Historia antigua

1309: Crónica de una cruzada hispana

1309: Crónica de una cruzada hispana

El comienzo del siglo XIV no fue fácil para Castilla. La muerte de Sancho IV en 1295 marcó el inicio de un periodo de gran inestabilidad. La disputa sucesoria de los infantes de la Cerda, apoyada por el rey aragonés Jaime II, alcanzó su punto álgido durante la minoría de Fernando IV (1295‑1301), lo que sumado a los conflictos con la nobleza sumió al reino en caos y anarquía[1]. Una vez en el trono y resueltos los numerosos problemas internos, el joven monarca castellano pudo concentrar sus esfuerzos en la lucha contra el islam peninsular, cuya audacia preocupaba también a sus vecinos. El sultán nazarí Muhammad III aprovechó la situación para expandir sus dominios y controlar ambas orillas del Estrecho de Gibraltar, ocupando Ceuta en 1306 y otras posesiones marroquíes al año siguiente. El control de Ceuta, Algeciras, Gibraltar, Málaga y Almería le confería a los nazaríes una posición de fuerza que inquietaba a todos sus rivales[2].

Esta actitud agresiva llevó a Fernando IV a buscar una alianza con Aragón. El pacto castellano‑aragonés se firmó el 19 de diciembre de 1308 en Alcalá de Henares. Según el tratado, los firmantes repartieron los dominios islámicos de la península: a Aragón le correspondía una sexta parte del territorio nazarí, lo que provocó la protesta de parte de la nobleza castellana, que consideraba que el resto del territorio musulmán pertenecía a Castilla. Los reyes se comprometieron a no pactar paz por separado con el enemigo y a aportar cada uno una flota (10 galeras y 5 naves aragonesas, 3 castellanas). Además, se sellaron vínculos matrimoniales entre ambas casas para reforzar el acuerdo[3]. Las hostilidades contra los musulmanes iniciarían el 24 de junio de 1309, día de San Juan: los castellanos atacarían la bahía de Algeciras y los aragoneses la ciudad de Almería, obligando a los granadinos a luchar en dos frentes[4].

Tras la firma del tratado, ambos reinos comenzaron los preparativos para la cruzada. Fernando IV convocó a las Cortes, que se reunieron en febrero‑marzo en Madrid, para solicitar los recursos financieros necesarios para la expedición contra los nazaríes. Las elevadas exigencias del rey generaron descontento entre algunos nobles adinerados, que preferían una expedición más limitada contra la Vega de Granada para obtener botín rápido y fácil.

A nivel internacional, Fernando IV y Jaime II enviaron embajadores al Papa Clemente V en Aviñón para obtener la declaración de cruzada. Además de los beneficios espirituales, la bula papal garantizaba aportes económicos imprescindibles[5]. Paralelamente, para aislar diplomáticamente a Granada, Jaime II, con la aquiescencia castellana, estableció una relación con los benimerines. El monarca aragonés se comprometió a ayudarles a recuperar Ceuta a cambio de una parte del botín, enviando una escuadra que bloqueó la ciudad por mar mientras los benimerines lo hacían por tierra. Sin embargo, el sultán granadino Abu Rebia Sulaymán, tras conquistar Ceuta en julio, olvidó el pacto y renegoció con los nazaríes, sellando una nueva alianza entre Fez y Granada mediante el matrimonio de Abu Rebia con la hermana del nuevo sultán nazarí, Nasr, quien le entregó Ronda y Algeciras como dote. Así se configuró la coalición cristiana peninsular de Aragón y Castilla contra nazaríes y benimerines[6].

La cruzada castellana

Concluidas las Cortes de Madrid, Fernando IV se dirigió a Toledo para ultimar los preparativos. A pesar de la oposición de algunos nobles, el contingente que reunió para la cruzada ascendió entre 12 000 y 15 000 hombres, entre infantes y caballeros, una cifra considerable para la época, gracias al entusiasmo de la élite castellana y a los contingentes de Salamanca, Segovia, Sevilla y otras ciudades. El monarca portugués Dionisio I también colaboró enviando 700 caballeros[7].

