Isabel I jugó un papel fundamental en la historia de Inglaterra y del mundo.
Hoy más de mil millones de personas hablan inglés y lo utilizan como lengua franca en la academia, la medicina y la Internet; sin la influencia de Isabel, tal preeminencia quizás habría recaído en el español.
El heredero sobreviviente
Isabel nació en 1533, hija de Enrique VIII y Ana Bolena. Dos años después de su nacimiento, su madre fue ejecutada por orden de su padre.
En la Europa medieval, los problemas matrimoniales de los monarcas podían desencadenar crisis políticas. A diferencia de China o Japón, donde la poligamia era aceptada, en Europa cristiana predominaba la monogamia y el divorcio era casi imposible, lo que a veces provocaba enfrentamientos con el Papado.
Durante la Edad Media la autoridad papal superaba a la real; la famosa humillación de Canossa lo demostraba. Como dijo Inocencio III: «El Papa es el Sol, el Emperador la Luna». Con el tiempo, los reyes de Francia e Inglaterra fueron ganando fuerza. Enrique VIII, cansado del rechazo papal a su divorcio, rompió con Roma y fundó la Iglesia Anglicana, debilitando el dominio del Papa en Inglaterra.
Después de la muerte de Enrique, el trono pasó a sus hijos Eduardo VI, Juana Gris y María I, en ese orden. María, conocida como «María la Sanguinaria», se casó con Felipe II de los Habsburgo y alineó a Inglaterra con España, lo que provocó gran descontento popular. Tras su muerte por gripe, Isabel, la única hija sobreviviente de Enrique, fue proclamada reina.
Reina de las hadas y la Iglesia Anglicana

En 1559, a los 25 años, Isabel fue coronada en el Palacio de Westminster. Su carisma le valió el apodo de «Reina de las Hadas» entre el pueblo.
Inmediatamente, mediante su secretario William Cecil, promulgó el Acta de Supremacía y la Unificación del Culto, consolidando la Iglesia Anglicana. La reacción católica fue fuerte: dos obispos católicos fueron encarcelados y 225 sacerdotes expulsados; 123 de los que se negaron a aceptar la nueva iglesia fueron ejecutados.
Papa Pío V la excomulgó en 1570, pero Isabel evitó un conflicto abierto. En 1587 ordenó la ejecución de María, reina de Escocia, sospechosa de conspirar contra ella, lo que intensificó la rivalidad con España y Francia.
Conflicto con los Habsburgo de España
Los Habsburgo, familia dominante en el Sacro Imperio y en España, eran la potencia europea más fuerte del siglo XVI. La Reforma protestante de Martín Lutero erosionó la autoridad papal y abrió la puerta a conflictos religiosos.
Isabel apoyó la independencia de los Países Bajos y la causa protestante en Francia, mientras que España monopolizaba el comercio con el Nuevo Mundo.
Para debilitar a España, Isabel autorizó a corsarios ingleses a atacar barcos españoles, destinando parte del botín a la corona.
La Armada Española

La derrota de la Armada en 1588 marcó un punto de inflexión. La flota española, considerada invencible tras Lepanto, contaba con 130 barcos de gran tamaño; Inglaterra disponía de 170 embarcaciones, mayormente más pequeñas pero manejadas por marineros experimentados.
Aunque numéricamente inferior, la táctica inglesa y la tormenta destruyeron 63 buques españoles, acelerando el declive de España y consolidando a Inglaterra como potencia emergente.
Antes de la batalla, Isabel pronunció: «Estoy con vosotros, lucharé y moriré por mi Dios, mi reino, mi pueblo y mi honor».
Subordinados sobresalientes

Los grandes líderes suelen contar con colaboradores excepcionales. Isabel se rodeó de figuras como William Cecil (secretario durante 40 años), Nicholas Bacon (padre de Francis Bacon), Walter Raleigh, Robert Dudley, William Devinsón y el navegante Francis Drake, cuyo papel fue decisivo en la victoria contra la Armada.
Diplomacia isabelina
Isabel dominaba el griego, latín, italiano y francés, lo que le permitió mantener correspondencia con Felipe II de España, Enrique IV de Francia, Catalina de Médicis, Iván IV de Rusia y Murad III del Imperio Otomano.
Su política exterior fue coherente y marcadamente anticatólica: apoyó la rebelión protestante en los Países Bajos, a los hugonotes franceses y a otros movimientos protestantes, enmarcándolos como luchas por la libertad religiosa frente al catolicismo español y francés.
Últimos años y muerte

Tras la victoria sobre la Armada, la brecha entre ricos y pobres se amplió por la expansión de los cercados. Isabel promulgó la Ley de los Pobres, pero los gastos de guerra contra España e Irlanda agotaron las arcas.
En sus últimos años mostró signos de deterioro: favoreció a sus favoritos, reprimió críticas y enfrentó revueltas populares, aunque mantuvo el cariño del pueblo.
En 1603, falleció y fue sucedida por Jacobo I, hijo de María Estuardo, cerrando la era Tudor tras 69 años de reinado.
Valoración personal

Su habilidad diplomática y su valentía la convierten en una de las figuras más influyentes de la historia británica. A pesar de sus errores de gobierno y de las guerras que agotaron al país, sin Isabel no habría surgido el Imperio británico.
Su reinado coincidió con el florecimiento cultural, destacando la obra de William Shakespeare, y se suele comparar su época dorada con la de la reina Victoria.
Apodada «Gloriana», la "reina gloriosa que nunca envejece", Isabel cuidaba meticulosamente su imagen pública.
Dejó estas palabras: «Podrán reinar príncipes más fuertes y sabios que yo, pero ninguno os amará como yo lo he hecho».