Con la frase «no saques la espada», el evangelista Mateo muestra el rechazo que debe tener todo seguidor de Cristo al uso de armas, aun cuando la defensa sea necesaria. Esta postura, que hoy calificaríamos como pacifista, era la que adoptaban los primeros judeocristianos en sus comunidades.
Para el incipiente cristianismo, la negativa a servir en las armas supuso un dilema tanto para la élite judía como para Roma. Los judíos, a diferencia de los cristianos, aceptaban la violencia: el Templo de Jerusalén contaba con su propia guardia. Cuando estalló la guerra judío‑romana en el 66 d.C., los miembros de esas comunidades se vieron obligados a reconsiderar su posición. En aquel momento todavía no existía una separación clara entre judaísmo y cristianismo; los judeocristianos confesaban a Jesús como Mesías pero seguían participando en la vida religiosa judía. Cuando se les pidió que defendieran a Israel con armas, se negaron. No está claro si su rechazo se debió exclusivamente al mensaje pacifista de Jesús o también a una posible animosidad hacia los líderes de la revuelta. En cualquier caso, las acusaciones posteriores de herejía y traición que el judaísmo dirigió contra ellos reflejan la dificultad de sostener un mensaje contra la violencia en un mundo beligerante.
Entre finales del siglo I y finales del siglo II, el cristianismo se difundió por todo el Mediterráneo y se separó del judaísmo de forma rápida y progresiva. Ya no era un fenómeno limitado a grupos de origen judío en Oriente Próximo; había llegado a todas las clases del Imperio, incluida la casta militar. Los cristianos de la época rechazaban la construcción de templos, la veneración de imágenes y la participación en los cultos estatales.
El cristianismo y el ejército romano en el siglo III
Hasta mediados del siglo III, el cristianismo gozaba de relativa estabilidad dentro del Imperio. A partir de entonces comenzaron las persecuciones con base legal, algo inexistente antes. En el 250, el emperador Decio decretó que todos los habitantes debían hacer un sacrificio público a los dioses y al emperador. El monoteísmo cristiano implicaba la negativa a adorar ídolos paganos y, por ende, a rendir culto al emperador, lo que se consideraba un delito de lesa majestad castigado con la muerte. En el 257, el emperador Valeriano emitió un primer edicto que ordenaba la ejecución de clérigos cristianos que se negaran a sacrificar ante los ídolos y al emperador; un segundo edicto, al año siguiente, extendió la medida a los miembros de la orden ecuestre y senatorial.
Estos hechos demuestran que, a mediados del siglo III, el cristianismo ya había penetrado la alta sociedad romana. Los cristianos, como ciudadanos, aceptaban el orden social y reconocían al emperador como jefe de Estado, pero jamás podían reconocerlo como divinidad. Este conflicto entre Iglesia y Estado se intensificaría durante el resto del siglo III y el inicio del IV. En el ámbito militar la tensión era aún mayor: el ejército romano estaba estrechamente ligado a la figura del emperador, juraban el sacramentum, llevaban su imagen en estandartes (imago) y participaban en los cultos a los Dii Militares. El monoteísmo cristiano resultaba difícil de conciliar con esta realidad politeísta e idólatra, aunque la idea evangélica de no‑violencia resultaba más compatible.
Tertuliano (160‑220) reconocía que el ejército y la guerra eran necesarios para la seguridad del Imperio y afirmaba que los cristianos colaboraban mediante sus oraciones. En su Apologeticum (197) menciona la expresión «vobiscum militamus», aludiendo a la cooperación entre paganos y cristianos en una misma fuerza. Relata también el milagro de la lluvia que salvó a la Legio XII Fulminata durante una campaña; muchos de sus soldados eran cristianos y atribuyeron la lluvia a la respuesta a sus oraciones, aunque el relieve de la Columna de Marco Aurelio representa a Júpiter Pluvius como autor del prodigio.
En una etapa posterior, tras abrazar el montanismo, Tertuliano adoptó una posición más radical. En su obra De Corona Militis (c. 214) describe cómo un soldado cristiano arrebata del suelo sus armas y la corona de laurel que le había sido entregada por el emperador Caracalla (211‑217). Sus compañeros cristianos lo acusaron de arrogancia; Tertuliano defendió al soldado citando Mt 26,52 y subrayando que el único líder que un cristiano debe reconocer es Cristo. El soldado fue arrestado y ejecutado.
Orígenes (185‑254), por su parte, sostenía en Contra Celso (c. 248) que los cristianos aceptan al emperador como autoridad civil y colaboran en sus campañas, pero esa colaboración es espiritual: a través de oraciones piden a Dios la victoria romana. Para él, la participación cristiana se limitaba al nivel sacerdotal y evitaba que un cristiano tomara armas. Además, veía al cristianismo como una herramienta eficaz para integrar a los pueblos bárbaros sin necesidad de recurrir a la fuerza.
Los testimonios de mártires militares abundan en la época de Diocleciano (284‑305). En el 298, el centurión marcelino de la Legio VII Gemina fue ejecutado por negarse a participar en los festejos del cumpleaños del emperador; arrojó su espada, su cinturón y su rama de vid al suelo y se proclamó «soldado de Jesucristo». En el 295, San Maximiliano, obligado por su padre veterano a ejercer la guerra, confesó su fe y rehusó prestar juramento militar, por lo que fue decapitado. San Julio, veterano retirado, fue martirizado en el 302 por negarse a quemar incienso ante la imagen del emperador. Estos casos forman parte de la “purga del ejército” que Diocleciano impulsó durante su mandato.
La vida militar estaba marcada por la proximidad constante a la muerte y, a menudo, por actos moralmente cuestionables. La promesa cristiana de vida eterna y redención resultaba atractiva para muchos soldados. Ante el creciente número de reclutas cristianos, la teología tuvo que adaptar su mensaje de no‑violencia a esta nueva realidad, aunque nunca pudo reconciliar completamente la fe con el culto al emperador y a los dioses paganos. A pesar de las persecuciones, la mayoría de los soldados cristianos siguió sirviendo en las legiones, intentando armonizar su fe con su oficio.
Bibliografía
- Andión, J. (1997). The Apologetic. Madrid: Editorial Ciudad Nueva.
- Estrada, J. A. (2003). “The first Christian communities”. En M. Sotomayor & J. Fernández (eds.), History of Christianity. The ancient world, 1 (pp. 123‑187). Madrid: Editorial Trotta – Universidad de Granada.
- Ruiz Bueno, D. (2018). Acts of the Martyrs. Madrid: Library of Christian Authors.
- Ruiz Bueno, D. (2001). Origins. Against Celsus. Madrid: Library of Christian Authors.
- Teja, R. (2003). “Christianity and the Roman Empire”. En M. Sotomayor & J. Fernández (eds.), History of Christianity. The ancient world, 1 (pp. 293‑328). Madrid: Editorial Trotta – Universidad de Granada.
- Vicastillo, S. (2018). The crown. The scapula. The escape in pursuit. Madrid: Editorial Ciudad Nueva. (Colección Fuentes Patristicas 32).
Nota: Según los pactos (foedera) entre autoridades judías y el Estado romano, los judíos estaban exentos de servir en el ejército, lo que ofrecía a los judeocristianos un amparo legal para su filosofía y práctica anti‑guerra.
Nota: El montanismo es una doctrina cristiana considerada herética por la ortodoxia eclesiástica.