Historia antigua

La muerte de Francisco Pizarro

La muerte de Francisco Pizarro\n

Tras la ejecución en 1538 del mariscal, adelantado y gobernador de Nueva Toledo, Diego de Almagro, al final de la llamada Guerra de Las Salinas, que lo enfrentó a su antiguo socio Francisco Pizarro, su hermano Hernando fue detenido, juzgado y condenado, mientras su otro hermano, Gonzalo, se internó en la Amazonía en busca del país de la canela. A principios de 1541, el único pariente que permanecía en la Ciudad de los Reyes junto al marqués y gobernador era su medio‑hermano Francisco Martín de Alcántara. La situación era delicada, pues en la propia capital se tramaba un complot para poner fin a la vida de Pizarro.

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La amenaza provenía del hijo de Diego de Almagro, que juró vengar la muerte de su padre y supo reclutar a cientos de descontentos que no habían recibido los beneficios esperados o que estaban cansados del nepotismo dominante. Los rumores eran persistentes, pero ni el gobernador ni su entorno más cercano percibieron lo que estaba a punto de suceder. Francisco Pizarro era una persona extremadamente confiada; de hecho, cuando luchó contra los hombres de Manco Inca y escuchó a sus capitanes lamentar su inferioridad numérica, siempre respondía: «Éramos menos en Cajamarca, dejábamos mil por cada uno y aun así los vencimos».

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Muerte de Pizarro

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El 26 de junio, Pizarro, con la armadura a medio ponerse, se lanzó contra los atacantes a pesar de su inferioridad y sabiendo que el resultado sería predecible. En su último combate abatió a tres almagristas. Uno de ellos, un tal Narváez, fue empujado por Juan de Herrada contra el marqués, quien lo atravesó mortalmente, pero los demás lograron infligirle heridas fatales. Recibió cinco puñaladas en la cabeza, seis en la columna y tres en las extremidades superiores; el golpe definitivo lo dio un hombre llamado Martín de Bilbao. Al parecer, el trujillano intentó obligar a una confesión, a lo que Juan Rodríguez Barragán respondió: «¡Al infierno, al infierno irás a confesar!» golpeándolo con una pesada vasija de barro. Junto al marqués, murieron también Francisco de Chávez, Francisco Martín de Alcántar, Juan de Vargas (hijo de Gómez de Tordoya), García de Escandón y Francisco Gaitán. Otros resultaron gravemente heridos pero sobrevivieron, entre ellos Gonzalo Fernández, el alguacil Juan de Vergara y Gómez de Luna.

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Fue un final lamentable para el conquistador del Tahuantinsuyo, pero acorde con el destino de muchos de sus contemporáneos, que también murieron de forma dramática. El proverbio «Quien mata con hierro, muere con hierro» se cumplió, al igual que la premonición trágica de Espinosa citada por Cieza de León: «El vencido muere, y el vencedor, también». Como reconocieron sus propios compatriotas, Pizarro perdió la vida defendiendo valientemente su persona, tal como se esperaba de un caballero.

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Ingratos y cobardes

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El asesinato no estuvo muy planificado y surgió casi de forma espontánea. Si no se hubieran concatenado una serie de errores del marqués y de su entorno, la conspiración podría haberse frustrado. Sin embargo, entre ingratos y cobardes, Pizarro quedó prácticamente solo. Así justificó Diego de Almagro el Mozo en una carta sus acciones, alegando que el asesinato había sido “voluntad de Dios, porque no había hombre que, al ver al marqués en pleno día, le tendiera la espada”. Esa afirmación no es del todo cierta; minutos después, cuando ya era demasiado tarde, llegó un gran contingente de hombres para ayudarlo, pero ilustra la soledad en la que se encontraba en los últimos momentos de la batalla.

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La sobreconfianza del gobernador y la pasividad de su comitiva les costaron la vida a todos. Ya varios cronistas lo señalaron. Francisco López de Gómara, por ejemplo, quedó sorprendido por la “tibieza” del secretario personal de Pizarro, Antonio Picado, y del teniente de justicia, Juan Blázquez. Aunque ambos sufrieron persecución por parte de los almagristas, no parecen haber participado activamente, pero mostraron una cobardía flagrante al esconderse o escapar por las ventanas. Ese fue el caso del doctor Juan Blázquez y del oportunista Francisco Ampuero, esposo de la antigua concubina del marqués. Ampuero, tras salvarse saltando por una ventana, cambió de bando en 1546 tras la batalla de Añaquito, traicionó a Gonzalo Pizarro y obtuvo cargos como regidor, alguacil mayor y alcalde de la Santa Hermandad y de Lima.

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Más controvertida resulta la actitud de Francisco de Chávez, de Trujillo, quien abrió la puerta del palacio para hablar con los asaltantes. Molesto por el favorecimiento que Pizarro mostraba a Francisco Picado, pronunció palabras perturbadoras antes de caer mortalmente herido: «Señores, ¿qué sucede? Marqués, siempre fui su amigo». José Antonio del Busto interpreta esas palabras como una señal de complicidad con los almagristas, una relación que ya se vislumbraba años antes. No se puede afirmar con certeza que Chávez fuera un infiltrado, pero mantenía cierta amistad con ellos, al punto de haber hospedado a Diego de Almagro el Mozo después de la batalla de Las Salinas. Su confianza resultó fatal; de haberse mantenido la puerta cerrada, el intento de asesinato podría haberse frustrado.

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Caza de los almagristas

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Una vez consumado el crimen, se inició una persecución contra los almagristas y sus bienes. Muchos huyeron, pero con suerte desigual. El secretario Antonio Picado se refugió en la casa del tesorero Alonso de Riquelme, que terminó traicionándolo. El famoso fraile Vicente de Valverde escapó junto a su cuñado, el doctor Juan Blázquez, y otros almagristas; llegaron a la isla de Puná, donde fueron muertos por una rebelión indígena. Juan de Barbarán, tras enterrar el cuerpo del marqués y proteger a sus hijos, pagó a unos caballeros de su propio bolsillo para buscar al abogado Vaca de Castro. Otras ejecuciones, como la de Alonso de Corvera, un humilde colono de Cartagena de Indias decapitado por Almagro, apenas se registran. Los que no estaban estrechamente ligados a la familia Pizarro fueron perdonados a cambio de jurar lealtad al nuevo gobernador.

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Los bienes de los pizarristas fueron saqueados, comenzando por la propia casa del marqués. Algunos sirvientes fueron torturados para que revelaran el supuesto tesoro familiar. Las viviendas de Hernando Pizarro, Francisco Martín de Alcántar, Diego de Agüero, Francisco de Herrera, Alonso Palomino y Orihuela, Antonio Prado, el doctor Juan Blázquez y el secretario Picado, entre otros, sufrieron el mismo destino. Los almagristas se llevaron gran cantidad de oro en efectivo, plata, piedras preciosas y toda la documentación de la cancillería del gobernador, además de doscientos caballos y armas, conscientes de que tendrían que enfrentar a los Pizarristas y al señor Vaca de Castro. Como afirma López de Gómara, actuaron a su antojo, pues Gonzalo Pizarro estaba en la expedición de la Canela y Hernando Pizarro en España.

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Los momentos de alegría de Diego de Almagro el Mozo y su familia fueron breves, ya que la Corona solía intervenir con dureza en estos casos, pero ese es otro asunto.