
Introducción
Enrique V nació el 9 de agosto (según algunas fuentes) o el 16 de septiembre de 1387 en Monmouth, Gales, y falleció el 31 de agosto de 1422 en el Château de Vincennes, Francia. Fue duque de Cornualles y de Lancaster y gobernó como rey de Inglaterra entre 1413 y 1422, convirtiéndose en el segundo monarca de la Casa de Lancaster que sucedió a los Plantagenet.
Juventud
Cuando su padre, Enrique IV, fue exiliado en 1398, Ricardo II lo acogió y le brindó protección. Al año siguiente la Revolución Lancastriana obligó al joven príncipe a asumir responsabilidades como heredero del trono. Desde octubre de 1400 se le encargó la administración de Gales y, en 1403, a los 16 años, dirigió al ejército inglés contra Harry Hotspur en la batalla de Shrewsbury. En ese combate recibió una flecha en la cara; el médico real diseñó un instrumento especial para extraerla sin dañar más tejidos, y el príncipe quedó con una cicatriz permanente que recordaba su experiencia bélica.
Participación en el gobierno y conflicto con Enrique IV
La revuelta galesa liderada por Owain Glyndwr ocupó a Enrique hasta 1408. A partir de 1410, ante la grave enfermedad de su padre, el príncipe empezó a ejercer una influencia política significativa, apoyado por sus tíos, los hermanos Beaufort. Sin embargo, sus ideas sobre política interior y exterior diferían de las de Enrique IV, quien lo apartó del consejo en noviembre de 1411. El enfrentamiento fue esencialmente político; los Beaufort presionaban por la abdicación del rey, mientras que sus adversarios intentaban desacreditar al príncipe. La tradición de un joven rebelde, inmortalizada por Shakespeare, carece de fundamento histórico.
Reinado como rey de Inglaterra
Acceso al trono
Enrique V sucedió a su padre el 20 de marzo de 1413. Sin rivales peligrosos, pudo centrarse en tres prioridades: restaurar la paz interna, sanar el cisma de la Iglesia y devolver a Inglaterra el prestigio internacional.
Para lograrlo, buscó la unidad nacional, concedió honores a Ricardo II, restauró títulos y propiedades a la nobleza desplazada y sofocó la amenaza lollarda (enero de 1414). Un complot en junio de 1415, que involucró a Mortimer, Scrope y el conde de Cambridge, fue frustrado, consolidando su posición.
Política exterior
Con la paz interna asegurada, Enrique dirigió su atención a Francia. Aunque algunos historiadores posteriores sugieren que la Iglesia lo impulsó a la guerra para distraer al país, la realidad fue que los conflictos comerciales y el apoyo francés a la revuelta galesa sirvieron como pretexto. La campaña de 1415 culminó en la victoria de Agincourt (25 octubre 1415), seguida de dos años de preparación.
El dominio marítimo se reforzó al expulsar a los genoveses, aliados de Francia, del Canal de la Mancha. El tratado de Canterbury facilitó la resolución del cisma papal, y el emperador Sigismundo se alejó de la esfera francesa. En 1417 se reanudó la guerra a gran escala: la Baja Normandía cayó rápidamente, Rouen fue sitiada y, en enero de 1419, la ciudad cayó en manos inglesas, convirtiéndose en la nueva sede del gobierno inglés en la región.
En 1420, tras intensas negociaciones con Carlos VI, se firmó el Tratado de Troyes, que reconoció a Enrique V como regente y heredero del trono francés. Ese mismo año contrajo matrimonio con Catalina de Valois, hija del rey francés, y engendró al futuro Enrique VI.
Fin del reinado
Enrique V alcanzó la cúspide de su poder y, junto a Sigismundo, participó en la solución del Gran Cisma al favorecer la elección del papa Martín V. Sus ambiciones incluían liderar una nueva cruzada y consolidar su posición como protector de la cristiandad.
Sin embargo, la muerte súbita de su hermano, el duque de Clarence, en la batalla de Baugé (1421), y una serie de campañas desgastantes —el asedio a Dreux y el duro invierno en Meaux— deterioraron su salud. El 31 de agosto de 1422 murió de disentería en Vincennes, dos meses antes que su suegro Carlos VI, impidiéndole ser coronado rey de Francia.
Evaluación del reinado
Enrique V es recordado sobre todo por sus brillantes campañas militares, pero también mostró visión política adelantada a su época: buscó un gobierno central fuerte respaldado por el parlamento, reformas eclesiásticas moderadas, desarrollo comercial y la restauración del prestigio nacional. Su capacidad de liderazgo era tan central que, tras su muerte, Inglaterra careció de un sucesor capaz de mantener la misma dirección en la guerra y la diplomacia.
Funeral
El rey fue enterrado en la Abadía de Westminster. Su tumba conserva, entre otros objetos, el escudo, el yelmo y la silla de montar que formaban parte del equipamiento funerario original. Su hijo, Enrique VI, le sucedió en el trono.