La ortiga (Urtica dioica) es conocida por sus propiedades medicinales (diurética, antirreumática, astringente) y nutricionales, gracias a su alto contenido en sales minerales y vitaminas. Sin embargo, su historia también incluye usos industriales que la llevaron a los campos de batalla del siglo XX.
Primera Guerra Mundial
Al comienzo del conflicto, los uniformes alemanes se confeccionaban en algodón. La escasez de algodón —que requiere abundante agua, fertilizantes y climas cálidos— obligó al ejército a buscar alternativas. Encontraron en la ortiga una materia prima fácil de cultivar y resistente a diferentes condiciones climáticas.
Los alemanes no utilizaban las hojas, cuya superficie está cubierta de pelos urticantes que provocan picazón e inflamación (de ahí el apodo de "la hierba de los ciegos"). En su lugar, extrajeron fibras de los tallos, una práctica que ya existía hace más de 2 000 años para la fabricación de redes y tejidos. Estas fibras se emplearon para confeccionar uniformes y otros artículos militares.
Segunda Guerra Mundial
En la segunda gran conflagración, la ortiga cambió de bando y pasó a manos del ejército británico. Al inicio de la guerra, el gobierno del Reino Unido recolectó alrededor de 100 toneladas de ortiga para extraer su clorofila. El pigmento verde se utilizó como pintura de camuflaje en los uniformes, ayudando a los soldados a mimetizarse en entornos boscosos y herbáceos.

Además, la fibra de ortiga volvió a aparecer en la confección de ropa militar y civil, demostrando su versatilidad.

Hoy en día la ortiga sigue utilizándose en la industria textil ecológica y en la alimentación, consolidándose como una planta con múltiples aplicaciones históricas y contemporáneas.