Historia antigua

Las crueles torturas de la Inquisición

Las crueles torturas de la Inquisición

Por Rainer Sousa

Contexto histórico

Entre la Edad Media y la Moderna, la Iglesia estableció una persecución sistemática contra quienes representaban una amenaza a la hegemonía del cristianismo católico. Para ello creó la Corte de la Santa Inquisición, encargada de investigar a sospechosos de herejía. Los inquisidores contaban con el apoyo de tropas gubernamentales para ejecutar procesos que determinaban la culpabilidad de los acusados.

Con frecuencia, aun sin pruebas contundentes, una persona podía ser acusada de transgredir la fe católica y ser obligada a comparecer ante el tribunal. Si el acusado no confesaba rápidamente, los encargados del proceso ordenaban su arresto y lo sometían a torturas extremas destinadas a forzar una confesión completa.

Motivaciones teológicas

Para muchos observadores, la práctica de la tortura parece reflejar simplemente la crueldad y falta de respeto de los clérigos involucrados. Sin embargo, dentro del marco mental de la época, esas torturas también estaban sustentadas por concepciones teológicas que los inquisidores aceptaban como legítimas.

Instrumentos de tortura

El “colt”

Uno de los métodos más conocidos consistía en colocar al acusado sobre una cama de listones, atar sus extremidades con cuerdas y enrollar una barra de metal o madera alrededor de ellas hasta causarle heridas. Las marcas dejadas por este proceso servían como evidencia y, por ello, se aplicaba pocas semanas antes de la sentencia final.

La rueda

El instrumento más temido era la rueda. La víctima era atada al exterior de una rueda situada bajo una brasero. El calor y las quemaduras se intensificaban a medida que la rueda giraba sobre el fuego. En algunas variantes, se sustituía el fuego por hierros puntiagudos que laceraban al acusado. Este método era particularmente usado por inquisidores alemanes e ingleses.

El péndulo y el palo

En el “péndulo”, los tibios y muñecas del acusado se ataban a cuerdas integradas en un sistema de poleas; el cuerpo se elevaba y luego se soltaba bruscamente, provocando golpes que podían desmembrar o dejar al reo lisiado. En la modalidad conocida como “palo”, la víctima también era atada y sus extremidades eran estiradas violentamente.

La tortura del agua

Otra técnica consistía en sujetar al acusado boca arriba sobre una mesa estrecha. Se introducía un embudo en su boca y se vertían varios litros de agua por la garganta. En ocasiones, se introducían trapos empapados, provocando asfixia y una sensación de ahogo insoportable.

Conclusión

Los horrores de estos métodos de confesión horrorizaban a la población, pero los valores y la cultura de la época los consideraban un medio necesario para la salvación de los que se desviaban del dogma. No era casual que muchos de los interrogatorios contaran con la presencia de médicos, cuya función era asegurarse de que el torturado no muriera antes de recibir el castigo definitivo.

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