Historia antigua

El plan Schlieffen: origen del convulso siglo XX

El plan Schlieffen: origen del convulso siglo XX

Tras la Primera Guerra Mundial, los investigadores del archivo del Reich concluyeron que el fracaso de la ofensiva se debió a las alteraciones de Moltke al plan original y a su incorrecta ejecución. Estudios posteriores describen el plan como fantasioso, irresponsable e inviable, señalando graves errores de cálculo y la imposibilidad logística de llevarlo a cabo. Enfoques más recientes incluso afirman que el llamado plan Schlieffen nunca existió, sino que fue una construcción para exonerar al Alto Mando y responsabilizar a Moltke, fallecido en 1916, del derrota. Sea como sea, el hecho de que Alemania estuviera a punto de lograrlo invita a especular sobre una posible reconfiguración del orden mundial.

Alemania durante la Paz Armada

Tras la victoria en la Guerra Franco‑prusiana de 1871, Otto von Bismarck insistió en la anexión de Alsacia y Lorena porque el Estado Mayor las consideraba imprescindibles para la defensa de la frontera oriental. En su visión, Francia se convirtió en un enemigo potencial ansioso por recuperar esas provincias, por lo que Bismarck trató de aislarla. El canciller enfocó sus esfuerzos en mantener el status quo y fomentar el entendimiento con Rusia mediante acuerdos como la Liga de los Tres Emperadores (1872) y el Tratado de Reaseguro (1887).

El despido‑renuncia de Bismarck en 1890, motivado por tensiones con Guillermo II, supuso un giro hacia la Weltpolitik expansionista y el abandono de la cooperación con Rusia. Por su parte, la Tercera República Francesa vio en la necesidad de capital ruso la oportunidad de romper su aislamiento, lo que culminó en 1894 con una convención militar secreta que dejó a Alemania rodeada. Con el apoyo italiano cada vez menos factible, Austria‑Hungría permaneció como el único aliado fiable.

Gran Bretaña, temerosa del auge económico alemán y de su programa de expansión naval, consideró necesario abandonar su «aislamiento espléndido». Así, fue tendiendo puentes con sus tradicionales enemigos, firmando pactos sucesivos: la Entente Cordiale con Francia en 1904 y el Entente anglo‑ruso en 1907.

El legado de Schlieffen

Alfred von Schlieffen, jefe del Estado Mayor Imperial desde 1889, estaba obsesionado con evitar una guerra de desgaste cuyo desenlace fuera incierto. Convencido de la superioridad militar alemana, creía que una victoria total mediante la ofensiva era posible, pues fuerzas más pequeñas y mejor maniobradas podían derrotar a contingentes mayores.

Según su lógica, Alemania no podía dividir sus fuerzas para librar una guerra total contra Francia y Rusia simultáneamente. Por eso, proponía contener al enemigo en un frente mientras la mayor parte del ejército buscaba una victoria rápida en el otro. Tras derrotar al primer adversario, la red ferroviaria permitiría trasladar tropas al segundo frente para aniquilarlo.

Schlieffen consideró que el territorio que los rusos tendrían que abandonar los obligaría a librar su batalla decisiva en el oeste. La ofensiva sólo tendría éxito si se rodeaba el sistema de fortalezas de la frontera franco‑alemana a través de Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos. Un potente ala derecha atravesaría Holanda, «con la manga del último soldado rozando el Canal de la Mancha», y rodearía París por el oeste, mientras una ala izquierda mucho menor se situaría al sur de Metz. Independientemente de si los franceses atacaban en Lorena o se mantenían a la defensiva, el ala derecha giraría para acorralar a las fuerzas francesas tras sus bastiones orientales, obligándolas a rendirse.

Estas ideas quedaron plasmadas en el memorándum Guerra contra Francia (diciembre de 1905).

Modificaciones de Moltke y la ejecución del plan Schlieffen

Helmuth von Moltke, jefe del Estado Mayor, no rechazó el legado de Schlieffen, aunque el propio Schlieffen lo consideró una elección desafortunada.

Tras 1906 la situación se volvió más peligrosa para Alemania y varias de las hipótesis de Schlieffen dejaron de ser válidas. Rusia se había recuperado de su derrota contra Japón y su alianza con Francia se fortalecía, mientras el poder de Austria‑Hungría decayía. A diferencia de Schlieffen, Moltke no podía ignorar el frente oriental ante la creciente cooperación militar franco‑rusa y la cada vez más probable intervención británica.

Moltke descartó la planificación alternativa después de 1913, lo que significaba activar la invasión francesa a través de Bélgica sin importar el casus belli. Si no se alcanzaba un acuerdo para el paso de tropas, consideró más prometedor enfrentar al ejército belga y a las fuerzas expedicionarias británicas que lanzar un ataque frontal contra las fortificaciones francesas.

