Historia antigua

Las últimas redadas aéreas

Para olvidar la inquietante sombra de una guerra terrible que se cierne como una marca de agua en el cielo, nos apasionan las últimas redadas aéreas.

El tour mundial de Howard Hughes

Howard Hughes, a bordo de su Lockheed‑14, culminó el tour mundial acompañado de cuatro compañeros. Aterrizó en Le Bourget el 12 de julio de 1938, apareció ante los fotógrafos sin afeitar y de aspecto taciturno, para después retomar el vuelo y completar su travesía en setenta y tres horas, cinco años después de la hazaña del pirómano Wiley Post.

Los pioneros japoneses en Londres

Los aviadores japoneses Ihinouma y Tsukakushi llegaron a Londres desde Tokio. Con una leve inclinación de la cabeza y una encantadora sonrisa asiática, respondieron a los vítores de la multitud que admiraba que aquel vuelo se desarrollara bajo el signo de la poesía. El aparato había sido bautizado “Vent‑de‑Dieu”: Kamikaze, nombre que los marineros estadounidenses apreciarían menos durante la guerra del Pacífico.

Visitas soviéticas a América

En 1937 los soviéticos visitaron los Estados Unidos. Tras abandonar México, Tchkalov y sus acompañantes aterrizaron en Portland el 20 de junio; el 4 de julio, Gromov alcanzó California. Ambas tripulaciones tomaron la ruta del polo, abriendo así una nueva vía para la aviación comercial.

El sueño de la aviación popular en Francia

Los jóvenes, con los ojos brillantes, contemplaban a los héroes del día y soñaban con respirar aire fresco. Desafortunadamente, la industria aeronáutica se concentraba en la aviación militar y de transporte; los aviones turísticos eran escasos y costosos.

En Francia, sin embargo, surgió una esperanza en 1934. Apareció en los cielos los domingos una aeronave inusual, con el ala dividida en dos partes. La primera, móvil, era manejada por el piloto, quien garantizaba instintivamente la estabilidad del avión, cuya envergadura era de 6 m y la longitud de 3,50 m. El inventor, Henri Mignet, la llamó “Pou‑du‑Ciel”.

Entusiasmo y tragedia

Al principio observamos el extraño insecto con diversión, luego con curiosidad y, finalmente, con entusiasmo. Se podía volar sin largas y costosas lecciones y, sobre todo, era económico: entre 6 000 y 8 000 francos, e incluso se podía construir con madera y contrachapado.

Todos celebraban la llegada de la aviación popular. En los jardines de los suburbios se ensamblaba el “Pou‑du‑Ciel”. Los domingos se dejaban motos y tandems para volar. Cuando no se lograba despegar, era por la delicadeza del desarrollo; aunque el manejo era, en principio, sencillo, requería algo de experiencia. Pero al lograrlo, la sensación era de alegría y delirio: la verdadera libertad del aire.

De pronto, la preocupación surgió entre los pilotos aficionados. Un “pérdida del cielo” ocurría sin causa aparente, y luego otro. En menos de un año se contabilizaron once víctimas. No se podía culpar al error humano; la culpa recaía en el diseño del aparato. El gobierno tuvo que prohibir el uso del “Pou‑du‑Ciel”. El hermoso sueño duró apenas dos años.

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