Recreación de una aldea que muestra las distintas actividades que marcaban la vida de hombres y mujeres en el período Neolítico • AKG-IMAGES / ULLSTEIN BILD
Al amanecer del VIe milenio a.C., hace unos 8.000 años, Europa cerró un capítulo decisivo de su historia: la era de los cazadores‑recolectores. A partir de entonces se inició una nueva fase, marcada por un modo de vida sin precedentes que resonó hasta el siglo XXI. La agricultura echó raíces, nacieron los primeros campesinos y, con ellos, nuevas categorías sociales, técnicas, usos del espacio y valores. Ese momento marca el inicio de la protohistoria y su primera etapa, el Neolítico.
Al referirnos a este cambio a veces utilizamos el término “Antropoceno”, época en la que el ser humano (anthropos en griego) busca dominar su entorno y, en última instancia, el planeta. La transición no fue instantánea; en Europa se extendió, de forma lenta y irregular, a lo largo de casi dos milenios. Dentro del fenómeno global, el Neolítico europeo ocupa una posición particular por razones historiográficas y metodológicas, no porque fuera más importante que en otras regiones.
El nacimiento de un concepto
El vocablo “Neolítico” surgió en 1865 en la pluma del arqueólogo británico John Lubbock, quien buscaba refinar la clasificación tradicional de Edad de Piedra, Edad del Bronce y Edad del Hierro. Propuso distinguir entre la piedra antigua del “Paleolítico” y la nueva del “Neolítico”.
En 1889, el francés Émile Cartailhac popularizó la idea de una “revolución” neolítica, y en 1925 el australiano Vere Gordon Childe la difundió ampliamente en su obra The Dawn of European Civilization. Tras más de 150 años de investigación, el Neolítico europeo sigue siendo el periodo más estudiado y mejor comprendido.
El Neolítico europeo tiene sus raíces en el Cercano Oriente, donde se estableció un modelo único: sedentarización de poblaciones cazadoras‑recolectoras, desarrollo de la agricultura (domesticación de plantas y animales) e invención de la cerámica.
En el Levante, los natufianos iniciaron este proceso en el XIth milenio a.C., construyendo casas circulares en aldeas. Desde alrededor de 9500 a.C., en la fase conocida como Pre-Pottery Neolithic A (PPNA) se domesticaron plantas, y poco después, en la Pre-Pottery Neolithic B (PPNB), animales.
Al comienzo del VIIe milenio, los cambios climáticos provocaron el abandono de grandes asentamientos y dieron paso al “Neolítico Cerámico”, con la invención de la alfarería. Así se completó la neolitización del Oriente Próximo.
Trigo, carne y cerámica
En Europa el proceso siguió una dinámica bien conocida. Chipre recibió ya en la fase PPNA los primeros cultivos y animales domesticados: trigo, vacuno, oveja, cabra y cerdo, a los que se sumaron perros y gatos.
Desde Turquía, en el VIIth milenio a.C., una corriente migratoria alcanzó Grecia y los Balcanes. La teoría dominante hoy sostiene que se exportó el “kit” completo: poblaciones sedentarias con animales y plantas domesticados, cerámica, herramientas y técnicas agrícolas. En los Balcanes la neolitización fue rápida; allí ya aparecen innovaciones como la metalurgia en el Ve milenio a.C., evidenciada en la necrópolis de Varna (actual Bulgaria).
La corriente migratoria se bifurcó en dos ondas principales. La primera, de carácter norte‑continental, llegó al extremo occidental de Eurasia a finales del VIth milenio a.C. y se conoce como la cultura “Rubané”, por la decoración de cintas en sus cerámicas. Posteriormente, una segunda oleada se extendió por el norte y noroeste de Europa (Islas Británicas, Escandinavia) en el Ve milenio a.C., dejando asentamientos de gran tamaño y necrópolis extensas.
La segunda ola, de origen meridional, dependía de rutas marítimas en un Mediterráneo cuyo nivel estaba unos 15 m más bajo. Llegó a la Península Ibérica y al estrecho de Gibraltar a mediados del VIth milenio a.C., trayendo la cerámica “impresa” o cardial, cuyo adorno se hacía con la concha Cardium edule.
En Francia, ambas corrientes convergieron en el Vth milenio a.C., durante el llamado periodo “Chasséen” (‑4800 – ‑3500 aprox.). De allí surgieron grandes diversidades regionales que persistieron hasta el IIIth milenio a.C., cuando la cultura “Campaniforme” (Bell Beaker) introdujo una nueva homogeneidad en gran parte del continente.