En público, Moltke mostraba confianza en una victoria rápida, pero en privado albergaba serias dudas, lo que le llevó a descartar la invasión de Holanda para poder utilizar sus puertos neutrales en caso de un bloqueo marítimo británico. Ese giro obligó a extender su amplia ala derecha a lo largo de una estrecha franja belga. La captura de Liège se volvió esencial para asegurar rutas ferroviarias y carreteras en el momento del estallido de la guerra. A pesar de una resistencia inesperada y fuertes bajas, Liège fue tomado solo dos días después de lo previsto.

El cambio más controvertido de Moltke fue la reasignación de sus fuerzas, debilitando hasta tres veces el ala derecha que Schlieffen había concebido como el martillo contra el ejército francés.

Primero, aumentó el tamaño del ala izquierda. Moltke anticipó un posible ataque francés y no quiso exponer el sureste de Alemania, donde se encontraban las regiones industriales del Rin. Schlieffen, por el contrario, creía que «los franceses no deberían quedar privados de la oportunidad de quedar atrapados entre Metz y Estrasburgo».

Cuando los franceses activaron el plan XVII atacando sucesivamente Alsacia, Lorena y las Ardenas, favorecieron la táctica alemana. La ofensiva francesa fracasó, pero lograron retirarse con rapidez, evitando el cerco.

Schlieffen había previsto reforzar el ala derecha con tropas del ala izquierda tan pronto como estas pudieran cederlas. Moltke, en cambio, debilitó el ala derecha para reforzar la izquierda frente al avance alemán en el frente de Verdún, lo que se ha interpretado como una adulteración del plan y un error catastrófico de juicio. En lugar de atraer al ala derecha francesa al interior de Alemania, lejos de sus líneas de suministro, Moltke acortó sus propias líneas de comunicación y concentró sus fuerzas, comprometiendo la defensa de París y el avance hacia el interior francés.

Aunque la doctrina alemana favorecía la descentralización, la magnitud de la operación requería una coordinación imposible desde el cuartel general situado en Luxemburgo. Las órdenes y los informes podían tardar hasta 20 horas en llegar, impidiendo una visión clara de la situación. Moltke, confiado en informes exagerados de victoria en el oeste y ante la amenaza de una invasión rusa tras la derrota en Gumbinnen, envió dos cuerpos de ejército del ala derecha al frente oriental, refuerzos que llegaron dos días después de la contundente victoria alemana en Tannenberg.

El fracaso en el Marne

Por primera vez, el ala derecha alemana quedó superada en número en el momento decisivo de la campaña. Debido a la falta de coordinación y al carácter agresivo del general Alexander von Kluck, comandante del 1.º Ejército, la flanco alemán quedó expuesto al recién concentrado ejército francés en París. Al intentar corregir su error, Kluck provocó una brecha en las filas alemanas, dejando al ala derecha en una posición muy comprometida. Ante el peligroso contraataque franco‑británico, los alemanes optaron por retirarse al río Aisne, en lo que se conoce como el «Milagro del Marne».

Aunque Alemania había ocupado el norte de Francia, una zona rica en recursos e industria, no logró una victoria rápida en el oeste. El agotamiento, la inferioridad numérica en el momento crítico, la falta de coordinación entre los mandos y los errores operacionales condenaron a todas las partes a cuatro largos años de guerra de desgaste.

Bibliografía

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  • G. Ritter, The Schlieffen Plan: Critique of a Myth, Oswald Wolf (Publishers) Limited, 1958.
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  • W. D. O’Neill, The Plan that Broke the World: The Schlieffen Plan and World War I, 2014, Createspace.

Notas

[1] Ritter 1958, p. 39

[2] Langer 1956, pp. 9‑10

[3] McMillan 2013, pp. 123‑126

[4] Ritter 1958, p. 53

[5] McMillan 2013, p. 420

[6] Ritter 1958, pp. 7‑8

[7] Ritter 1958, p. 17

[8] Hastings 2013, p. 68 y McMillan 2013, p. 426

[9] Stevenson 2014, p. 100

[10] Mombauer 2010, pp. 58‑63

[11] Hastings 2013, p. 68

[12] Mombauer 2010, p. 59

[13] Stevenson 2014, p. 100

[14] O’Neill 2014, p. 78 y Mombauer 2010, p. 67

[15] Stevenson 2014, p. 112 y Ritter 1958, pp. 54‑55

[16] Ritter 1958, p. 40

[17] Ritter 1958, pp. 63‑65

[18] Mombauer 2010, p. 70 y Ritter 1958, p. 61

[19] Stevenson 2014, p. 110

[20] Schuette 2014, p. 44

[21] Schuette 2014, p. 48 y Mombauer 2010, p. 72

[22] Mombauer 2010, p. 72

[23] Hastings 2013, pp. 68, 380‑372

Este artículo forma parte del Concurso I Desperta Ferro de Microensayos Históricos. La documentación, veracidad y originalidad del artículo son responsabilidad exclusiva de su autor.

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