Introducción
Hildegar Fink, una alemana de 75 años, tenía solo cinco cuando fue expulsada con su familia de Rosternitz, un pueblo del Sudeteño que hoy pertenece a la República Checa. Meses después de la derrota de Alemania, ella y miles de familias alemanas de Europa Central y del Este tuvieron que abandonar sus hogares en una dirección desconocida.
Su experiencia, descrita como "la más horrible de su vida", se repitió cuando, tras la reunificación alemana a principios de los años 90, volvió a sentirse extranjera en su propia patria.
Las Decretos de 1945 y la expulsión
Los alemanes de los Sudetes reclaman la derogación de los decretos de 1945 firmados por el presidente checo Edvard Beneš. Dichos decretos ordenaron la expulsión de las minorías alemanas y húngaras, la expropiación de sus bienes, la nacionalización de sus empresas y la pérdida de la nacionalidad simplemente por ser alemanes.

Muchos fueron obligados a abandonar sus casas; otros huyeron temiendo al Ejército Rojo o a milicias checas y polacas; otros temían represalias de sus vecinos como venganza por los crímenes nazis. Antes de la expulsión, muchos tuvieron que firmar renuncias de sus propiedades y declarar que se marchaban "libremente". Tras la Conferencia de Potsdam (agosto de 1945), los Aliados redefinieron la frontera alemana a lo largo del río Oder‑Neisse, lo que provocó el traslado de cientos de miles de alemanes a los nuevos límites del país.
El olvido y el reconocimiento tardío
En la década de 1950 la República Federal de Alemania estaba ocupada reconstruyendo el país y no podía abordar el pasado nazi. En la República Democrática Alemana, los crímenes cometidos por milicias polacas y checas contra la población alemana fueron ignorados. Fue solo con las guerras de los Balcanes en los años 90, y la aparición de limpiezas étnicas y refugiados, que los alemanes comenzaron a reconocer la dimensión de la expulsión sudetana.
Más de sesenta años después, Alemania empezó a reconocer que sus ciudadanos también fueron víctimas, recordando los bombardeos indiscriminados al final de la guerra. Para muchos historiadores, estos alemanes fueron "las últimas víctimas de Hitler".

Testimonios visuales
Los libros de Guido Knopp y Erik Franzen incluyen imágenes en color y en blanco y negro que muestran la crueldad del éxodo: cadáveres en las aceras, mujeres y niños huyendo, niños pequeños en medio de la calle, miles de mujeres violadas por el Ejército Rojo y milicias, hombres desnudos golpeados con una esvástica pintada en la espalda, y fotos de civiles obligados a portar brazaletes blancos con una gran N de Niemiec ("alemán" en polaco) como represalia al símbolo judío.

Debate actual
Hoy sigue sin haber consenso, ni en Alemania ni en sus vecinos del este. Se propuso crear un "Centro contra las Expulsiones" en Berlín, pero la iniciativa encontró fuerte resistencia en Polonia y la República Checa. En 2009, la canciller Angela Merkel apoyó la construcción de un monumento en Berlín dedicado a los alemanes desplazados tras la Segunda Guerra Mundial, aunque algunos lo consideran una burla frente al monumento que conmemora a los seis millones de víctimas judías del Holocausto.
«Los alemanes consideran que ha llegado el momento de honrar también a sus propias víctimas, pues no pueden ser crucificados por la historia solo por haber sido alemanes durante el régimen de Hitler.»
Colaboración de Edmundo Pérez.
Fuentes e imágenes: "A Crab's Pace – Grass, G."; "On the Natural History of Destruction – Sebald, W. B."