Aunque el inicio oficial estaba previsto para el día de San Juan, algunos líderes castellanos lanzaron ofensivas autónomas contra territorio nazarí antes de la fecha. Estas acciones, junto con la reunión de la flota aragonesa entre Valencia y Barcelona, pusieron en alerta a los nazaríes[8], pese a las palabras conciliadoras de Jaime II dirigidas a Muhammad III, asegurándole que su flota se dirigía a Cerdeña.

Desde Toledo, Fernando IV marchó a Córdoba y de allí a Sevilla, donde entró triunfalmente a principios de julio. En Sevilla se organizaron los últimos preparativos para el asedio de Algeciras; los suministros se embarcaron hacia la ciudad mientras el ejército avanzaba por tierra. El 27 de julio la fuerza castellana ya divisaba Algeciras y, el 30 de julio el rey y la mayoría de los nobles llegaron a la ciudad. Para debilitar la resistencia del asediado, Fernando IV envió una gran columna a Gibraltar. Allí participaron nobles leales como Alfonso Pérez de Guzmán, Juan Núñez de Lara y el arzobispo de Sevilla, junto con la milicia municipal sevillana[9].

El asedio y la conquista de Gibraltar fue breve, apenas un mes. La operación se desarrolló como un cerco: la milicia sevillana cruzó el istmo y tomó el Monte de la Victoria, obteniendo una posición dominante sobre la plaza de Gibraltar y sus alrededores; simultáneamente, la flota aragonesa cerró la bahía impidiendo cualquier refuerzo marítimo. Desde las alturas sevillanas se emplearon dos engennos que lanzaban grandes piedras contra la población. Finalmente, el 12 de septiembre Gibraltar se rindió ante Fernando IV, que había dejado el asedio de Algeciras. El capitulaciones garantizaron la vida de los 1 125 habitantes, que pudieron evacuar la ciudad y trasladarse al otro lado del estrecho[10].

Tras la toma de Gibraltar, se ordenó reparar sus murallas y construir astilleros, y Fernando IV volvió al asedio de Algeciras, cuyo desarrollo no auguró el mismo éxito. Apenas una semana después, Alfonso Pérez de Guzmán murió en un enfrentamiento en Gaucín, iniciando una serie de calamidades que impedirían la conquista de Algeciras. El otoño trajo lluvias ininterrumpidas durante tres meses, agotando a los asediadores. Además, el infante Juan y don Juan Manuel, junto a Fernán Ruiz de Saldaña y 500 caballeros, abandonaron el sitio y regresaron a Castilla tras enemistarse con el monarca[11]. A pesar de estas adversidades, Fernando IV se negó a levantar el asedio y, aun con el refuerzo de 400 caballeros aportado por el arzobispo de Santiago[13], la imposibilidad de victoria le obligó a pactar con el nuevo sultán Nasr. El acuerdo consistió en el pago anual de 11 000 dobles de oro, la condición de vasallaje a Castilla y la devolución de los castillos de Quesada y Bedmar, concluyendo la cruzada castellana. La toma de Gibraltar, aunque de gran valor geoestratégico, no compensó los costes y el agotamiento que la campaña provocó en una Castilla empobrecida a comienzos del siglo XIV[14].

La cruzada aragonesa

Paralelamente a los esfuerzos castellanos en el oeste del Reino de Granada, los aragoneses, bajo el mando de Jaime II, emprendieron una dura campaña en el este, contra los muros de Almería. Al igual que los castellanos, los aragoneses iniciaron la cruzada con cierto retraso[15]. En su avance hacia Almería tuvieron que desalojar a un contingente granadino que sitió el castillo de San Pedro, cerca de Murcia. Los diferentes contingentes aragoneses llegaron a la ciudad de forma escalonada: la flota y sus tropas el 10 de agosto, algunos cuerpos terrestres el 12 y, el 15, el ejército completo de unos 13 000 hombres se encontraba frente a Almería[16]. Almería quedó bloqueada por tierra y mar.

