Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (París, 2 febrero 1754 – París, 17 mayo 1838) fue uno de los políticos y diplomáticos más influyentes de Francia. A pesar de su cojera, llegó a ocupar cargos de máxima responsabilidad: agente general del clero bajo el Antiguo Régimen, diputado y embajador durante la Revolución, ministro de Relaciones Exteriores bajo el Directorio, el Consulado y el Primer Imperio, y presidente del Consejo de Ministros durante la Restauración.
Origen y juventud
Procedía de una familia noble que remontaba su linaje al siglo IX. Sus padres, el conde Charles‑Daniel de Talleyrand‑Périgord y Alexandrine de Damas d'Autigny, lo enviaron a la escuela de Harcourt y, después, al seminario de Saint‑Sulpice. Un accidente que le dejó con una deformidad en el pie le impidió seguir una carrera militar y lo encaminó al clero, aunque siempre mantuvo una vida disoluta.
Carrera eclesiástica
Ordenado sacerdote en 1775, se convirtió en obispo de Autun en 1789. Durante la Asamblea Nacional propuso la confiscación de los bienes eclesiásticos para financiar al Estado y apoyó la ciudadanía para los judíos. En 1790 tomó el juramento a la Constitución civil del clero y renunció a su dignidad episcopal, convirtiéndose en uno de los principales arquitectos de la separación Iglesia‑Estado.
Participación en la Revolución
Fue elegido diputado del clero a los Estados Generales y se alineó con el Tercer Estado. Redactó el artículo VI de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y propuso la celebración de la Fiesta de la Federación (14 julio 1790). Tras la radicalización de la Revolución, se exilió en Londres y, más tarde, en los Estados Unidos, donde trabajó como agente inmobiliario.
Periodo napoleónico
Regresó a Francia en 1797 y fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores por el Directorio. Mantuvo una estrecha correspondencia con Napoleón Bonaparte, negociando tratados como los de Campo‑Formio (1797) y Tilsit (1807). Aunque apoyó la coronación de Napoleón (1804) y ocupó el cargo de Gran Canciller, criticó discretamente la política expansionista del Emperador, lo que le valió el desprecio de los bonapartistas.
Restauración y Congreso de Viena
Tras la caída de Napoleón, jugó un papel clave en la entrega de París a los aliados y en la restauración de Luis XVIII. Fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores y representó a Francia en el Congreso de Viena (1814‑1815), donde, a pesar de la exclusión inicial, logró mitigar las sanciones contra Francia y preservar gran parte de sus conquistas.
Monarquía de Julio
Durante la Monarquía de Julio (1830‑1848) sirvió como embajador en Londres, defendiendo la neutralidad británica y contribuyendo a la independencia de Bélgica. Su diplomacia refinada le granjeó elogios en la capital inglesa, aunque en Francia siguió siendo objeto de críticas y de la calumnia de "el diablo cojo".
Últimos años y muerte
Se retiró a su castillo de Valençay en 1834, donde recibió a figuras como Honoré de Balzac y finalizó sus memorias. En sus últimos momentos volvió a los ritos religiosos y, cuatro horas antes de fallecer, firmó su retractación, recibiendo la extremaunción. Murió el 17 mayo 1838 a los 84 años. Sus restos descansan en la capilla familiar de Valençay.
Valoración histórica
Contemporáneos como Flaubert, Balzac, Lamartine o Napoleón lo describieron con extremos opuestos, desde genio político hasta traidor. Desde el siglo XX, la historiografía ha tendido a una reevaluación que destaca su capacidad para servir a los intereses de Francia, pese a sus contradicciones morales y su pragmatismo oportunista.
