La Guerra de Crimea (1853-1856) enfrentó a la coalición franco‑británica contra el Imperio ruso en el Mar Negro. Es una de las campañas victoriosas de Francia, aunque quedó en el olvido por el tabú que la Tercera República mantuvo sobre el Segundo Imperio. Aún perduran expresiones como «¡Estoy allí! ¡Me quedo allí!», la Virgen de Puy‑en‑Velay y el puente de Alma, que rinden homenaje a los combatientes. Este conflicto, considerado la primera guerra moderna del siglo XIX, marcó un punto de inflexión en la política europea de la era postnapoleónica.
Las causas de la Guerra de Crimea
Todo comenzó con una disputa por el control de los lugares sagrados bajo dominio otomano. El aumento de peregrinos al Santo Sepulcro provocó una guerra diplomática entre el Imperio ruso, defensor del cristianismo ortodoxo, y el Imperio francés, protector de los católicos. Aunque el conflicto parecía meramente religioso, Rusia utilizó la disputa como pretexto para invadir Moldavia y Valaquia, principados vasallos del Imperio otomano.
El zar Nicolás I se presentó como el gran defensor de los eslavos ortodoxos y buscó desmembrar el debilitado Imperio otomano para asegurar el control de las costas y estrechos del Mar Negro, lo que le daría acceso directo al Mediterráneo. Este proyecto alarmó a Gran Bretaña, que temía que la flota rusa amenazara su ruta marítima hacia la India. La destrucción de una escuadra otomana en Sinop por la armada rusa avivó la tensión y, con la amenaza rusa, Francia y Gran Bretaña se acercaron como aliados inesperados.
Napoleón III, recién proclamado emperador en 1852, necesitaba el respaldo británico para legitimar su gobierno. Tras un ultimátum que exigía la retirada rusa de los territorios ocupados, Reino Unido y Francia declararon la guerra a Rusia el 27 de marzo de 1854, en apoyo del Imperio otomano.
El paso a la guerra
En el Danubio, los rusos se negaron a cruzar para no amenazar a Austria, mientras los turcos hostigaban continuamente al invasor. La contienda se vio marcada por atrocidades cometidas por tropas irregulares, como los bashi‑bouzouks magrebíes al servicio otomano.

Los aliados franco‑británicos no esperaban una guerra prolongada; creían que la mera presencia de sus fuerzas obligaría a Rusia a ceder. Por ello, Napoleón III delegó el mando al mariscal Armand de Saint‑Arnaud. Los franceses desembarcaron en los Dardanelos y los británicos en Malta, aguardando suministros y la decisión de Austria, que vacilaba en unirse a la coalición.
El 29 de abril, las tropas franco‑británicas desembarcaron en Varna (Bulgaria), obligando a Rusia a retirarse estratégicamente de las provincias rumanas. Tras largas deliberaciones, se adoptó el plan napoleónico de atacar la poderosa base naval de Sebastopol, en Crimea.
Desarrollo de la Guerra de Crimea
En septiembre de 1854, la coalición desembarcó en Crimea y se encontró con los rusos atrincherados en las alturas del río Alma, que buscaban cortar el camino a Sebastopol. El 14 de septiembre, la Legión Extranjera y otras unidades francesas atacaron, mientras el 3.º regimiento de Zouaves escaló los acantilados bajo el fuego de la flota y capturó los cañones rusos, volviéndolos contra sus dueños. La bravura de los Zouaves, recordada hoy en el puente de Alma de París, obligó a los rusos a abandonar la posición.
Las bajas fueron de 5 709 muertos y heridos rusos, 2 002 británicos, 503 otomanos y 1 340 franceses.
El asedio de Sebastopol
Aunque la victoria en Alma fue significativa, los aliados no supieron explotarla. Los rusos se replegaron en Sebastopol, donde reforzaron sus fortificaciones y bloquearon la entrada al puerto con barcos hundidos. Tras la muerte del mariscal Saint‑Arnaud por cólera, el mando pasó a François de Cánrobert, lo que dio tiempo a los rusos para consolidar su defensa.
Durante once meses, la coalición mantuvo un asedio estático: trincheras, refugios y baterías de artillería frente a los cañones y la artillería naval rusa. El invierno trajo enfermedades (disentería, escorbuto, cólera) y hambruna a los sitiadores, que sólo recuperaron suministros en primavera gracias a la construcción de una vía férrea que unía Balaklava con el frente.
El 8 de septiembre de 1855, el general francés Mac‑Mahon capturó la posición fortificada de Malakoff, pronuncianado la famosa frase «¡Estoy allí! ¡Me quedo allí!». Tres días después, los rusos evacuaron Sebastopol tras destruir sus fortificaciones.
Paralelamente, la flota franco‑británica operó en el Mar Báltico, empleando minas navales y torpedos, lo que limitó la capacidad de la marina rusa para reforzar a Sebastopol.
El Congreso de París y el fin de la guerra
Francia rechazó ampliar el conflicto a Polonia, evitando una guerra total con Rusia. Tras la muerte del zar Nicolás I el 2 de marzo de 1855, su hijo Alejandro II aceptó el Tratado de París el 30 de marzo de 1856. El acuerdo reconoció la independencia del Imperio otomano, la autonomía de Moldavia y Valaquia, y la libre navegación en el Danubio.
Para Francia, la guerra supuso una victoria militar y diplomática; el Congreso de París de 1856 restableció la presencia del Imperio francés en la política europea, eclipsando el Congreso de Viena de 1815.
La Guerra de Crimea es considerada una de las primeras guerras modernas: se emplearon armas de ánima rayada, proyectiles explosivos, ferrocarril para abastecimientos, telégrafo, buques de guerra, minas marinas y torpedos. Además, fue una de las primeras guerras documentadas fotográficamente, con fotógrafos contratados por el gobierno británico para ilustrar la prensa.
Para profundizar
‑ GOUTTMAN Alain, *La Guerra de Crimea 1853‑1856: la primera guerra moderna*, Perrin, 2003.
‑ *The Industrial Age: Crimea, Civil War, German Unity 1854‑1871*, Brian Holden Reid, Elsevier, 2001.