Historia antigua

Los pignora imperii: los siete objetos que aseguraron el dominio de Roma

Pignora imperii es una expresión latina que se traduce aproximadamente como “objetos del imperio”. Según la tradición romana, estos objetos poseían un poder simbólico que, en conjunto, garantizaba la supremacía de Roma sobre los pueblos del mundo y su continuidad histórica.

Los autores antiguos citan diferentes cantidades, pero la lista más aceptada es la que presentó Mauro Servio Honorato a finales del siglo IV en su comentario a Virgilio, In tria Virgilii Opera Expositio, donde enumera siete objetos.

Los pignora imperii: los siete objetos que aseguraron el dominio de Roma

Algunos autores añaden el fuego sagrado de Vesta, que debía mantenerse siempre encendido por las vestales. La llama, única representación visible de la diosa, era un mal presagio si se extinguía. La historia de Celia Concordia, la última vestal de Roma, está vinculada al cierre del templo por Teodosio alrededor del 394 d.C.

Curiosamente, tres de los siete objetos son completamente ficticios y no aparecen en ninguna otra fuente como pignora imperii: las cenizas de Orestes, el cetro de Príamo y el velo de Iliona. Los otros cuatro aparecen en la literatura romana, aunque sus testimonios se perdieron y no hay pruebas arqueológicas de su existencia.

Alan Cameron sugiere que la lista pudo haber sido creada por Marco Terencio Varrón, quien estaba fascinado con el número siete. Ese número tenía gran significado en Roma: las siete colinas fundacionales, los siete reyes de la monarquía y el número de testigos requeridos en ciertos actos legales.

Los pignora imperii: los siete objetos que aseguraron el dominio de Roma

En cualquier caso, los objetos provienen de los albores de la ciudad o de sus mitos fundacionales, pero no fueron reunidos simultáneamente.

Se pueden distinguir tres grupos:

  • Un primer conjunto de tres objetos de origen troyano, traídos por los troyanos que acompañaron a Eneas.
  • Un segundo grupo con procedencias griega, sabina y etrusca.
  • Un último objeto, la piedra de Cibeles o Madre de los Dioses, introducida por el Senado en época histórica para cumplir una profecía de los Libros Sibilinos.

Cetro de Príamo

Según la tradición, después de la caída de Troya, el cetro real habría sido rescatado de las llamas y llevado a la Lacio por Ilión, en nombre de Eneas, como símbolo de paz y alianza. Si existió, probablemente se guardó en el Palatino.

Velo de Iliona

Iliona, la hija mayor de Príamo y Hécuba, fue esposa del rey tracio Polimestor. El velo, tejido con acanto y regalo de Leda a Helena en su boda, habría sido llevado a Roma por los refugiados troyanos tras la muerte de Iliona.

Palladión

El tercer objeto troyano era una estatua de madera de aproximadamente un metro y medio de altura, que representaba a la diosa Atenea o a su compañera de infancia, Palas. Se decía que Troya era inexpugnable mientras el Palladión permanecía en la ciudad; fue robado por Diomedes y Ulises durante la guerra, o una copia fue sustraída y la original llegó a Italia con Eneas, según Pausanias.

Los romanos creían que el Palladión estaba guardado en el templo de Vesta, donde el rey Numa Pompilio lo había colocado. Sólo la Vestal Máxima conocía su ubicación y nadie podía contemplarlo.

Cenizas de Orestes

Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, habría sido enterrado en Esparta tras morir por una mordedura de serpiente en Arcadia. Una versión alternativa dice que su hermana Ifigenia lo incineró y sus cenizas fueron depositadas en el bosque de Aricia, cerca de Roma, para ser guardadas en el templo del Júpiter Capitolino.

Ancilia o escudos sagrados

Los pignora imperii: los siete objetos que aseguraron el dominio de Roma

Se trataba de doce escudos ovales de bronce con muescas en ambos lados, custodios del templo de Marte bajo la vigilancia de los sacerdotes salios.

La leyenda narra que uno de ellos fue forjado por el propio Marte y cayó del cielo, o fue entregado al rey Numa Pompilio bajo la condición de que, mientras permaneciera en Roma, la ciudad dominaría el mundo. Para evitar su robo, Numa mandó reproducir once copias idénticas, elaboradas por el herrero Veterio Mamurio, de tal calidad que resultaba imposible distinguirlas del original. Cada año, durante el mes de marzo, los doce escudos eran sacados en procesión durante tres días.

Cuñac de terracota de Veii

Cuando el último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio, construyó el templo del Júpiter Capitolino a finales del siglo VI a.C., encargó al escultor etrusco Vulca, de Veii, la creación de una cuñac de terracota que representara la carroza del dios.

Según la tradición, mientras se cocía en el horno la pieza se hinchó tanto que tuvo que ser destruida antes de sacarla, lo que se interpretó como un augurio de prosperidad. La cuadriga quedó en la parte superior del frontón del templo y, en el 296 a.C., fue reemplazada por una copia de bronce financiada por los hermanos Ógulnios.

Piedra negra de Cibeles, la Madre de los Dioses

Los pignora imperii: los siete objetos que aseguraron el dominio de Roma

En el 205 a.C., durante la Segunda Guerra Púnica, los romanos consultaron los Libros Sibilinos y recibieron la indicación de viajar a la ciudad anatolia de Pesinunte para obtener una piedra negra venerada en un santuario hitita. Probablemente se trataba de un betilo, es decir, un fragmento de meteorito.

La piedra fue trasladada a Roma y vinculada al culto de la Gran Madre de los Dioses (Cibeles), a quien se erigió un templo en el Palatino. El cristiano Arnobio, del siglo IV d.C., asegura haberla visto aún colocada sobre la cabeza de la estatua de la diosa en el templo romano.

¿Qué ocurrió con los pignora imperii?

Los pignora imperii: los siete objetos que aseguraron el dominio de Roma

Como ya se señaló, tres de los objetos nunca existieron fuera de la literatura. Los cuatro restantes –la piedra negra de la Madre de los Dioses, el cuñac de terracota de Veii, el Palladión y las ancilia– desaparecieron de la historia y nunca fueron recuperados. El cuñac probablemente se perdió en los incendios que devastaron el templo de Júpiter, reconstruido varias veces.

Fuentes tardías indican que, al menos, la piedra y el Palladión pudieron haber sido trasladados por Constantino a su nueva capital, Constantinopla. Una tradición afirma que el Palladión quedó depositado dentro de la Columna de Constantino, que aún se conserva a 35 metros de altura en su ubicación original.