
Con la muerte de Nerón en el año 68 d.C., la dinastía Julio‑Claudia se extinguió y Roma se sumió en una crisis sin precedentes. En apenas un año, tres emperadores ocuparon el trono, lo que desencadenó una nueva guerra civil.
El camino tradicional al poder: el Cursus Honorum
En la República y los primeros imperios, la carrera política conocida como cursus honorum marcaba el progreso de un aristócrata: desde cuestor, pasando por pretor y cónsul, hasta llegar a la proconsulado de una provincia.
Galba encarnó perfectamente este itinerario. Tras ejercer varios cargos, llegó a ser gobernador de la Hispania Tarraconensis cuando Nerón fue asesinado.
La ascensión de Galba al trono
Al enterarse de la muerte del emperador, el senador Vindex, que había intentado derrocar a Nerón, proclamó a Galba como candidato. El propio Galba aceptó la oferta y el Senado lo reconoció como princeps. Tenía setenta años, una edad avanzada para iniciar un reinado.
Errores que le costaron el apoyo
Galba cometió dos fallos cruciales:
- Negar el donativo al ejército. Era costumbre que el nuevo emperador entregara una suma de dinero a los soldados al asumir el poder. Galba, a diferencia de Marco Aurelio, se negó, lo que enfureció a la guardia pretoriana y a las legiones.
- Nombramientos impopulares. En lugar de elegir a los cónsules y gobernadores mediante la tradición, designó a sus allegados, como Vinius, lo que provocó descontento entre la élite provincial y los comandantes.
Estas decisiones erosionaron rápidamente el respaldo del Senado y, sobre todo, el del ejército, que para entonces ejercía una influencia decisiva sobre la vida del emperador.
La rebelión de Vitelio y la muerte de Galba
En Germania, el gobernador Vitelio aprovechó la insatisfacción y fue proclamado emperador por sus legiones. Ante la amenaza, Galba intentó nombrar a su posible heredero, Piso, pero el propio Otho, otro ambicioso general, consideró que el trono debía ser suyo.
Otho organizó un golpe, asesinó a Galba y a Piso y se proclamó emperador el 15 de enero de 69 d.C., poniendo fin al breve reinado de Galba, que duró apenas siete meses.
Evaluación histórica
Según Tácito, Galba habría sido un buen administrador si no hubiera ascendido al poder. Su falta de experiencia como emperador y sus decisiones impopulares lo convirtieron en un gobernante incapaz de mantener la estabilidad del imperio.
Su caída ilustra el viejo adagio de que “un gran jugador no siempre es un gran entrenador”. Galba, aunque respetado por su trayectoria, no supo adaptarse a las exigencias del trono.