Restauración del gobierno real y la Declaración de Breda
Tras la Guerra de los Tres Reinos, el gobierno monárquico se restableció en Inglaterra. El monarca que ascendió al trono fue Carlos II, hijo de Carlos I y de la hermana de Luis XIII, Henrietta María.
En 1660, tras su exilio en Francia, Carlos II emitió la Declaración de Breda, que contenía:
- Indulto para los participantes en la revolución.
- Libertad religiosa.
- Confirmación de la propiedad de tierras adquiridas durante la revolución.
- Pago de los salarios atrasados del ejército.
El Parlamento provisional reinstauró la tríada tradicional: Rey, Cámara de los Comunes y Cámara de los Lores, marcando el inicio de la era de la Restauración.
La coronación tuvo lugar en la Abadía de Westminster, donde se recrearon las joyas y la corona perdidas durante la Revolución Puritana.
Posteriormente se convocaron elecciones para reconstruir el Parlamento, se restauró la Iglesia Anglicana y se persiguió nuevamente a los católicos. El ejército se redujo, mientras que la Marina se fortaleció, sentando las bases para la victoria de Trafalgar.
El rey delegó la mayor parte de la política en sus ministros y en el Parlamento, adoptando la máxima “reinar sin gobernar”, lo que mantuvo una relación relativamente armoniosa con la Cámara de los Comunes.
Matrimonio y expansión territorial
El matrimonio del monarca tenía consecuencias políticas. Carlos II contrajo matrimonio con Catalina, hija del rey de Portugal.
Como dote, Catalina entregó los territorios de Bombay (actual Mumbai) en la India y Gibraltar en el norte de África, que pasaron a ser posesiones británicas y se convirtieron en puntos estratégicos del futuro Imperio.
El matrimonio no produjo herederos. Sin embargo, el rey tuvo más de diez hijos ilegítimos con sus amantes, lo que influyó en la sucesión y en la historia posterior de Inglaterra.
Epidemia de peste, Gran incendio de Londres y guerras anglo‑holandesas
El reinado estuvo marcado por crisis: en 1665 se desató una epidemia de peste y, al año siguiente, el Gran incendio de Londres arrasó gran parte de la ciudad.
En 1667, la República de los Países Bajos bombardeó los bancos del Támesis, intensificando la guerra anglo‑holandesa.
Durante este periodo, Luis XIV de Francia se proclamó rey y Gran Bretaña firmó alianzas con Francia, Suecia y los Países Bajos, aunque la relación con Luis XIV, primo del monarca, generó tensiones internas.
Cuestiones religiosas
Desde la Reforma de Martín Lutero, la religión ha sido un tema delicado. Inglaterra estaba dominada por la Iglesia Anglicana protestante, con el rey como cabeza espiritual.
En 1670, Carlos II mantuvo una reunión confidencial con su primo Luis XIV para discutir la libertad del catolicismo en Inglaterra. Tras recibir fondos, emitió la “Declaración de Indulgencia”, que concedía tolerancia religiosa a los católicos.
El Parlamento reaccionó con la Ley de Pruebas, que obligaba a los ocupantes de cargos públicos a adherirse a los ritos anglicanos, limitando la influencia católica.
El hermano menor de Carlos, Jacobo, católico y héroe de la guerra anglo‑holandesa, renunció a sus cargos, lo que generó una crisis sucesoria, pues Carlos no tenía hijos legítimos.
Crisis de la exclusión y origen de los Tories y Whigs
El conflicto sobre la sucesión desencadenó la primera gran división política del país. Los que apoyaban el derecho de Jacobo a suceder al trono se conocieron como Tories, mientras que los que se oponían y defendían una sucesión protestante fueron los Whigs.
Esta polarización sentó las bases del sistema de partidos que perdura hasta hoy, tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos.
Muerte de Carlos II

Carlos II falleció en 1685. En sus últimos momentos confesó que, a diferencia de su nacimiento protestante, había adoptado el catolicismo durante su exilio en Francia.
Evaluación personal de Carlos II
En contraste con su padre, Carlos II mostró cautela y habilidad política. Aunque no fue el monarca más destacado, mantuvo la estabilidad al no confrontar excesivamente al Parlamento y al evitar la imposición de una monarquía absoluta.
Su apodo de “rey perezoso” refleja más su preferencia por delegar el gobierno que una verdadera falta de energía; una estrategia que resultó adecuada para una Inglaterra con tantos talentos.