Los territorios receptores no estaban deshabitados. El encuentro entre poblaciones autóctonas y neolitizadas no siempre fue pacífico; el modelo neolitico no se aceptó automáticamente como progreso. En la costa del Báltico, los cazadores‑recolectores de la cultura Ertebølle adoptaron algunas prácticas ganaderas, pero tardaron en incorporar la agricultura. Recientes hallazgos de masacres indican que la violencia también formó parte del proceso.
Porridge de cereales con avellanas
Cuatro mamíferos domesticados acompañaron la vida de los primeros agricultores, en proporciones variables según la región y la época: oveja y cabra, importadas del Oriente Próximo (Ovis orientalis y Capra aegagrus); buey y cerdo, traídos por los colonos pero con ancestros silvestres locales (aurochs y jabalí). Estos animales se utilizaban para carne, leche, tracción, pieles y huesos trabajados.
Los animales salvajes siguieron presentes, sobre todo en los Alpes y zonas boscosas. La dieta vegetal se centraba en cereales como espelta y emmer (trigo “rústico”), trigo desnudo y cebada, complementados con legumbres (guisantes, lentejas, altramuces) y semillas de amapola.
El lino se cultivó a partir del Ve milenio a.C. para la producción textil. Los cereales se consumían en forma de gachas o tortitas, acompañados de frutas silvestres como endrinas, manzanas, peras, bayas de saúco y avellanas. En el yacimiento de La Marmotta, al norte de Roma, se halló el primer pan europeo conocido, datado alrededor del 6000 a.C.
El modelo económico neolitico, basado en la agricultura, provocó un crecimiento demográfico, intensificó los intercambios, favoreció la especialización artesanal y dio origen a concentraciones humanas más grandes y a jerarquías sociales más marcadas.
No fue hasta la Revolución Industrial que se produjo una ruptura real del modelo económico, y apenas en el siglo XXI se plantea un desafío serio a la dominación masculina instaurada por los primeros campesinos hace 8 000 años.
Para profundizarLa protohistoria de Francia, J. Guilaine y D. García, Hermann, 2018.
Prehistoria de Europa. De Neandertal a Vercingétorix, A. Lehoërff, Belin (Mundos Antiguos), 2016.
El Neolítico, A. Lehoërff, Qué sé?, 2020.
Compañeros fieles
El Neolítico introdujo una relación inédita entre el hombre y los animales. Además del ganado, el perro se domesticó ya en el Paleolítico (‑16 000 – ‑36 000 a.C.) y se convirtió en compañero y protector. El gato apareció con la agricultura para proteger los granos; uno de sus esqueletos más antiguos, de 9 500 años, se encontró en Chipre. El caballo, presente desde el Paleolítico (pinturas de la cueva de Chauvet), muestra la primera evidencia de domesticación en la cultura Botai de Kazajistán (‑3500 a.C.) y se difundió en Europa occidental en el IIth milenio a.C., cumpliendo tanto funciones utilitarias como simbólicas.
Un nuevo paisaje de aldeas
La casa del campesino neolítico constituye un elemento clave del nuevo entorno. La evidencia arqueológica es irregular, pues depende de las excavaciones y del tipo de vivienda hallada. La mayoría de las construcciones eran de materiales perecederos, conservándose solo en casos excepcionales, como en las orillas de lagos alpinos. Las primeras casas eran alargadas (10‑50 m) con un plano estandarizado y postes enterrados; su interior estaba organizado por actividades. Los mayores asentamientos, como Bylany en Bohemia, permanecieron ocupados durante décadas y albergaban cientos de edificaciones. En el Mediterráneo, las primeras viviendas son menos conocidas; sin embargo, la arquitectura neolítica se diversificó, manteniéndose mayoritariamente de madera, aunque en el norte extremo (archipiélago de Orkney) la piedra era esencial.
Rituales y creencias
Al cambiar su modo de vida, el ser humano modificó también su relación con el tiempo, el espacio y la espiritualidad. Estas transformaciones se reflejan en los lugares sagrados: necrópolis neolíticas y conjuntos arquitectónicos vinculados a actos religiosos. Los monumentos megalíticos, erigidos a partir del Vth milenio a.C., siguen generando debate; ejemplos recientes incluyen el túmulo de Goassec'h en Bretaña (descubierto en 2019). En la costa atlántica son abundantes y de diversos tipos, sirviendo tanto como espacios funerarios (dolmenes, tumbas cubiertas) como de culto (alineaciones, cromlechos, henges). Las excavaciones actuales también revelan arquitecturas de madera invisibles en el paisaje, como los dos grandes edificios de 280 y 900 m² en Pont‑sur‑Seine (‑3400 – ‑2200 a.C.), probablemente usados para reuniones políticas, sociales o religiosas. El mundo de los primeros campesinos era, en definitiva, también un mundo de creyentes.