En su Risala, Ibn Fadlán describe, sin adornos fantásticos ni explicaciones sobrenaturales, las luces del norte que contempló a orillas del Volga, en pleno apogeo de la era vikinga. El fenómeno lo dejó maravillado; sin palabras mejores, recurrió a la tradición búlgaro‑bulgara, que atribuía esas luces a una lucha eterna entre ejércitos de creyentes y no creyentes de los djinn (genios). Así, su travesía al norte se convierte en una crónica de creyentes, incrédulos y luces prodigiosas.
Desde la Antigüedad, viajeros de todas las latitudes han cruzado territorios desconocidos, despertando su propia conciencia y la de los demás a través de relatos que, a menudo, se adornan con exageraciones. Algunos cantaron sus hazañas; otros las escribieron para que sus contemporáneos conocieran culturas y costumbres ajenas. La historia humana avanza gracias a esos contactos y a las historias que alimentan nuestro espíritu. Incluso en la era global, la observación de culturas diferentes sigue fascinándonos como cuando éramos niños escuchando a nuestros abuelos.
Ibn Fadlán, un hombre de fe
Ahmad ibn Fadlán ibn al‑‘Abbas ibn Rashid ibn Hammad realizó el viaje que narra en su Risala entre 921‑922, por encargo del califa abasí de Bagdad, al‑Muqtadir bi‑llāh (895‑932). Lideró una embajada dirigida al reino búlgaro de la Volga, enviada tras la carta del rey almish ibn Shilki Elteber solicitando ayuda al califa. La obra, escrita en árabe por la mano del propio emisario, se conserva gracias a un manuscrito hallado en Mashhad (Irán) en 1923; era una copia del siglo XI y, lamentablemente, termina incompleta en la descripción del Kanato de los Kazares.
El relato se sitúa en un momento de esplendor islámico: ciencias, literatura y artes florecían, mientras la política religiosa abasí mostraba menos tolerancia frente a otras religiones, en parte por la rivalidad con los fatimíes egipcios. Ibn Fadlán se describía a sí mismo como maula (asistente) de Muhammad ibn Sulaiman, un influyente cortesano, y como erudito del derecho islámico. Los búlgaros de la Volga practicaban la escuela hanafí, distinta de la shafií de Bagdad, por lo que una de sus misiones consistía en instruir a la población local en la fe islámica. Poco se sabe del propio Ibn Fadlán fuera de su obra, pero sus observaciones influyeron en geógrafos árabes posteriores, como al‑Jaihani, a quien encontró en Bujará.
Hacia las tierras de hielo
En el siglo X, los circuitos de comercio norte‑sur eran tan activos como la famosa Ruta de la Seda. Algunos estudiosos los denominan "ruta de la piel", pues enlazaban los territorios bálticos con el sur de Eurasia, transportando pieles de visón, armiño, castor y zorro, además de miel y pescado seco.
Artesanía en metales preciosos, sobre todo plata, llegaba a los pueblos ugricos del norte de Rusia, como atestiguan los hallazgos arqueológicos en la cuenca del río Kama. Asimismo, la circulación de monedas bizantinas y musulmanas es evidente: se han encontrado miles de dirhams abasíes en tesoros suecos, y la plata islámica se aceptaba como medio de cambio incluso en la Rusia septentrional. Marfil de morsa y narval era muy apreciado en el mundo islámico, al igual que el marfil de mamut recuperado del hielo ruso.
La Risala no es la historia de cualquier viaje, sino la de una experiencia única, marcada por la curiosidad, la tenacidad y una aguda capacidad de observación. Ibn Fadlán combina relatos de dificultades logísticas con valiosos datos etnográficos sobre costumbres y creencias de los pueblos que encontró. Su visión, inevitablemente filtrada por su devoción islámica, ofrece una ventana al mundo del siglo X.
El itinerario de la embajada evitó el paso directo por el Cáucaso, optando por rodear al norte del mar Caspio para esquivar los dominios turcos de los Kazares. Además, el califa había ordenado una visita a la corte samánida en Bujará para reclamar los beneficios de unas tierras que el vizir abasí poseía en Jorasán; el dinero prometido nunca llegó, lo que generó tensiones con el rey búlgaro.
Tras cruzar la ruta tradicional de la Ruta de la Seda –sur del Caspio, pasando por Merv, Amul y Bujará– la delegación pasó tres meses en Jorasán. A partir de allí, Ibn Fadlán describe con detalle el intenso frío de las estepas del sur de Rusia, aunque algunos cronistas posteriores, como Yaqut, consideran que exageró al afirmar que el río se congeló por completo.
