Historia antigua

La Guerra de los 80 años: la mayor pesadilla del Imperio español

La Guerra de los 80 años: la mayor pesadilla del Imperio español

A finales del siglo XVI, Felipe II, recién coronado rey de Portugal, heredó uno de los imperios más extensos de la historia. Sus dominios abarcaban los cuatro continentes conocidos: Asia, América, África y, por supuesto, Europa. En territorios tan vastos los conflictos se sucedían sin cesar, pero ninguno le resultó tan problemático como el pequeño pero rico rincón que hoy conocemos como Flandes. Los historiadores modernos coinciden en que la lucha por los Países Bajos fue la causa principal del declive del Imperio español frente a su rival, Inglaterra.

La Guerra de los 80 años: la mayor pesadilla del Imperio español

El imperio de Felipe II durante la Guerra de los 80 años.

Una de las regiones más prósperas de Europa

Flandes, entonces conocida como los Países Bajos, ocupaba un territorio similar al actual Benelux. Se trataba de 17 provincias con gran autonomía, gobernadas como pequeños reinos independientes. Gracias a su posición estratégica entre el Atlántico, el Báltico, Europa y Inglaterra, su comercio, su banca y, sobre todo, su industria textil, la convirtieron en una de las áreas más ricas del continente. Culturalmente también brillaba: pintores flamencos y humanistas como Erasmo de Rotterdam dejaron un legado imborrable.

En 1428 Felipe el Bueno incorporó Flandes al Ducado de Borgoña. Tras el matrimonio de Juana la Loca con Felipe el Hermoso, el territorio pasó plenamente a la órbita española; su hijo Carlos, nacido en Gante, heredó esas posesiones. Cuando Carlos se trasladó a la Península, dejó la administración de las 17 provincias en manos de sus tías, Margarita de Austria y María de Hungría, quienes implementaron reformas que otorgaron amplio autogobierno a cambio de que los Países Bajos financiaran los gastos del Imperio.

Una cuestión religiosa que encubre el verdadero problema

Los problemas se intensificaron tras la abdicación de Carlos V y la llegada al trono de Felipe II. Mientras Carlos era percibido como un compatriota, Felipe aparecía como un monarca extranjero. Además, el rey se posicionó como defensor del catolicismo durante el Concilio de Trento, lo que lo enfrentó a la corriente protestante que se extendía por Europa. Sus primeras medidas en los Países Bajos fueron nombrar a Granvela, un funcionario de Franche‑Comté, como presidente del Consejo de Estado, crear nuevas diócesis e introducir la Inquisición. La respuesta fue inmediata: los miembros del consejo exigieron la destitución de Granvela y la libertad de culto. Felipe desistió, pero la tensión ya estaba latente.

Los disturbios estallaron en 1566, con saqueos de iglesias católicas en Tournai y Amberes. Si bien la retórica era religiosa, las verdaderas motivaciones eran la defensa de la autonomía local, la preservación de leyes y costumbres y la protección de los intereses de la nobleza y de los comerciantes católicos, rodeados por potencias protestantes como Alemania luterana, Francia calvinista e Inglaterra isabelina.

Felipe II envió al primer ejército, los llamados "Tercios de los Tercios", con 10.000 soldados, a través de la "ruta española" desde Milán, pasando por Saboya y Franche‑Comté. El duque de Alba, su comandante, impuso una dura represión mediante la "Consejo de Turbas", que juzgaba los crímenes contra la Corona. Esta brutalidad alimentó un sentimiento de rechazo que avivó la rebelión.

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Bandera de los Tercios de Flandes

Los “pobres del mar” y los tercios atrapados en el fango

Ante la represión de Alba (1567‑1574), los flamencos comenzaron a organizarse. Dos hermanos emergieron como líderes: Guillermo de Orange, que huyó a Alemania para reclutar apoyo, y Luis de Nassau, que mantuvo contactos con los hugonotes franceses, interrumpiendo el comercio y la llegada de tropas a La Rochelle. En el sur, los hugonotes se aliaron con los flamencos; en el norte, los llamados "pobres del mar" —piratas que sabotearon la llegada de barcos españoles— tomaron el puerto de Brielle como base para la conquista terrestre.

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Guillermo de Orange

El terreno llano y plagado de ríos de Flandes dificultó las operaciones de los tercios, que se vieron obligados a prolongados asedios en zonas pantanosas, agotando tanto a los soldados como a las arcas españolas.

Frustrado por la falta de avances, Felipe II destituyó a Alba y nombró a Luis de Requesens (1574‑1576), que adoptó una postura más conciliadora, pero sin resultados. Los rebeldes del norte siguieron tomando puertos; los tercios, sin pago tras la bancarrota española de 1575, saquearon Amberes, provocando una masacre. Requesens propuso inundar el norte de Flandes para frenar a los piratas, pero Felipe rechazó la idea.

La época de Alejandro de Farnesio

Tras la muerte de Requesens y los fracasados intentos de paz de Juan de Austria, en 1579 Alejandro de Farnesio asumió la gobernación. Como hábil diplomático, logró la sumisión de varias provincias católicas del sur mediante la Unión de Arrás. Tres semanas después nació la Unión de Utrecht, que sentó las bases de los actuales Países Bajos. En 1581, con la Abjuración, los siete provincias protestantes rompieron definitivamente con Felipe II, aunque España tardaría años en reconocer su independencia.

