar más digno.
El 19 de abril de 1278, el rey enterró con gran pompa los restos del mítico monarca. Cubrió la tumba con una gran losa y, para que no quedaran dudas, imprimió su sello y el de su esposa en la piedra, como certificación de que allí reposaban los huesos de Arturo. El mensaje para los galeses rebeldes era inequívoco: el rey Arturo estaba muerto, enterrado y no volvería de Avalon a liberarlos del dominio inglés.
Camino hacia la guerra
La convivencia entre ingleses y galeses se volvió cada vez más tensa, hasta que las fricciones latentes estallaron en conflicto abierto en marzo de 1282. Dedicaremos la próxima entrada a ese episodio.
Para quien desee profundizar en la vida de Eduardo I, recomendamos el excelente libro Edward I, a Great and Terrible King de Marc Morris, fuente principal de estos artículos.