En la segunda mitad del siglo II a.C., la ciudad de Roma se convirtió en el escenario de una cruda confrontación entre las dos principales corrientes políticas de la aristocracia romana. En aquel momento, solo los miembros de las clases más acomodadas podían aspirar a cargos públicos.
Existían dos facciones claramente diferenciadas. Por un lado estaban los optimates, guardianes de la tradición romana que defendían el statu quo y mantenían su poder a través del control del Senado. Por el otro, una nueva corriente surgía bajo el nombre de populares, que buscaba ganarse el apoyo del pueblo y ampliar la representación del Senado para atender mejor a la plebe.
El contexto económico favorecía la tensión: las guerras en Hispania, los últimos enfrentamientos con Cartago, los conflictos con los galos y la revuelta de los esclavos en Sicilia habían agotado los recursos del Estado y empobrecido a las clases bajas.
Tiberio Sempronius Graco
Nacido alrededor del 164 a.C. en una de las familias más influyentes de Roma, Tiberio era hijo de un destacado general de la conquista de Hispania y nieto de Cornelia, hija de Escipión el Africano. Educado bajo la influencia del estoicismo y la retórica, estudió con maestros como Blozio de Cumas y el famoso orador Dionisio de Mitilene, habilidades que le servirían para conectar con el pueblo.
En 137 a.C. presenció la derrota de Hostilio Mancino ante los celtíberos en Hispania y, al regresar, constató la grave situación de los pequeños agricultores, cuyas tierras habían sido usurpadas por grandes latifundios trabajados por esclavos. Decidió revertir esa injusticia cuando tuviera la oportunidad.
Tribuno de la plebe y la Lex Sempronia Agraria
En 134 a.C. fue elegido tribuno de la plebe y presentó la Lex Sempronia Agraria, una reforma que obligaba a los grandes terratenientes a devolver las tierras obtenidas de forma irregular y limitaba la extensión de los latifundios. El excedente debía repartirse entre los campesinos más necesitados. Además, la ley proponía distribuir las nuevas provincias conquistadas entre los ciudadanos, incluidos los italianos, ampliando así la ciudadanía romana.
Los optimates, liderados por figuras como Escipión Emiliano, se opusieron firmemente. Tras un primer veto de Marco Octavio, tribuno aliado de los optimates, Tiberio logró sustituirlo por su aliado Quinto Mummio y la ley fue aprobada. El Senado, sin alternativa, tuvo que ratificarla.
La muerte de Tiberio Graco
La reforma generó una gran tensión. Los senadores y terratenientes temían perder sus dominios, mientras que la plebe, esperanzada, apoyaba al tribuno. En 133 a.C., la muerte sin descendencia del rey de Pérgamo, Atalo III, dejó su herencia al Estado romano; según la Lex Sempronia, esas propiedades debían repartirse entre los ciudadanos, lo que aumentó aún más la resistencia de la aristocracia.
Al concluir su mandato en diciembre, los optimates lograron colocar a un aliado en el tribuno. Tiberio, pese a la escasa protección, intentó prolongar su cargo para salvaguardar la reforma. En una violenta confrontación, el senador Escipión Nasica incitó a la multitud con el grito «¡Seguidme los que queréis defender nuestras leyes!», y Tiberio fue brutalmente golpeado, apaleado y arrojado al río Tíber. Su hermano menor, Cayo Sempronius Graco, intentó rescatar el cuerpo sin éxito y continuó la lucha por la causa de su hermano.
Más información:
Historia Antigua II, Historia de Roma, Pilar Fernández y Javier Cabrero, Ed. UNED, 2014.
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