La impaciencia del cónsul Tito Semprónio Longo
Tras la victoria sobre el ejército enemigo, el cónsul Tito Semprónio Longo se llenó de una alegría desbordante. El triunfo le permitió revivir el ánimo de sus tropas, que, salvo el enfermo Cornelio, clamaban de inmediato por la batalla.
El otro cónsul, aún dolorido por su herida, temía el choque y las jabalinas enemigas. Sin embargo, Longo no aceptó que la prudencia retardara la ofensiva. «¿Por qué perder tiempo? ¿Esperamos a un tercer cónsul o a otro ejército? Los cartagineses ya acamapan en Italia, a escasa distancia de Roma.»
En su discurso, pronunciado al lado del enfermo y repetido en su propia tienda, el cónsul recordó a los antepasados que habían luchado bajo las murallas de Cartago. No podía permitir que el enemigo dominara la tierra entre los Alpes y los Apeninos mientras él permanecía inactivo.
Impulsado tanto por la cercanía de la comitia, que podría entregar la guerra a nuevos cónsules, como por el deseo de atribuirse toda la gloria, Longo ordenó a sus soldados prepararse para el combate sin demora, pese a las súplicas de Cornelio.
Hannibal, que había calculado que la prudencia era la mejor estrategia para sus tropas, observó con sorpresa la precipitación romana. Convencido de que la fama y la ira del cónsul lo habían llevado a actuar imprudentemente, vio una oportunidad para asestar un golpe decisivo.
Para evitar que los romanos escaparan, el general cartaginés redobló la vigilancia y buscó un terreno propicio para una emboscada, sabiendo que el ejército romano estaba poco entrenado y que su mejor general estaba incapacitado por la herida.
Con la esperanza de que los galos, cansados de la campaña lejos de su patria, se mostraran reacios a seguir, Aníbal preparó su trampa mientras los romanos se disponían a la batalla.