En septiembre de 1886 los jefes Gerónimo y Naiche se entregaron al general Nelson Miles del Ejército de EE. UU., poniendo fin oficial a las Guerras Apache. Sin embargo, en las partes más inhóspitas de la Sierra Madre –las montañas Jaguar y otras cordilleras intransitables en la frontera entre Sonora y Chihuahua– quedaron pequeños grupos que se refugiaron en bosques de coníferas y continuaron viviendo libres. Estos fueron llamados Apache Broncos o “Apaches bravos”, y mantenían una forma de vida muy distinta a la de sus parientes de los reservorios norteamericanos: cazaban con arco, vestían pieles de ciervo, cultivaban maíz y calabazas y rechazaban cualquier proceso de aculturación.
Para los gobiernos mexicano y estadounidense, los Broncos no eran ciudadanos, sino vecinos molestos que invadían tierras de caza y agricultura. Cada banda operaba de manera independiente, por lo que atacaban a algunos colonos sin comprender que sus acciones provocaban la represalia de todos. El Estado mexicano, desde 1821, premiaba con recompensas la captura o muerte de cualquier indígena, lo que alimentó una caza de brujas que redujo a 300 el número de apaches en la Sierra Madre para 1887.
Una cultura predatoria
Los Apache Broncos veían a los campesinos y vaqueros como fuentes de recursos. En la década de 1920, el jefe "Indio Juan" declaró a los mexicanos que no los mataba por placer, sino porque necesitaba alimentarse. Esta visión alimentó el odio popular y justificó, a ojos de la opinión pública, la exterminación de los Broncos.
Ataques y represalias
Los Broncos, aislados en sus refugios montañosos, descendían ocasionalmente para asaltar granjas, minas y pueblos, llegando incluso a Texas, Nuevo México y Arizona. Sus incursiones eran esporádicas, pero cada ataque —aunque a menudo se limitara a robos de ganado o a una o dos muertes— generaba una cobertura mediática desmesurada, mientras que las violencias cometidas por colonos contra los indígenas pasaban casi desapercibidas.
Ejemplos documentados incluyen el asalto a una mina en Dee Creek (Arizona) en 1889, donde capturaron a un hombre y lo torturaron quemándolo vivo, y la masacre de un grupo de topógrafos en Tombstone (1890). La presión de los colonos y la pérdida de tierras frente a agricultores y mormones del norte impulsó una escalada de ataques por parte de los Broncos.
En 1896, la intensidad de los ataques obligó a México y EE. UU. a firmar un convenio que permitía a ambos ejércitos cruzar la frontera para perseguir a los apaches. Uno de los líderes más temidos fue el "Apache Kid", ex explorador del ejército estadounidense que, refugiado en México, comandó una banda mixtaa de Broncos y refugiados de los reservorios de Arizona y Nuevo México.
El fin de la resistencia
A principios del siglo XX, la expansión de colonos, mineros y cazadores de “aventura” empezó a violar los últimos refugios de los Broncos. En 1929, el explorador estadounidense H. White penetró en las Montañas Jaguar, describiendo un campamento de unas 65 guerreras y estimando que la banda completa contaba entre 180 y 200 personas.
Durante la década de 1920 y 1930 surgieron dos bandos destacados: el del llamado “Apache Blanco”, un renegado anglo‑americano, y el de “Indio Juan”, famoso por su crueldad. Sus incursiones en Sonora, Chihuahua, Arizona y Nuevo México provocaron represalias cada vez más brutales.
El ranchero Francisco Fimbres, víctima de un ataque en 1927 que dejó a su esposa asesinada y a su hijo secuestrado, organizó una “caza privada” contra los Broncos, reclutando a pistoleros estadounidenses y a campesinos locales. Su campaña contó con el apoyo implícito del gobierno mexicano, que incluso patrocinó expediciones oficiales de exterminio.
En 1931, Fimbres capturó a la supuesta bisnieta de Gerónimo y, tras una serie de masacres, anunció en la Arizona Daily Star la “caza del último Apache”. La propaganda atrajo a más de mil cazadores norteamericanos, equipados con armas modernas y aviones de reconocimiento.
El antropólogo estadounidense Greenville Goodwin estimó en 1934 que quedaban menos de treinta Apache Broncos. Sus intentos de contacto fueron infructuosos: los supervivientes eran “tan primitivos y hostiles que ningún hombre blanco podía acercarse con vida”.
El 23 de noviembre de 1935, una pequeña banda descendió de la Sierra Madre bajo fuertes nevadas y fue aniquilada por Fimbres y sus hombres: dos guerreros y ocho mujeres murieron. Para 1940, las Montañas Jaguar quedaron en silencio; los últimos restos de los Apache Broncos solo se conservaban en esqueletos y relatos.
Bibliografía
- Arizona Daily Star: 13‑feb‑1931 y 13‑mar‑1931, Tucson.
- Chicago Tribune: 27‑jul‑1997, “Ghosts of a Vanished Frontier”.
- Flagler, Edward K. (2006). “After Gerónimo: The Apache Broncos of Mexico”. Spanish Journal of American Anthropology, 36, 119‑128.
- Meet, Douglas V. (1993). They Never Surrendered: Bronco Apaches of the Sierra Madre, 1890‑1935. Tucson.
- Opler, Morris E. (ed.) (1973). Grenville Goodwin among the Western Apache. Tucson.
- Worcester, Donald E. (2013). The Apaches. Barcelona.
- Roberts, David (2008). The Apache Wars. Barcelona.
Agradecimientos
Agradezco al profesor Francisco Plata por su ayuda en la búsqueda de imágenes e información, a los doctores Jorge Juan Soto y Francisco Jiménez por sus valiosos consejos, a Federico Caracuel Armada por colorear la foto original del Arizona Daily Star, al estudiante de doctorado Miguel Navarro por sus descripciones de los frescos de Diego Rivera, y a los editores Javier Gómez y Carlos De La Roca por sus sugerencias y apoyo en la elaboración de este artículo.