Un vistazo al círculo cántabro
Muchos conocen el cóctel de los Tercios, pero pocos saben que la maniobra de la que se inspira ya se usaba en la Antigüedad. En la Hispania que los romanos intentaron conquistar existía una táctica de caballería conocida como círculo cántabro, cuyo nombre proviene del territorio donde se originó.
El círculo en la Edad Moderna
En los siglos XVI‑XVII la táctica reapareció bajo la forma del cóctel. Se formaban varias filas de caballería; la primera avanzaba a trote, disparaba con pistolas y giraba a la izquierda para volver a su posición, cediendo el paso a la segunda fila, y así sucesivamente, creando un movimiento circular centrípeto. Para evitar que el arma se volviera inestable, la pistola se disparaba al revés, con la culata hacia arriba.
Aunque la efectividad era limitada por el corto alcance de las armas de fuego, la práctica perduró. En el siglo XVII el rey sueco Gustavo Adolfo II introdujo una variante: tras el primer disparo, los jinetes desenvainaban la espada y cargaban, mientras el resto de la unidad continuaba el avance sin volver a disparar. La maniobra fracasó contra los Tercios en Nördlingen.
Predecesores antiguos: la “carga del retreat”
Un antecedente más antiguo es la famosa carga del retreat, empleada por hunos, sármatas, arrianos, escitas, persas aqueménidas y partos. Sin pistolas, utilizaban arcos compuestos: simulaban una retirada para provocar que la infantería enemiga rompiera su formación, para luego girar en fuga y lanzar una lluvia de flechas a toda velocidad. La táctica quedó conocida en Occidente tras la derrota de Craso en la batalla de Carrhae.
Las guerras astur‑cántabras (siglo I a.C.)
En el siglo I a.C. el norte de la península se alzó contra Roma. Según el historiador romano Lucio Anneo Floro, en el 50 a.C. Cantabria y los astures –cuyos territorios abarcaban también partes de León, Zamora, Palencia y Burgos– permanecían independientes y habían servido como auxiliares en conflictos anteriores, como la Segunda Guerra Púnica y la guerra sertoriana.
En el 27 a.C. Augusto lanzó una campaña para frenar sus incursiones al sur, afianzar su prestigio y apoderarse de sus minas. En 26 a.C. abrió simbólicamente las puertas del templo de Jano, declarando la guerra, y se desplazó al castrum de Segisama (actual Sasamón, Burgos). Desde allí coordinó dos operaciones terrestres –una bajo Publio Carisio en Lusitania contra los astures y otra con cinco legiones bajo su propio mando en Cantabria– y una tercera vía marítima con la flota de Aquitania.
Los romanos vencieron en Amaya y el valle del Mave; los supervivientes se refugiaron en el monte Vindus, donde, según la leyenda, se inmolaron. Gayo Antistio Vetus sitió el castro de Aracillum, y la captura de Castro Urdiales marcó el fin de la resistencia organizada. Sin embargo, los combates continuaron hasta 19 a.C., cuando la región quedó pacificada, aunque pequeñas revueltas persistieron.
El círculo cántabro en la práctica romana
Una de las tácticas que perduró fue el llamado cántabro onslaught o pubes caterva, descrito por Silo Italicus: una carga en cuña de infantes con el líder al frente empuñando un hacha de doble filo. Gauleses, celtíberos y germanos empleaban formaciones similares, como el svinfylking de los escandinavos.
En la caballería, el círculo cántabro (también llamado cantabricus impulsus) consistía en dos grupos de jinetes que avanzaban a trote por flancos opuestos. Al acercarse a la muralla enemiga, giraban a la derecha (más fácil que a la izquierda) y lanzaban dardos mientras retrocedían, formando un movimiento circular continuo. Cada jinete llevaba una aljaba completa y podía lanzar entre quince y veinte dardos, aunque también utilizaba lanzas, flechas o piedras según la situación, obligando al enemigo a permanecer detrás de sus escudos.
El historiador y filósofo griego Lucio Flavio Arriano, que sirvió como cónsul y dirigió campañas contra los alanos, describió el círculo cántabro en su obra Ars Tactica, señalándolo como parte de los hippika gymnasia (ejercicios ecuestres). Inscripciones en San Vicente de Toranzo (Cantabria), Borobia (Soria) e Iol Cesarea (Argelia) corroboran su uso.
El emperador Adriano, admirador de Arriano, relató en su adlocutio a la Legio III Augusta de Lambaesis (Numidia) una variante llamada cantabricus densus: jinetes muy compactos que combinaban dardos, piedras y misiles, a veces acompañados por infantería ligera que lanzaba piedras con hondas. Así, los romanos adoptaron y adaptaron una técnica que originalmente había sido propia de sus enemigos.