En 1659, año en que se firmó la Paz de los Pirineos, poniendo fin a veinticinco años de guerra entre Francia y España, el embajador de la República de Venecia en este reino, Domenico Zane, redactó un informe que describía la crítica situación interna de la otrora poderosa monarquía austriaca: «Si la calidad de las fuerzas se midiera por la cantidad de los estados, no habría duda de que serían infinitas; pero la realidad muestra lo contrario, fruto de una mala administración y de la inadecuada disposición de esas mismas fuerzas», según señaló[1]. El largo reinado de Felipe IV (1621‑1665), cuyo inicio cumple hoy cuatrocientos años, se encaminaba hacia un triste final que no había sido anticipado por sus brillantes comienzos.
Victorias militares y crisis económicas bajo Felipe IV
Felipe IV subió al trono el 31 de marzo de 1621, a los dieciséis años, en el momento de la reanudación de la Guerra de Flandes y con la monarquía ya inmersa en el conflicto que la historia recordaría como la Guerra de los Treinta Años. El partido de los halcones, liderado por Baltasar de Zúñiga, había triunfado tras la caída del duque de Lerma, arquitecto de una pax hispanica que no supo resolver las crisis internas del vasto imperio Habsburgo.
Los ejércitos españoles fueron clave para reforzar la hegemonía católica en el Sacro Imperio, con la victoria en Montaña Blanca y la ocupación del Palatinado (1620‑1622). Próximamente cosecharían nuevos éxitos en los campos de batalla de todo el mundo, culminando en el Annus mirabilis de 1625: la conquista de Breda en los Países Bajos, la defensa victoriosa de Cádiz frente a las flotas inglesa y holandesa, la recuperación de San Salvador de Bahía en Brasil y la expulsión de los holandeses de Puerto Rico. Estas hazañas fueron inmortalizadas por el conde‑duque de Olivares, favorito del rey, quien encargó una serie de pinturas para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro.
Sin embargo, los triunfos no ocultaron que, desde principios del siglo XVII, Castilla —núcleo de la monarquía hispánica— vivía una profunda crisis económica y demográfica. En 1600, el jurista Martín González de Cellorigo describió en su Memorial de la política necesaria y útil para la República de España la primera causa de la decadencia: la dependencia de los metales preciosos americanos. Mientras naciones como los Países Bajos y Francia avanzaban en el mercantilismo, la actividad económica castellana se reducía, aumentando la dependencia del comercio exterior y permitiendo que el oro y la plata americanas cayeran en manos de enemigos. Sancho de Moncada, profesor de la Universidad de Toledo, advirtió en 1619 que la prosperidad que favorecía a otras coronas era la “muerte de España”.[4]
El proyecto reformista de Olivares no abordó adecuadamente esta realidad; se centró en financiar las necesidades militares, generando una presión fiscal y demográfica que agravó el declive y alimentó las rebeliones de los años 1640 en Cataluña y Portugal, así como en Nápoles y Sicilia. El punto de inflexión llegó con la guerra contra Francia en 1635, tras la victoria español‑imperial en la batalla de Nördlingen (1634), que obligó a ampliar los ejércitos a niveles sin precedentes. Las crisis subsiguientes perduraron hasta la paz de 1659, cuando un consejero del Estado describió al duque de Medinaceli el sombrío panorama: «las arcas se estrechan, los tributos traen descontento, las ciudades se agitan y algunos pueblos resisten con armas en mano».[5]
El annus horribilis a partir de 1640
A partir de 1640 la suerte de las armas españolas cambió drásticamente. Tras detener inicialmente al coalición franco‑holandesa, los desastres se sucedieron: la pérdida de Perpiñán y la desintegración del ejército catalán en 1642 marcaron un duro golpe al ánimo del monarca. Matías de Novoa, su secretario, describió a Felipe con el rostro demacrado, la cabeza agachada y suspiros ocultos, sumido en una profunda angustia que recordaba la paz y prosperidad que sus antepasados habían heredado.[6]
Aun así, surgieron nuevas victorias, sobre todo en el segundo Annus mirabilis de 1652, con la recuperación de Barcelona y Dunkirk, y en Italia con la toma de Casale Monferrato, antes defendido por el conquistador de Breda, Ambrosio Spínola. En 1655 se defendió triunfalmente Pavía y, al año siguiente, Valenciennes, bajo el mando del bastardo real Juan José de Austria, hijo de Felipe IV y la actriz María Calderón. Sin embargo, el bloqueo naval inglés y la victoria de Turenne en Las Dunas (1658) obligaron al león hispánico a buscar la paz, quedando impotente ante los intentos fallidos de recuperar Portugal.
Felipe IV y las artes: la «Edad de Oro»
A pesar de la presión francesa en Europa y del ascenso de los Países Bajos en los océanos, África y Asia, España siguió siendo cuna de la llamada «Edad de Oro» artística. Poetas como Góngora y Quevedo, dramaturgos como Lope de Vega, Calderón de la Barca y Tirso de Molina, y pintores como Juan Bautista Martínez del Mazo, Vicente Carducho y Eugenio Cajés brillaron. El máximo exponente fue Diego Velázquez, cuyas obras retrataron el esplendor del rey y su corte, contrastando con la cruda realidad descrita en la picaresca de Quevedo (La vida del Buscón) y en el anónimo Vida y hechos de Estebanillo González.
La imagen popular de Felipe IV como un “rey aturdido” no refleja la complejidad del monarca. Era un hombre culto, con inquietudes intelectuales claras. Alfredo Alvar Ezquerra destaca que reflexionó sobre teoría de la historia, educación de príncipes, moral, ética y política.[8] Escribió la traducción al español de la Historia de Italia de Guicciardini y dominaba, además del castellano, el francés, el italiano y el latín. Conservamos su extensa correspondencia con la hermana María Jesús de Ágreda, con quien intercambió cartas durante más de veinte años, revelando la dimensión íntima de un hombre atormentado por sus pecados y la soledad provocada por la prematura pérdida de sus seres queridos. En última instancia, Felipe IV simboliza la España del siglo XVII, con sus luces y sombras, tan brillantes como sombrías.
Notas
[1] Relación de Antonio Zani al regresar a España desde su embajada en Venecia, 1659, MSS/13627, BNE, f. 37.
[2] Cita en Elliott, J. H. (1990): The Count‑Duke of Olivares: the politician in an age of decadence. Barcelona: Crítica, p. 235.
[3] González de Cellorigo, M. (1991): Memorial de la política necesaria y útil para la República de España. Madrid: Instituto de Cooperación Ibero‑americana, p. 12.
[4] Moncada, S. de (1746): Restauración política de España. Madrid: Juan de Zúñiga, p. 9.
[5] Carta de Madrid al duque de Medinaceli, en Hechos de los años 1659 y 1660, Mss/2387, BNE, f. 53.
[6] Novoa, M. de (1886): Historia de Felipe IV, en Colección de documentos inéditos para la historia de España, LXXXVI. Madrid, Real Academia de la Historia, pp. 67‑68.
[7] Op. cit., p. 68.
[8] Alvar Ezquerra, A. (2018). Felipe IV el Grande. Madrid: La Esfera de los Libros, p. 18.