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Desplazamiento de Farnesio

Militarmente, Farnesio dirigió los tercios flamencos y conquistó ciudades del sur como Gante, Brujas, Bruselas y, tras un largo asedio, Amberes. También avanzó en el norte, tomando Eindhoven, Breda y Nimega. Sin embargo, el control del mar estaba en manos de los holandeses y los ingleses, que apoyaban a los rebeldes y amenazaban los intereses coloniales españoles. Los corsarios ingleses, bajo el mando de Drake, hostigaron los puertos españoles mientras Felipe II preparaba la Armada Invencible, que nunca logró dominar el Canal de la Mancha.

La muerte de Farnesio en 1595 marcó el fin de una oportunidad; sin él, la completa subyugación de los Países Bajos se volvió imposible. Al cierre del siglo XVI, España enfrentaba a tres rivales poderosos: Francia, Inglaterra y la recién nacida República de los Países Bajos.

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Los Países Bajos a finales del siglo XVI, durante la Guerra de los 80 años.

Camino hacia una tregua inevitable

Felipe II fue sucedido por su hijo Felipe III, quien heredó un imperio exhausto y una crisis económica tras la segunda bancarrota (1582). La visión pacifista que la historiografía le atribuye y la influencia del duque de Lerma no fueron suficientes: las arcas estaban vacías.

El sucesor de Farnesio fue el arzobispo de Toledo, que, tras la muerte de Felipe II, se casó con Isabel Clara Eugenia, hija del rey. Juntos gobernaron la parte católica de los Países Bajos y buscaron la paz. El archiduque Alberto de Austria abrió negociaciones con Inglaterra, mientras que el genovés Ambrosio Spinola retomó la guerra en 1604‑1605, reconquistando Ostende y Dunkerque. Sin embargo, la escasez de fondos impidió pagar a los tercios, que se amotinaron; los holandeses, bajo Mauricio de Nassau, los derrotaron.

Ante la falta de recursos, la única salida viable fue la tregua de doce años, firmada en 1609, que permitió a España reorganizar sus finanzas.

Europa y el Atlántico se convierten en una zona de conflicto

Tres años antes de que expirara la tregua, estalló la Guerra de los Treinta Años (1618‑1648). España, temiendo que la ayuda alemana a los holandeses reforzara la rebelión, envió tropas bajo el mando de Spinola al Palatinado para cortar los suministros a los Países Bajos.

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La otra guerra paralela, la de los Treinta Años.

En 1621 falleció Felipe III y el trono pasó a su hijo Felipe IV, gobernado de facto por el conde‑duque de Olivares, quien decidió reactivar la guerra en los Países Bajos. Mientras tanto, la guerra en el Atlántico se intensificó: los holandeses, aprovechando la tregua, consolidaron su poder naval y capturaron el puerto de Bahía en el Brasil portugués (que era territorio español). Su objetivo era cortar el flujo de plata americana que financiaba a España.

En 1624 llegó a España una importante remesa de metales americanos, lo que permitió a los tercios españoles tomar Breda, una ciudad estratégica. Sin embargo, en 1628 los holandeses bloquearon la salida del metal español desde Matanzas (Cuba), creando una nueva crisis financiera para la Corona.

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Réplcia de un galeón español del siglo XVII, en la bahía de Nueva York.

Francia y los problemas internos, nuevos rivales

La muerte de la archiduquesa Isabel Clara Eugenia en 1633 (el texto original decía 1934) llevó al infante don Fernando a la gobernación de los Países Bajos. Desde allí dirigió los tercios españoles en la batalla de Nördlingen (1634), parte de la Guerra de los Treinta Años, con el objetivo de asegurar las rutas entre Milán, Alemania y Holanda.

Al mismo tiempo, el cardenal Richelieu de Francia buscó debilitar a España formando alianzas con Holanda, Suecia, los príncipes sajones y los rebeldes en la península ibérica. Estas coaliciones redujeron drásticamente la capacidad española para mantener el control de los Países Bajos.

A partir de entonces la situación se deterioró: la pérdida de Breda, los asedios en la península (Hondarribia, Cataluña, Portugal) y el asalto de los piratas holandeses a los flujos de metales americanos culminaron en la desastrosa derrota de los tercios en la batalla de Rocroi (1643). Aunque el sur de los Países Bajos siguió bajo dominio español hasta el final del conflicto, el precio fue enorme para el imperio.

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Rocroi, el último tercio, por Augusto Ferrer Dalmau.

La paz de Münster y el Tratado de Westfalia

En enero de 1648, en Münster, España reconoció la independencia de las Provincias Unidas del Norte, aunque mantuvo el control de las provincias católicas del sur. Meses después, en la Paz de Westfalia, se firmaron los acuerdos que pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años y a la Guerra de los 80 años. Nació una nueva Europa, donde la religión dejó de ser excusa para la guerra y surgieron nuevas dinámicas de poder.

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La Edad Moderna (siglos XV‑XVIII), Luis Ribot, Ed. Marcial Pons, 2016.

De Pavía a Rocroi, los Tercios españoles, Julio Albi de la Cuesta, Ed. Balkan Editores, 1999.