Un continente desconocido hasta el siglo XIX
Aunque gran parte de África permaneció desconocida para la mayor parte del mundo hasta la segunda mitad del siglo XIX, no faltaron intentos de exploración desde la Antigüedad. Entre los relatos más antiguos se encuentran la expedición de Nerón a Etiopía y varias cruzadas romanas por el Sahel, pero la más famosa es, sin duda, la navegada egipcio‑fenicia que, según Heródoto, dio la vuelta al continente.
El impulsor de la hazaña: Necho II
El faraón Necho II (610‑595 a.C.), último gobernante de la dinastía XXVI, había consolidado su poder tras vencer al Reino de Judá y enfrentar a los babilonios. Con el control de la franja sirio‑palestina, también tenía bajo su influencia a Fenicia, cuyo arte de la navegación y la construcción naval era incomparable en la época. Necho decidió aprovechar ese know‑how para financiar una expedición que buscaba una ruta marítima que conectara el este y el oeste del mundo, facilitando el comercio.
Antes de embarcarse en la circunnavegación, el faraón había retomado la obra de un canal que unía el Mediterráneo con el Mar Rojo, proyecto iniciado bajo Ramsés II y abandonado por errores de cálculo. Necho volvió a enlazar el lago Timsah con los Lagartos Ácidos, pero detuvo la obra cuando se advirtió que podría servir a invasores extranjeros. Esa experiencia lo llevó a pensar que, si la ruta artificial no era viable, quizá una ruta natural por el sur podría cumplir sus objetivos económicos y estratégicos.
El relato de Heródoto
Heródoto, en el libro Melpomene de sus Nueve Libros de Historia, es la única fuente que menciona esta expedición. Describe al faraón como “el que quiso rodear África” y narra la travesía con un tono que combina asombro y escepticismo.

Ruta propuesta según el historiador griego
Según Heródoto, la flota partió del Nilo en verano, cruzó el Mar Rojo (denominado por él el "Golfo de Arabia") aprovechando el viento del norte y dejando atrás el Cuerno de África. Los fenicios, a bordo de los barcos egipcios, siguieron la costa este del continente, impulsados por el monzón del noreste que soplaba en otoño.
Al cruzar el ecuador, la corriente cálida conocida como "Needle Current" les facilitó la travesía del Canal de Mozambique, permitiendo rodear el Cabo de Buena Esperanza y entrar en el Atlántico bajo los vientos alisios del sureste.

Tras varios meses, la flota ancló probablemente en la Bahía de Santa Elena (actual Sudáfrica) para reparar los barcos. Tras el mantenimiento, continuó su marcha durante dos años más, aprovechando la Corriente de Benguela y los vientos alisios para avanzar hacia el norte.
Al llegar al Golfo de Guinea, la corriente de Guinea los ayudó a seguir la costa occidental, aunque en primavera los vientos del noreste y la corriente de las Islas Canarias dificultaron la navegación, lo que, según algunos expertos, habría limitado el avance hasta el Cabo Bojador (Sáhara Occidental).
Posibles desenlaces
Hay varias teorías sobre el destino final de la expedición:
- Los navegantes podrían haber abandonado el mar y continuado por tierra, siguiendo las rutas comerciales fenicias que conectaban sus colonias del norte de África (Cartago, Tánger, Mogador, Lixus, etc.) hasta regresar a Egipto.
- Alternativamente, podrían haber usado remos para alcanzar la Bahía de Arguin (Mauritania), donde habrían reparado los barcos y sembrado de nuevo, entrando en contacto con los bereberes y descubriendo el oro de la región de Bambuque.
En cualquier caso, Heródoto relata que la flota cruzó los «Pilares de Hércules» (el Estrecho de Gibraltar) y, después de pasar por ciudades fenicias como Gadir (Cádiz) y Malaca (Málaga), regresó a Egipto al final del verano, completando el viaje en tres años.

Valor histórico del relato
El detalle de que los navegantes veían el sol del mediodía al norte durante la travesía atlántica respalda la credibilidad del relato, aunque Heródoto mostraba escepticismo porque aún no se conocía la esfericidad de la Tierra. No fue sino hasta Eratóstenes, dos siglos después, que se calculó la circunferencia terrestre y se comprendió la verdadera extensión de África.
Los navegantes portugueses del siglo XV demostraron que el extremo sur del continente estaba bajo el Trópico de Capricornio, confirmando la visión de Ptolomeo sobre la inmensidad del continente y, finalmente, validando la posible circunnavegación descrita por Heródoto.