Introducción
Los evangelios registran numerosos nombres vinculados a la figura central de Jesús de Nazaret: sus ancestros hasta Abraham (Mt. 1), sus hermanos Jacobo, José, Judas y Simón (Mc. 6,3), parientes como Joachim y Elisabet (madre de Juan el Bautista), los apóstoles, autoridades como Herodes, Arquelao, Pontio Pilato, los sumos sacerdotes Annas y Caiaphas, y personajes anónimos que Jesús curó o con quienes dialogó. Incluso el dueño del sepulcro, José de Arimatea, es nombrado (Mc. 15,43). Esta abundancia de nombres muestra que la vida de Jesús se presenta como un hecho histórico más que como un mito.
En la obra de Ioannis Moskos (1711) un ángel llamado Dismas ofrece la corona de los mártires.
Personajes sin nombre
Muchos personajes que aparecen en los Evangelios son anónimos: el centurión, la mujer samaritana, el leproso, el paralítico, la pareja recién casada de Caná o los dos ladrones crucificados junto a Jesús. La tradición apócrifa, que se desarrolló desde la Antigüedad hasta la Edad Media, ha propuesto nombres para muchos de ellos, aunque solo algunos han perdurado. Por ejemplo, al ladrón al que Cristo le promete el paraíso (Lc. 23,43) se le conoce en la tradición occidental como Dismas, en la copta como Demas y en la rusa como Rakh. Fue canonizado y es patrón de los presos, los ladrones arrepentidos y los enterradores; su fiesta se celebra el 25 de marzo.
Los Tres Reyes Magos
El relato evangélico
Los magos aparecen únicamente en el Evangelio de Mateo. Tras el nacimiento de Jesús en Belén, bajo el reinado de Herodes, sabios del Oriente llegan a Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey recién nacido de los judíos?» Guiados por una estrella, llegan a la casa donde está el niño con su madre María, le rinden culto y le entregan oro, incienso y mirra. Después de la visita, un sueño advierte a José y la familia huye a Egipto.
La representación más antigua muestra a los magos como jóvenes con tocados persas, acompañados de camellos y portando sus ofrendas.
Primeros nombres
Los nombres tradicionales Melchor, Gaspar y Baltasar aparecen por primera vez en un manuscrito latino del siglo VII (actualmente en París), donde figuran como Bthisarea, Melchior y Gathaspa. La forma actual se consolida en el Liber pontificalis Ecclesiae Ravennatis II.2 (siglo VIII), donde Agnellus describe la escena de la adoración.
En una iglesia rupestre de Ağaçaltı (Capadocia, siglo IX‑X) los magos aparecen como Melchion, Gaspar y Baltasar. Otros nombres aparecen en manuscritos etíopes, el Codex Egberti (siglo X) y en una ostracon copta del siglo VII‑VIII: Bathezora (oro), Melchior (incienso) y Thaddias (mirra).
Origen, aparición y etimología
En el mosaico de la Basílica de Sant'Apollinare Nuovo (Rávena, siglo VI) los magos aparecen con vestimentas persas y simbolizan las tres edades de la humanidad: Gaspar (anciano), Melchor (joven) y Baltasar (maduro). En la iglesia de San Vitale se les muestra sin nombres, pero ya en el comentario de Beda (siglo VIII) se asocian a los continentes Asia, África y Europa.
El término magoi se refiere a la casta persa de sacerdotes zoroástricos, expertos en astronomía, lo que explica su papel de observadores de la estrella. A partir del siglo V se los identifica como reyes, basándose en pasajes de Isaías 60,3 y el Salmo 72, que profetizan que «todos los reyes se inclinarán ante el Mesías».
El nombre Melchor contiene la raíz semítica mlk (rey) y puede significar «rey de luz». Baltasar proviene del nombre babilónico de Daniel y contiene el elemento Baal. Gaspar podría derivar del nombre indio Godaphar (Gundaphoros).
Significado de los regalos
La interpretación tradicional, resumida por Ireneo de Lyon (c. 200 d.C.), asocia el oro al rey, el incienso al sacerdote (o a Dios) y la mirra al que morirá para redimir a la humanidad. Estas ofrendas también aparecen en la profecía de Isaías 60,6 y en un registro griego de Dídimo (Mileto), donde el rey Seleuco I ofreció grandes cantidades de oro, incienso y mirra al templo de Apolo.
Reliquias y veneración
Según la tradición, el emperador Zenón trajo en el 490 d.C. las reliquias de los magos desde Persia a Constantinopla; otra versión las atribuye a Helena, madre de Constantino, que las habría traído de la India. En el siglo VI las reliquias fueron trasladadas a Milán y, en 1164, el emperador Federico Barbarroja** las entregó al arzobispo de Colonia, donde se conservan hoy en una capilla con tres sarcófagos.
Tradición apócrifa creativa
Los relatos apócrifos no solo asignan nombres, sino que también entrelazan eventos del Nuevo Testamento. En el Historia Trium Regum de Johannes van Hildesheim, se narra que la familia santa perdió los regalos en el desierto; un pastor los encontró, los guardó y, tras ser sanado por Jesús, los entregó a diferentes personajes: el oro a Judas, el incienso al sacerdote del templo y la mirra a Nikodemos para el entierro de Jesús. Estas historias, aunque legendarias, reflejan la fascinación medieval por completar los vacíos bíblicos.