Historia antigua

La masacre de mascotas en el Reino Unido al inicio de la Segunda Guerra Mundial

Una advertencia que se tornó tragedia

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Londres repartió un folleto instando a la población a trasladar a sus mascotas al campo. Cuando eso no era posible, se aconsejaba sacrificarlas para evitar que sufrieran hambre durante los años de racionamiento.

El resultado fue devastador: en apenas una semana murieron alrededor de setecientas mil mascotas, una cifra que supera al total de víctimas británicas en todo el conflicto.

El contexto de la guerra y la población civil

Los conflictos armados siempre han afectado a la población civil, no solo por los bombardeos, sino también por la escasez de recursos. En los últimos conflictos, los medios de comunicación han puesto de relieve que los animales también son víctimas, más allá de los caballos, perros o palomas que servían en los ejércitos.

El comité NARPAC

En el verano de 1939, cuando la amenaza de la guerra ya se sentía, se creó el NARPAC (National Air Raid Precautions Animals Committee). Era una extensión del conocido ARP (Air Raid Precautions), fundado en 1937 para proteger a los civiles durante los ataques aéreos.

El NARPAC organizó comités locales con voluntarios que actuaban como guardias, conductores de ambulancias y mensajeros, coordinándose con bomberos y policía. En 1941 ya vestían un uniforme azul; durante la guerra participaron un millón y medio de hombres y mujeres, de los cuales 131 000 lo hicieron a tiempo completo.

El folleto "Notice to Pet Owners"

Ese mismo verano, el comité distribuyó un panfleto titulado Notice to Pet Owners. En él se recomendaba trasladar a los animales a los pueblos, argumentando que la escasez de alimentos impediría alimentarlos en los próximos años. El texto decía:

«Si no puedes dejarlos al cuidado de los vecinos, lo más compasivo es destruirlos».

Cuando el 1 de septiembre de 1939 Alemania invadió Polonia, el Reino Unido declaró la guerra y la recomendación se convirtió en una realidad angustiosa.

La respuesta del público y de otras organizaciones

En los dos días siguientes, los veterinarios recibieron una avalancha de propietarios que buscaban cumplir la advertencia. El folleto incluía incluso un anuncio de una pistola de sacrificio de un solo disparo para usar en casa.

Organizaciones como la PDSA (People's Dispensary for Sick Animals) y la RSPCA (Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals) se opusieron rotundamente, denunciando la medida como excesiva y prematura.

Muchos dueños, sin embargo, optaron por abandonar a sus animales en la calle, lo que generó un problema adicional de animales callejeros. Años después se demostró que la escasez de alimentos no alcanzó los niveles catastróficos anunciados.

El refugio de Battersea Dogs and Cats

El refugio Battersea Dogs and Cats, fundado en 1860, recibió el apoyo de la Duquesa de Hamilton, quien recorrió Inglaterra y Escocia buscando hogares temporales. Con solo cuatro empleados, el refugio logró cuidar y alimentar a 145 000 mascotas durante la guerra, convirtiéndose en un oasis de compasión.

Resistencia y cambios de actitud

Algunos dueños desobedecieron al NARPAC y mantuvieron a sus animales, compartiendo raciones y comprando alimentos en el mercado negro. Sin embargo, en septiembre de 1940, cuando la Blitz de la Luftwaffe azotó Londres, el pánico volvió a generar una segunda ola de sacrificios. A pesar de la creciente oposición, el Royal Army Veterinary Corps defendió la utilidad de los perros en el esfuerzo bélico.

Se estima que hasta 6 000 perros fueron entregados al ejército y sacrificados; incluso el MI5 intervino para impedir que la medida se extendiera indiscriminadamente.

El legado olvidado

Los animales del Zoológico de Londres también fueron víctimas, y la prensa de la época publicó numerosos obituarios de mascotas, aunque la sociedad británica prefirió olvidar este episodio. Sólo recientemente se erigió un monumento en Hyde Park en honor a los animales caídos, con la inscripción: "No tuvieron elección".

Como señala la historiadora Hilda Kean, "a la primera señal de guerra la gente se dispuso a matar a los gatitos", un recuerdo que aún duele y que rara vez se menciona en la memoria colectiva.