El Imperio Alemán elaboró una serie de planes ambiciosos para el futuro inmediato en caso de salir victorioso de la Primera Guerra Mundial. Estos proyectos pretendían transformar a Alemania en la potencia dominante de Europa y del mundo.
Expansión territorial
Alemania planeaba anexar extensas zonas de sus enemigos derrotados: partes de Francia, Bélgica, Luxemburgo, Polonia y territorio ruso. Con estas adquisiciones, el país habría adquirido una posición preponderante en el continente, convirtiéndose en el estado más extenso de Europa.
Dominio económico
Se pretendía crear una unión aduanera con los territorios conquistados y controlar sus economías. De este modo, Alemania habría podido explotar los recursos locales y consolidarse como la principal potencia económica del continente.
Hegemonía militar
El objetivo era constituir un ejército formidable capaz de garantizar la supremacía alemana en Europa y desafiar al Imperio Británico. Las fuerzas armadas servirían tanto para proteger los nuevos dominios como para intimidar a posibles rivales.
Dominio político
Se buscaba establecer una Europa dominada por Alemania, debilitando o destruyendo a las grandes potencias tradicionales –Francia, Reino Unido y Rusia– y sustituyéndolas por estados bajo control germano.
Supremacía racial
El régimen pretendía difundir la idea de la superioridad aria y organizar un orden mundial bajo la hegemonía alemana, lo que incluía la colonización de África y Asia y la persecución de pueblos considerados “no arios”.
En la práctica, estos planes resultaban extremadamente ambiciosos y poco realistas; su puesta en marcha habría desatado conflictos prolongados con los países adversarios. La derrota de Alemania en 1918 impidió que alguna de estas propuestas se materializara.