La Guerra Civil como laboratorio aéreo
Los avances de la aviación del Eje preocupaban a los analistas militares. Tanto Hitler como Mussolini contaban con cazas y bombarderos cuya potencia y eficiencia podrían ser decisivas en un conflicto futuro. En julio de 1936 estalló la guerra en España y, poco a poco, el país se convirtió en un sangriento banco de pruebas para aviones alemanes, italianos, soviéticos y franceses.
Los observadores evaluaban, con mirada fría, maniobrabilidad, potencia de fuego, velocidad y autonomía de cada modelo. El Fiat CR‑32 resultaba ágil pero lento. El trimotor Savoia S‑81 hacía maravillas contra la infantería, mientras que el Savoia S‑79, con su gran velocidad y alcance, era idóneo para misiones de largo recorrido. Los Polikarpov resultaban robustos, el Dewoitine D‑371 se consideraba el mejor francés y el Nieuport‑52 mostraba un diseño anticuado. En la cima de la lista estaban los alemanes, con el Messerschmitt 109 y el temido Stuka Ju‑87.
Potencias ausentes y sus promesas
Gran Bretaña y Estados Unidos no participaban directamente en esta extraña competición, aunque ambos fabricaban aparatos formidables. Los estadounidenses alineaban sus cazas Curtiss y sus bombarderos Boeing; los británicos contaban con los excelentes Hurricanes y Spitfires, así como con los bombarderos Whitley, Wellesley y Wellington.
Por su parte, la URSS, durante los desfiles del 1.º de mayo, reveló que estaba construyendo modernos bombarderos de cuatro motores y aviones diseñados para sus divisiones de paracaidistas. Sin embargo, durante los grandes ejercicios, al desplegarse las cúpulas blancas de estos últimos, algunos expertos militares encogían los hombros y decían: “Serán abatidos por ametralladoras enemigas antes de tocar tierra”.