El primer asalto aragonés se produjo el 14 de agosto. Los nazaríes, bien informados, respondieron diez días después con una gran batalla campal, la única de toda la campaña, en la que los ejércitos de Jaime II salieron victoriosos, asegurándose el paso libre para continuar el cerco[17]. Tras este éxito, los aragoneses intensificaron la presión, construyendo minas y trincheras. A pesar de los duros asedios, la ciudad resistió. A mediados de septiembre, un gran destacamento nazarí se instaló en la cercana Marchena, complicando la permanencia aragonesa y lanzando continuos ataques bajo el liderazgo del líder norteafricano Uthman ibn Abi l‑Ula. Los aragoneses tuvieron que cavar fosos y reforzar su campamento. Los asaltos generales del 23 y 27 de septiembre resultaron infructuosos, y la cruzada comenzó a decaer, también por la escasez de fondos, obligando al rey a empeñar sus propias posesiones para sostener el asedio[18]. Durante el otoño los ataques continuaron, pero pese al uso de numerosas máquinas de asedio, Almería no cayó. A finales de diciembre, Jaime II reconoció la imposibilidad de la victoria y abrió negociaciones con los granadinos[19].

1309: Crónica de una cruzada hispana

El fin de la cruzada

En enero de 1310, Jaime II y Fernando IV abandonaron los asedios de Almería y Algeciras, respectivamente. Ambos monarcas se vieron obligados a concluir la campaña en medio de graves problemas financieros y una pérdida de popularidad. Las causas del fracaso fueron múltiples:

  • En primer lugar, la esperanza aragonesa de formar un frente tripartito contra Granada se desvaneció. Los benimerines, tras recuperar Ceuta con facilidad, pactaron con Nasr la restitución de sus alianzas tradicionales a cambio de Algeciras y Ronda, permitiendo a Granada concentrarse en la defensa de su flanco oriental y evitando que Jaime II tomara Almería, mientras los benimerines defendían Algeciras.
  • Aragón y Castilla iniciaron la campaña más tarde de lo acordado, en una temporada ya avanzada, lo que coincidió con un otoño excepcionalmente lluvioso que dificultó la vida de los combatientes.
  • Las dificultades financieras de ambos reyes, sumadas a las condiciones climáticas adversas, provocaron una escasez notable de suministros.
  • La deserción de don Juan Manuel y del infante don Juan, junto a sus seguidores, minó gravemente la moral de los ejércitos cruzados[20].
  • Por último, destaca el error estratégico en la planificación. Muchos aristócratas castellanos consideraban más rentable una campaña de saqueo en la Vega de Granada que el asedio frontal a Algeciras; de forma similar, Jaime II atacó directamente Almería sin antes someter la región a una campaña de destrucción y pillaje prolongada, práctica necesaria en la guerra medieval para debilitar ciudades fortificadas[21].

