
Contexto y motivaciones
En contraste con muchos cristianos pacíficos y prudentes, Luis IX, rey de Francia, se aferró a la ya algo anticuada idea de la cruzada. Cuando el asunto involucraba al Oriente, mostraba una faceta beligerante, prodigiosa y fácilmente manipulable.
La Séptima Cruzada (1248‑1254)
Tras una enfermedad en 1244, Luis tomó la cruz, aunque la cruzada no partió hasta agosto de 1248, cuatro años después de la preparación. La expedición zarpó de Aigues‑Mortes, dejando la regencia del reino en manos de Blanca de Castilla.
El objetivo era Egipto, entonces controlador de los Lugares Santos. Tras pasar el invierno en Chipre, la flota francesa capturó Damieta en junio de 1249. Sin embargo, los cruzados rechazaron la oferta del sultán de devolver Jerusalén a cambio de su retirada y avanzaron hacia El Cairo.
Lograron cruzar el Nilo en la ribera este en Mansura, pero la campaña se vio obstaculizada por una epidemia y constantes ataques egipcios. En abril de 1250 se vieron obligados a capitular, marcando una de las mayores derrotas cristianas en la zona.
Retiro a Siria y reconstrucción
Aunque la derrota fue severa, Luis no se desanimó. Tras su liberación personal a cambio de Damieta, permaneció en Siria de mayo de 1250 a abril de 1254, reforzando y fortificando las ciudades cruzadas de Acre, Jaffa, Cesarea y Sidón, y rescatando a numerosos cautivos.
La muerte de Blanca de Castilla en noviembre de 1252 lo impulsó a regresar a Francia, aunque conservó la intención de volver a la guerra santa.
La Octava Cruzada (1270)
En marzo de 1267 Luis formuló un nuevo plan de cruzada que, a diferencia de la anterior, no generó entusiasmo entre la nobleza francesa. Finalmente, bajo la influencia de su hermano Carlos de Anjou, rey de Sicilia, decidió atacar Túnez como demostración de fuerza.
La expedición partió de Aigues‑Mortes el 1 de julio de 1270 y llegó a Cartago diecisiete días después. Tras un mes de campaña, el ejército francés se desintegró bajo el sol abrasador y una epidemia de peste. Cuando Carlos llegó con refuerzos el 25 de agosto, Luis IX ya había sucumbido a la enfermedad.
Legado
La santidad de Luis IX quedó aún más consolidada tras su muerte; el papa Bonifacio VIII proclamó su canonización en 1297, otorgándole al trono capeto un prestigio incomparable.