A medida que avanzaba la expedición, la incertidumbre crecía ante la volátil conducta de los pueblos seminomádicos. Ibn Fadlán califica a estos grupos como "bárbaros paganos": los khazares, los oguz, los bashkirs, entre otros, los describe como sucios, rudos y con costumbres extrañas (por ejemplo, la falta de higiene al orinar o defecar, o la costumbre de comer piojos). Aun así, muestra un interés particular por sus ritos funerarios y su shamanismo, señalando amuletos fálicos y la veneración de doce dioses de la naturaleza.
En la corte del reino búlgaro de la Volga
Los búlgaros de la Volga, de origen turco‑steppe, se habían asentado en la confluencia del Volga y el Kama, abarcando aproximadamente la zona del actual Tataristán. Originalmente chamánicos, adoptaron el islam a principios del siglo X bajo el rey Almish, quien buscaba consolidar su poder frente a los kazares y reducir los tributos que les pagaba.
Ibn Fadlán llegó como misionero y jurista, con la tarea de instruir al monarca en la fe islámica y ayudar a construir una mezquita y fortificaciones. Sin embargo, la falta del dinero prometido lo dejó a merced del rey, que le acusó de perder la protección del califa. Aun así, la presencia de la embajada refleja la importancia del comercio Volga‑Bulgaria, que superaba al del reino kazaro‑khazárico en el siglo X.
Los vikingos rus
Durante la época de Ibn Fadlán, el Volga se había convertido en una autopista donde convergían escandinavos, búlgaros, bizantinos, jorasanos y kazares. Desde mediados del siglo IX, los llamados rus, procedentes mayormente de Suecia, fundaron asentamientos como Staraya Ladoga, Belozersk e Izborsk, y más tarde Novgorod y Rostov. Su presencia se extendió al Danubio y al mar Negro, estableciendo tratados comerciales con Bizancio que les otorgaron gran prosperidad.
El encuentro de Ibn Fadlán con comerciantes rus es uno de los pasajes más citados de la Risala, pues ofrece una visión directa de sus costumbres. Describe, por ejemplo, la cremación de un rico mercader en su barco, acompañada de la ejecución de un esclavo por una anciana que él llama "el ángel de la muerte". También relata sacrificios de animales y ofrendas antes de embarcarse en una expedición. Estos detalles coinciden con la evidencia arqueológica de entierros vikingos en Escandinavia, donde se hallan restos de perros, ovejas y caballos sacrificados junto a los difuntos.
Los hallazgos de objetos escandinavos en territorio ruso –desde armas y joyas hasta runas talladas– corroboran la intensa interacción cultural. Excavaciones en Novgorod revelan una compleja urbe con calles de madera, textiles y miles de documentos en birch‑bark que registran transacciones mercantiles de la era vikinga.
La crónica de Ibn Fadlán también menciona la expedición del legendario Yngvar (1035‑1040), cuya trágica campaña inspiró sagas nórdicas repletas de gigantes y dragones. En Suecia se conservan alrededor de treinta piedras rúnicas que conmemoran a los caídos en esa empresa, evidenciando la conexión entre los vikingos orientales y sus raíces escandinavas.
Con el tiempo, el paganismo nórdico fue desplazado por el cristianismo ortodoxo bizantino, aunque los rus adoptaron también costumbres turcas, como la costumbre de montar a caballo sin desmontar.
Ibn Fadlán más allá de la ficción
En 1976 Michael Crichton publicó la novela Eaters of the Dead, que inspiró la película The 13th Warrior (1999). El protagonista está basado en Ibn Fadlán, aunque la ficción le otorga aventuras solitarias que nunca vivió. En la realidad, Ibn Fadlán viajaba acompañado de una numerosa comitiva, incluyendo al embajador búlgaro, juristas y maestros de la ley. Estimó que su caravana alcanzó los 5 000 hombres y 3 000 animales, una cifra que, aunque parece exagerada, refleja la necesidad de protegerse de tribus nómadas hostiles.
A diferencia de muchos cronistas musulmanes que añadían relatos fantásticos, Ibn Fadlán se muestra generalmente austero, insertando pocos detalles inventados. Un caso curioso es la historia del rey Almish que le muestra el esqueleto de un gigante colgado, supuestamente proveniente de Gog y Magog, criaturas míticas que, según la tradición islámica, habitarían más allá de una muralla de cobre y hierro erigida por Alejandro Magno.
No sabemos cómo concluyó el regreso de Ibn Fadlán a Bagdad, aunque el geógrafo Yaqut menciona su regreso. Independientemente de si logró o no los objetivos diplomáticos, su relato nos legó una joya histórica: la descripción de la aurora boreal, el crepúsculo escarlata sobre la estepa y el fuego de un funeral vikingo que tiñó el horizonte. Así, su viaje sigue iluminando nuestra imaginación como la batalla eterna de los djinn que describió.
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