Bibliografía

  • BAYDAL SALA, Vicent. “Tans grans messions. The financing of the crusade of Jaime II of Aragon against Almería in 1309”. Medievalism, 19 (2009), pp. 57‑154.
  • BENAVIDES, Antonio. Memorias de Fernando IV de Castilla. 2 vol. José Rodríguez, Madrid, 1869.
  • Crónica de Fernando IV. Biblioteca de Autores Españoles, 66:173‑392.
  • GARCÍA FERNÁNDEZ, Manuel. “Gibraltar, conquista y repoblación (1309‑1310)”. Medievalism, 19 (2009), pp. 155‑169.
  • GARCÍA FITZ, Francisco. Castilla y León frente al Islam. Estrategias de expansión y tácticas militares. Siglos XI‑XIII. Universidad de Sevilla, 119‑121.
  • GIMÉNEZ SOLER, Andrés. El asedio de Almería en 1309. Tipografía de la Casa Provincial de la Caridad, Barcelona, 1904.
  • GONZÁLEZ MÍNGUEZ, César. “Fernando IV de Castilla y la guerra contra los moros: la conquista de Gibraltar (1309)”. Medievalism, 19 (2009), pp. 171‑197.
  • MARUGÁN VALLVÉ, Carmen María. “El ejército de la Corona de Aragón en la expedición contra Almería en 1309”. Medievalism, 19 (2009), pp. 199‑142.
  • MARUGÁN VALLVÉ, Carmen María. “El asedio de Almería en 1309: desarrollo de la campaña militar” en Almería entre culturas (siglos XIII‑XVI), pp. 171‑188. Instituto de Estudios Almerienses, Almería, 1990.
  • MASIÁ DE ROS, Ángeles. Relaciones castellano‑aragonesas desde Jaime II hasta Pedro el Ceremonioso. 2 vol. CSIC, Barcelona, 1994.
  • O'CALLAGHAN, Joseph F. The Gibraltar Crusade. Castile and the Battle for the Strait. University of Pennsylvania, Philadelphia, 2011.
  • SEGURA GONZÁLEZ, Wenceslao. “Tarifa y el asedio de Algeciras en 1309”. Al Qantir. Monografías y Documentos sobre la Historia de Tarifa, 1 (2003), pp. 1‑45.

Notas

[1] Crónica de Fernando IV, pp. 93‑97, 100‑103.

[2] O'CALLAGHAN, The Gibraltar Crusade, pp.

[3] El objetivo final de la coalición cristiana era la expulsión total del islam de la península para “sacar a los incrédulos de la fe católica de España…”. BENAVIDES, Memorias de Fernando IV, pp. 621‑622.

[4] “Es cierto que, el rey de Castilla, al cerrar su parte y la nuestra, los moros no pueden obstaculizarnos…”. MASIÁ DE ROS, Relaciones castellano‑aragonesas, pp. 234‑235.

[5] GONZÁLEZ MÍNGUEZ, “Fernando IV de Castilla…”, pp. 180‑181.

[6] O'CALLAGHAN, The Gibraltar Crusade, pp. 127‑128.

[7] GONZÁLEZ MÍNGUEZ, “Fernando IV de Castilla…”, pp. 184‑185.

[8] GARCÍA FERNÁNDEZ, “Gibraltar, conquista y…”, p. 158.

[9] Crónica de Fernando IV, pp. 162‑163.

[10] Crónica de Fernando IV, p. 163.

[11] GIMÉNEZ SOLER, El asedio de Almería, pp. 61‑63.

[12] Crónica de Fernando IV, p. 164. “Preferiría morir allí antes que levantarme deshonrado”.

[13] O'CALLAGHAN, The Gibraltar Crusade, p. 132.

[14] Detallado en SEGURA GONZÁLEZ, “Tarifa…”, pp. 20‑37.

[15] Aunque la fecha acordada era el 24 de junio, el ejército aragonés no abandonó Valencia hasta el 18 de julio. MARUGÁN VALLVÉ, “El asedio de Almería…”, p. 173.

[16] 3 900 caballería y 9 000 infantería. MARUGÁN VALLVÉ, “El ejército…”, p. 240.

[17] BAYDAL SALA, “El financiamiento…”, pp. 89‑90.

[18] ID, p. 93.

[19] O'CALLAGHAN, The Gibraltar Crusade, pp. 131‑132.

[20] La deserción de estos nobles resonó en toda Europa; el infante don Juan fue descrito como “demonio” por el propio pontífice. JIMÉNEZ SOLER, El asedio de Almería, pp. 68‑70.

[21] Los teóricos militares denominan esta táctica “estrategia del enfoque indirecto”.

Este artículo forma parte del III Concurso de Microensayos Históricos Desperta Ferro. La documentación, veracidad y originalidad del artículo son responsabilidad exclusiva del autor.